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REFLEXIONES ROMÁNICAS XIV: Tensionamiento del tiempo y el espacio románicos.

Autor: Jaime Cobreros. Noviembre, 2006

Pasado el primer milenio del nacimiento de Cristo, el Occidente cristiano toma conciencia de que el mundo en el que había vivido no desaparecía físicamente, a pesar de las profecías apocalípticas que así lo anunciaban, sino que su mundo se había agotado en sí mismo. Los hombres perciben el deseo divino de que sigan viviendo sobre la Tierra. Embriagados por una alegría milenaria, sus corazones se esponjan de confianza en el Creador que los bendice y observa.

La conocida y repetida frase del cronista cluniacense francés Raúl Glaber, escrita en su Historiarum hacia 1040 - "puede decirse que el mundo, sacudiéndose su vetustez, se revistió de un manto blanco de santuarios" - , es un acta de defunción del mundo altomedieval y, al mismo tiempo, del nacimiento de un mundo nuevo, inaugural: el que desde hace algo más de un siglo hemos convenido en llamar románico.

Es entonces cuando sucede algo excepcional en la historia europea. De las entrañas de la propia Europa, sin intervención de elementos exteriores a la misma, surge un movimiento de renovación total que va a suponer una revolución en el modo de ser y de estar de la Cristiandad latina. Es lo que algunos historiadores consideran ya la "primera revolución europea". Comienzan a vivirse entonces décadas efervescentes que van a suponer un cambio en todos los órdenes de la existencia humana: en el espiritual, teológico, religioso, cultural, social, económico, demográfico... Y también en el artístico, unas veces como consecuencia de la propia revolución existencial, otra por delante de ella señalando caminos a seguir. En verdad puede hablarse del nacimiento de una nueva civilización - la civilización del hombre del románico - que caracterizará indeleblemente a lo que más tarde se conocerá como civilización europea.

Son décadas en las que la excepcional confluencia de circunstancias favorables y de un número considerable de hombres fuera de lo común - "hombres de uno y otro orden, cuya vida y actividad pueden constituir ejemplos perdurables para la posteridad", escribirá Raúl Glaber -, hacen posible que la Cristiandad latina viva en una especie de "estado de gracia".

La afortunada conjunción de monjes sabios, conocedores del saber antiguo acumulado en sus monasterios, y de pensadores y dirigentes, tanto religiosos como políticos, inmersos en la aventura de renovación total, va a lograr que se establezcan unos principios generales sobre los que construir la nueva civilización.

El motor que inicia, dirige y orienta la renovación total que va a experimentar la Cristiandad occidental a lo largo de los siglos XI y XII es el Papado. Hasta hace algunos años a tal renovación se la conocía como "reforma gregoriana", aludiendo al papa Gregorio VII (1073-1085), su principal protagonista. Hoy se considera que la reforma fue más extensa en el tiempo que lo que duró su papado, ya que comienza con el impulso de la paz de Dios (o períodos en los que la Iglesia prohibía batallar), y más profunda, pues fue una auténtica revolución, ya que no sólo afectó a las estructuras de la Iglesia, sino que "llegó a organizar los conocimientos, los valores, las leyes y las instituciones de la sociedad europea en su conjunto". Por eso, la primera revolución europea es también conocida como la "revolución papal"

Los papas y sus seguidores - tanto en el ámbito religioso (obispos, abades, monjes, canónigos, clérigos) como civil (reyes, nobles, caballeros) - tuvieron en esos tiempos inaugurales una "nueva visión del mundo" como consecuencia de la confluencia de nuevos movimientos espirituales, teológicos, filosóficos, intelectuales, de acción política que se desarrollaban de forma paralela.

