
El traslado del archivo de las benedictinas y la incertidumbre sobre el futuro de otros bienes históricos obligan a preguntarnos si Jaca está perdiendo, en silencio, una parte irremplazable de su memoria.
Hay silencios que también hacen historia. Y, desgraciadamente, no siempre para bien. Mientras la atención de la opinión pública se dirige hacia otros asuntos, Jaca acaba de perder una parte de su memoria colectiva. El traslado del archivo histórico de la comunidad de monjas benedictinas al Archivo Histórico Provincial de Huesca no es un simple cambio de ubicación: es un hecho de enorme trascendencia cultural que debería preocupar a todos los que creemos que el patrimonio es la mejor expresión de la identidad de un pueblo.
Durante más de quinientos años, ese archivo ha permanecido en Jaca. Cinco siglos resistiendo guerras, invasiones, desamortizaciones, cambios políticos y transformaciones sociales. Sin embargo, lo que el paso del tiempo no consiguió, lo ha conseguido un acuerdo administrativo ejecutado con una celeridad que, cuando menos, invita a la reflexión.
No estamos hablando de unas cajas de documentos. Estamos hablando de la memoria escrita de una ciudad. De pergaminos, libros y legajos que testimonian la vida de una comunidad religiosa que ha formado parte inseparable de la historia de Jaca desde hace siglos. Ese patrimonio no pertenece únicamente a una congregación; forma parte del legado histórico y cultural de todos los jacetanos.
Los archivos no son simples depósitos de documentos. Son la memoria escrita de los pueblos. Sin ellos, la Historia se convierte en relato; con ellos, en conocimiento. Allí donde se conservan los archivos se preserva también la posibilidad de investigar, comprender y transmitir el pasado con rigor. Desvincular un archivo del lugar donde nació y donde ha permanecido durante siglos supone empobrecer el contexto histórico que le da sentido.
La pregunta es inevitable: ¿cómo ha sido posible que Jaca haya perdido un patrimonio documental de semejante valor sin que apenas se haya producido un debate público? ¿Dónde han estado el Ayuntamiento de Jaca, la Comarca de la Jacetania, el Gobierno de Aragón y todas aquellas instituciones que, cuando se habla de patrimonio, proclaman su compromiso con la cultura y con la historia?
Sorprende la rapidez con la que se ha cerrado una operación que afecta a uno de los fondos documentales privados más importantes de la ciudad. Pero sorprende aún más el silencio. Un silencio institucional que contrasta con los discursos habituales sobre la necesidad de proteger nuestro patrimonio y fortalecer la identidad de nuestros territorios.
Nadie discute que el Archivo Histórico Provincial de Huesca disponga de excelentes profesionales ni de las condiciones adecuadas para la conservación de estos fondos. La cuestión no es esa. La cuestión es si era realmente imposible garantizar esa misma conservación sin desarraigar el archivo de la ciudad a la que ha pertenecido durante más de cinco siglos.
Cuando los pequeños territorios pierden sus archivos, sus bibliotecas o sus fondos históricos, no solo pierden documentos. Pierden capacidad para investigar su pasado, para atraer investigadores, para fortalecer su identidad cultural y para transmitir a las nuevas generaciones el orgullo de conocer sus raíces. Es un proceso silencioso de centralización cultural que empobrece a las ciudades históricas en beneficio de las capitales administrativas.
Jaca no puede resignarse a convertirse en un mero escenario monumental mientras su patrimonio documental se traslada fuera de sus murallas. Una ciudad que fue la primera capital del Reino de Aragón y uno de los principales referentes históricos del Alto Aragón merece conservar también los testimonios escritos de su propia historia.
Pero la preocupación no termina con el archivo.
