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REFLEXIONES ROMÁNICAS XV: Viaje a Le Thoronet

Autor: Jaime Cobreros. Noviembre, 2008

Cumplidas algunas de las obligaciones editoriales, retomo mis Reflexiones románicas abandonadas durante cerca de dos años. Espero que no pase tanto tiempo antes de poder escribir las siguientes.

El pasado mes de septiembre he podido realizar, al fin, un viaje a la abadía cisterciense de Le Thoronet, haciendo realidad un viejo sueño. Situada en la Provenza, en un valle profundo y aislado, rodeada de grandes masas forestales de encinas, de olivos y de viñedos, Le Thoronet se encuentra a medio camino entre la costa mediterránea con sus playas de moda y las estribaciones de las cadenas montañosas prealpinas.

A las abadías de Le Thoronet, Sénanque y Silvacane se les conoce como las "tres hermanas provenzales", al haber sido levantadas al mismo tiempo. Pero Le Thoronet destaca del resto de abadías que han llegado hasta nosotros por representar la quintaesencia, la expresión más depurada, de la arquitectura cisterciense. Los sillares de Le Thoronet han cuajado en piedra el espíritu de San Bernardo como no lo consiguieron ninguna otra de los cientos de abadías nacidas de la Orden de Cîteaux. Le Thoronet concentra, explora y muestra en su arquitectura con diafanidad pasmosa los nuevos principios teológicos-arquitectónicos que el Cister ofreció a los hombres y mujeres de mediados del s. XII.

La abadía fue construida sin interrupciones, de ahí la extraordinaria unidad del conjunto abacial. La iglesia estaría terminada ya para la tercera mitad del s. XII y el resto de los espacios monásticos para finales de siglo. Se piensa que fue construida para una comunidad de una veintena de monjes. Poco se sabe de la historia de la abadía al contar con escasas fuentes. En el s. XIV comienza su decadencia, siendo abandonada dos siglos más tarde. Con la Revolución Le Thoronet fue secularizada, pasando después al Patrimonio francés, experimentando desde entonces sucesivas restauraciones hasta el día de hoy.

Cuando en el s. XX comienza a ser valorado el arte románico, Le Thoronet es visitada por artistas, intelectuales y arquitectos, destacando entre éstos últimos Le Corbusier, para el que la arquitectura de la abadía es de "una plenitud absoluta", un lugar en el que cada detalle "representa un principio de arquitectura creativa". Comienza así una nueva etapa en la consideración y valoración de Le Thoronet, siendo visita obligada para muchos arquitectos al considerarla un ejemplo de minimalismo o "la simplicidad en el sentido más pleno y exigente del término".

John Pawson, reconocido como el arquitecto actual más involucrado en el esencialismo arquitectónico y conocedor como pocos de Le Thoronet, ha sido recientemente solicitado por el Patrimonio francés para intervenir en el conjunto abacial con la disposición de una serie de bancos diseñados por él y situados estratégicamente, para poder observar desde los mismos la superficie, luz, masa, escala, circulación, ritmo, proporción, paisaje, repetición, perspectiva, unión, orden, geometría y contexto del conjunto de la abadía. Una profundización de tal extensión y rigor jamás había sido realizada para el público con una construcción tan alejada de nosotros en el tiempo. John Pawson (autor de los entrecomillados que siguen) es sin duda el arquitecto que más a fondo ha estudiado Le Thoronet después del monje cisterciense que dirigió su construcción. Le Thoronet se ha convertido en un lugar de culto para un número creciente de hombres interesados por el arte, la arquitectura, la luz, la sonoridad, la alta espiritualidad y la vida interior.

Lo primero que destaca al acercarse a la abadía es su "simplicidad visual", especialmente de su iglesia. Si la arquitectura cisterciense destaca por el corte y pulido de los sillares, su ajuste en vivo, la perfección de su aparejado en suma, en Le Thoronet tales cualidades están llevadas al extremo. Muros y estructuras perfilan líneas y volúmenes nítidos, de no grandes dimensiones y dispuestos con la sobriedad bernarda característica. Sobriedad que alcanza la grandiosa austeridad en la cabecera con su amplio ábside perforado por tres ventanas rasgadas de arco de medio punto. De ambos lados del ábside arrancan paramentos rectilíneos que alojan dos absidiolos laterales cada uno de ellos. Por encima se extienden los dos brazos del transepto y a mayor altura la nave central, permitiendo la apertura de un simplísimo óculo. El conjunto es rematado por una sencilla torre campanario central, cuadrada y con agudo tejado a cuatro aguas de construcción más tardía.

El ábside transmite una potencia extraordinaria, tanto por la perfección de su medio tambor como por su esencialidad extrema. Ni arranques inferiores ni corona superior alguna; sólo las tres ventanas con un rebaje circundándolas. Sus tres arcos no son sino el eco del de la planta absidal.

Los muros meridionales se hallan perforados por tres ventanas, rasgada también la correspondiente al transepto y de más modesta altura las del paño de la nave.