Esta nueva visión del mundo tiene uno de los más claros efectos en la nueva percepción del tiempo. Al no haberse presentado Cristo ante la humanidad en su anunciada segunda venida tras el profetizado apocalipsis milenarista, los hombres del siglo XI comienzan a pensar que son ellos los que han de propiciar la Parusía crística, disponiendo sus vidas de acuerdo con el "mara nata" ("¡Ven Señor!") que los cristianos venían invocando desde hacía mil años. Esto supone un tensionamiento del tiempo, pues cada hombre dispone del plazo de su vida para trabajar por el encuentro de la humanidad con Dios.

En este recorrido vital de cada hombre hacia la plenitud, adquieren un protagonismo fundamental la acción y la razón. Las buenas obras a realizar durante la vida requieren de discernimiento. De ahí que la razón, cuya aplicación es necesaria a la hora de programar las actividades humanas, llegue a ser santificada, adquiriendo una relevancia comparable a la que tuvo en la Grecia clásica. El protagonismo significante de la razón lleva adheridas las exigencias de orden (jerarquización) y de coherencia (totalidad sin disipación alguna). Es con estas bases de partida como la acción humana será santificada.

Por otra parte, los dictatus papales con los que se va conformando la nueva sociedad, hacen resurgir el estudio del derecho romano, tomando así el derecho carta de naturaleza en la nueva sociedad, frente a las "vías del hecho" consuetudinario altomedioeval, comenzando de este modo a esbozarse el Estado de derecho. Los reafirmados estados surgidos con los avances del cristianismo frente al islam y al paganismo, se organizan según el nuevo espíritu cristiano.

Los siglos XI y XII, los siglos del románico, se presentan así como un período clave en la formación de lo que más tarde se conocería como civilización occidental. Si los saltos cualitativos, las soluciones de continuidad, en la historia de Occidente fueron primero la "libertad bajo la ley" en la polis griega y la razón aristotélica; segundo la invención del derecho y de la "persona" en Roma; tercero el descubrimiento del tiempo lineal, escatológico, por la Biblia y la renovación ética por el Evangelio, los siglos románicos se presentan como el cuarto tiempo significativo en la formación de la cultura y civilización occidentales, ya que la revolución papal fraguada y concretada durante los mismos, realiza la "primera verdadera síntesis entre Atenas, Roma y Jerusalén". El hombre románico hace conscientemente suyos los tres cambios radicales experimentados por Occidente anteriormente, convirtiéndose por ello los siglos XI y XII en el cuarto salto cualitativo. El quinto y último paso que concluiría configurando Occidente será el de las grandes revoluciones democráticas de los siglos XVIII y XIX.

Es precisamente en los siglos XI y XII cuando Europa se distancia de las grandes civilizaciones islámicas y extremorientales y, al mismo tiempo, del cristianismo ortodoxo, al no haber realizado éste la misma mutación espiritual. El Cisma de Oriente (1054) certificará la separación definitiva de ambas concepciones del cristianismo.

Los siglo XI y XII son, pues, tiempos de ruptura, no de transformación, renovación o evolución. Son tiempos radicalmente nuevos, tiempos capaces de crear una sociedad nueva para un hombre nuevo que valora el tiempo como posibilidad de acción santificadora. La acción definirá a partir del hombre del románico al hombre occidental. El ser (acción) del cristianismo romano se afianzará frente al estar (reposo) del cristianismo bizantino.

Tal actitud vital ha de tener necesariamente su correspondencia en el arte y arquitectura que crea ese mismo hombre. Arte y arquitectura que, utilizando formas y estructuras anteriores y nuevas influencias, las organiza de tal modo que las confiere un significado radicalmente nuevo, naciendo así nada menos que el primer arte sagrado cristiano.

El principio que inspira la actividad artística de los hombres del románico (junto al resto que configuran su vida) es el de la jerarquización del Universo, siguiendo a Dionisio Areopagita recuperado como metafísico máximo. Tal principio conlleva las ideas de orden natural de las cosas y de la relación simbólica de éstas entre sí, por tener todas ellas su origen en el Creador. Apoyándose en tales ideas hombres del siglo XI conciben el románico, arte sagrado que va más allá del religioso pues permite al hombre mediante el símbolo inscribir su individualidad en el Universo y acceder al conocimiento profundo de la Divinidad creadora. El románico se convierte de este modo en la plasmación física de la coherencia final de todos los órdenes de la realidad. En hombre del románico vivirá inmerso en esta coherencia.