El antiguo convento de las benedictinas —las populares benitas— conserva bienes de un valor histórico y artístico excepcional. Entre ellos destaca el sarcófago de doña Sancha de Aragón, hija del rey Ramiro I, hermana del rey Sancho Ramírez y una de las mujeres más influyentes de los orígenes del Reino de Aragón. Su sepulcro, una de las obras maestras de la escultura románica aragonesa, no es únicamente una pieza artística de extraordinario valor; es un símbolo de nuestra historia y de nuestra identidad. Junto a él se conservan ocho magníficos paneles de pintura que han permanecido en Jaca durante cerca de cuatro siglos.
Tras el cierre de la comunidad benedictina, muchos ciudadanos contemplamos con inquietud el futuro de estas obras. Después de comprobar cómo el archivo documental ha abandonado la ciudad, resulta inevitable preguntarse si estos bienes correrán la misma suerte. Sería una pérdida patrimonial de enorme trascendencia.
Y, sin embargo, Jaca cuenta con una alternativa que pocas ciudades pueden ofrecer. El Museo Diocesano de Jaca está reconocido como uno de los mejores museos de arte románico de España y como un referente europeo en conservación y restauración del patrimonio medieval. Sus instalaciones, sus medios técnicos y la extraordinaria cualificación de sus profesionales ofrecen todas las garantías necesarias para custodiar estas piezas. Si el objetivo es asegurar su adecuada conservación, difícilmente puede encontrarse un lugar más idóneo que la propia ciudad que las ha protegido durante siglos.
No podemos permitir que, poco a poco y casi en silencio, Jaca vaya perdiendo los testimonios materiales de su historia. Hoy ha sido el archivo. Mañana podrían ser el sarcófago de doña Sancha o los 8, excelentes, paneles de pintura del convento. Y cuando queramos reaccionar, quizá sea demasiado tarde.
Todavía estamos a tiempo de exigir transparencia. De conocer el contenido del acuerdo que ha permitido el traslado del archivo, las alternativas que se estudiaron —si es que realmente se estudiaron— y las gestiones que realizaron las distintas administraciones para evitar este desenlace. La ciudadanía tiene derecho a saber por qué Jaca ha perdido una parte tan significativa de su memoria histórica y qué garantías existen para que no siga perdiendo otros bienes patrimoniales de valor incalculable.
Defender el patrimonio no consiste únicamente en lamentar su pérdida cuando ya es demasiado tarde. Consiste en actuar antes, en implicar a las instituciones y en comprender que la historia no puede medirse únicamente con criterios de comodidad administrativa. El patrimonio no es un lujo; es un bien común. Allí donde nació y donde ha permanecido durante siglos es donde mejor puede seguir cumpliendo su función de transmitir memoria, identidad y conocimiento.
En 2014, el Ayuntamiento de Jaca concedió a la comunidad de las benedictinas el Sueldo Jaqués, la máxima distinción municipal, como reconocimiento a siglos de servicio, entrega y compromiso con la ciudad. Fue un acto de justicia hacia una comunidad que había dedicado buena parte de su existencia a custodiar no solo un patrimonio religioso, sino también una parte fundamental de la historia de Jaca.
Hoy es Jaca quien tiene la oportunidad de demostrar que aquel reconocimiento no fue un simple gesto protocolario, sino un compromiso real con el legado que las benedictinas nos confiaron durante más de cinco siglos.
El patrimonio histórico puede tener propietarios o custodios, pero su verdadero significado pertenece a la memoria colectiva de la sociedad que lo ha conservado, estudiado y sentido como propio a lo largo de los siglos.
Porque el mejor homenaje que podemos rendir a las benedictinas no consiste únicamente en agradecer su pasado, sino en proteger el patrimonio que ellas conservaron con admirable fidelidad y procurar que permanezca allí donde siempre ha estado: en Jaca.
No es una reivindicación contra nadie. Es una reivindicación a favor de Jaca, de su historia y de su futuro. Porque un pueblo que pierde su memoria pierde también una parte de su identidad.
De bien nacidos es ser agradecidos.
JUNTA DIRECTIVA DE AdR