La decantación del cristianismo romano por la planta de cruz latina para sus templos (son excepcionales los de planta centrada, a la inversa que en el cristianismo ortodoxo) es la expresión en el espacio del tensionamiento del tiempo en el que transcurre la vida del hombre del románico. La planta latina significa que el creyente que entra en el templo ha de hacerlo con actitud activa, pues ha de avanzar por la nave cruzando espacios de mayor densidad sagrada progresivamente, hasta llegar al sancta sanctorum. El recorrido horizontal por la nave es el símbolo del propio recorrido vital del creyente en busca de la iluminación. Llegado al crucero se encontrará frente al altar en el que a diario se repite el Sacrificio de Dios por los hombres. Es el punto de inflexión en el que el hombre inicia su recorrido vertical, su ascensión en pos de la fusión con la Divinidad. Centrado en el crucero, sobre su cabeza se dispone el Tetramorfos ("Yo soy el camino, la verdad y la vida", le anuncian los evangelios) dispuesto en un cuadrado (símbolo de lo naturaleza creada) que ha de superar gracias al Evangelio. El cuadrado inicial se convierte más arriba en octógono (símbolo de renacimiento a la vida del espíritu) que es rematado por el casquete semiesférico (símbolo del cielo), morada definitiva del creyente. La vida del justo no es otra cosa que la demostración de la circularidad del cuadrado.

En los templos erigidos según el canon románico, como es el caso de San Martín de Frómista (Palencia), la lectura del tiempo y espacio sagrados no puede ser más clara: progresión horizontal por la nave hasta el crucero y ascensión desde el mismo a la cúpula celeste. Tiempo vital y espacio sagrados tensionados por la coherencia del arte sagrado.

Los siglos XI y XII inauguran un tiempo nuevo y el románico un arte esencialmente distinto al resto de estilos occidentales. El conocimiento pleno del románico requiere ir más allá de sus formas, traspasarlas. Ello exige poner en cuarentena buena parte de lo aprendido y recuperar conocimientos olvidados, como los de arte sagrado o el concepto guénoniano de civilización tradicional.

Bibliografía
- La primera revolución europea. R. I. Moore. Crítica. Barcelona, 2003
- ¿Qúe es Occidente?. Ph. Nemo. Gota a gota. Madrid, 2006
- Obras completas del Pseudo Dionisio Areopagita. B.A.C. Madrid, 1995


Todos los artículos de este autor:

REFLEXIONES ROMÁNICAS I. ¿Evolucionismo, diacronismo, sincronismo?
REFLEXIONES ROMÁNICAS II. Características imprescindibles del arte románico
REFLEXIONES ROMÁNICAS III. Beato Mozárabe en el siglo XXI
REFLEXIONES ROMÁNICAS IV. Eunucos felices y saltarines
REFLEXIONES ROMÁNICAS V. Los capiteles en flor del Camino de Santiago
REFLEXIONES ROMÁNICAS VI. Para cuándo la España románica?
REFLEXIONES ROMÁNICAS VII. En las raíces de Europa
REFLEXIONES ROMÁNICAS VIII. Del orden natural de las cosas como base de todo arte sagrado
REFLEXIONES ROMÁNICAS IX. Simbolismo de un capitel de San Quirce
REFLEXIONES ROMÁNICAS X. El tiempo sagrado
REFLEXIONES ROMÁNICAS XI. El Espíritu Universal y el Románico
REFLEXIONES ROMÁNICAS XII. Románico y creencia
REFLEXIONES ROMÁNICAS XIII. Cien años después

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