La puerta de acceso al interior de la iglesia se abre en el hastial occidental. Es una entrada lateral, pequeña y sin adorno alguno. El vano está formado directamente por los sillares. Al ir a cruzar su umbral la presencia pétrea circundante se impone con rotundidad y el visitante recuerda las palabras de Bernardo de Claraval: "Cada cristiano es una piedra que en unión de otros forma la Iglesia (…) ellas [las piedras] son santas a causa de nuestros cuerpos". La perfección de las hiladas y de los sillares, que compensan las fallas ocasionales de sillares contiguos, no simbolizan otra cosa que la unión y caridad de los cristianos en su paso por este mundo. Es aquí, en Le Thoronet, donde la frase de San Bernardo toma sentido y certeza profética. La austeridad de la entrada de la iglesia se justifica por ser el acceso a huéspedes esporádicos, ya que los monjes accedían directamente a ella desde su dormitorio común.

La "simplicidad visual" externa se transforma en el interior en una "dilatación espacial y refinamiento" que llama poderosamente la atención, percatándose de inmediato el visitante de que ha entrado en un espacio distinto. "Uno se enfrenta a una expresión de masa y de luz sin equivalente". La luz clara, levemente amarillenta, del mediodía francés penetra por las ventanas del ábside y de forma más atenuada por el óculo y las ventanas laterales, esparciéndose y rebotando cadenciosamente en la piedra calcárea rosada de los muros y suelo y en las aristas de los arcos levemente apuntados. Si la piedra ha sido la protagonista del exterior de Le Thoronet, la luz y la piedra, como delimitadora de aquélla, son las protagonistas, por el "lugar central" que ocupan, del interior de Le Thoronet.

La iglesia consta de tres naves de tres tramos. Un amplio transepto de largos brazos, en los que en cada uno de ellos se abren dos absidiolos, comunica el septentrional con los espacios monacales, mientras una pequeña puerta de la nave correspondiente lo hace con el claustro. Los arcos de separación de las naves son ligeramente apuntados y de una gran belleza por su proporcionalidad, separados por pilares con altas columnas sobre ménsulas en la nave central que alcanzan la bóveda. Ésta es también de medio cañón levemente apuntada, así como la de los brazos del transepto, mientras las naves laterales van cubiertas por bóvedas de cuarto de cañón. El conjunto interior desprende una armoniosa sobriedad, tanto por la sabia conjugación de sus estructuras arquitectónicas, como por "las perspectivas infinitas en las que un espacio conduce al otro sin unión aparente".

Si al exterior resulta evidente el papel clave del ábside central, en el interior se intensifica su protagonismo como sancta sanctorum en el que tiene lugar la transubstanciación de Jesucristo. El ábside es de una belleza absoluta. Nada sobra, nada falta. Todo coadyuba al misterio del milagro diario.

En un momento dado la guía de un grupo que visitaba la abadía se adelantó hasta situarse bajo el centro de la cúpula que cubre el cruce de la nave central y el crucero. Se colocó frente al ábside, se descalzó, hizo unos suaves ejercicios de respiración y comenzó, en medio del silencio, a cantar a Nuestra Señora (el nombre se debe a San Bernardo) con voz limpia, respetando el tiempo de reverberación del sonido que el semitambor absidal iba rebotando por la iglesia como una extraordinaria polifonía entonada por una voz única. Tal efecto nos transportó fuera del tiempo, transformando el espacio en una dimensión desconocida.

Resultaba evidente que en Le Thoronet el sonido es tan importante como la luz. Es la intangibilidad ondular de ambos, luz y sonido conjuntados, en contacto con la piedra la que dota al espacio concreto de la iglesia de una dimensión extratemporal. Estábamos asistiendo a una "transubstanciación" de sentido inverso por la que desaparecía la densa materialidad de la piedra y en su lugar irradiaba una absoluta belleza manifestada fuera del tiempo y del espacio.

El claustro se sitúa al norte como espacio organizador de la vida material de la comunidad. Son característicos sus sólidos arcos que cobijan dos arcos gemelos y un óculo sobre ellos, así como el distinto nivel de la crujía meridional a la que se accede desde las crujías contiguas por escaleras. Todo es funcional, bello, coherente. Las soluciones arquitectónicas planteadas por el monje constructor de un claustro, aparentemente sencillo, siguen aleccionando a los arquitectos de hoy. "El hombre responsable de la construcción de Le Thoronet tenía ciertamente las ideas muy claras sobre lo que quería hacer y eligió siempre lo justo. Lo que en efecto es una definición de la arquitectura"

La Sala Capitular que se abre a la crujía oriental destaca por sus dos columnas monolíticas (como mandan los cánones cistercienses) de las que parten los nervios que forman las seis bóvedas. Por los muros laterales corre una doble bancada pétrea en la que tomaba asiento la comunidad convocada a capítulo por el padre abad.

Las bóvedas nervadas de la sala son excepcionales en Le Thoronet. Tal hecho se quiso remarcar de modo especial: en uno de los dos capiteles aparece tallada una columna con la nervadura que arranca de la misma. Sentado en la bancada desgastada por el uso me pregunto por el motivo de tal hecho. ¿Estamos ante el despuntar de una nueva arquitectura? De cualquier manera la Sala Capitular está levantada con otro patrón constructivo que el resto de la abadía.

¿El arte cisterciense primitivo, puro, es románico o se trata de otra cosa? Es cierto que en él aparece mesuradamente marcados el arco y bóveda apuntados, pero la esencialidad arquitectónica románica - el edificio es sostenido porque cada sillar se apoya en otro sillar y sirve a su vez de sostén a otros - permanece. En el románico estructura, espacio y cerramiento componen una unidad, ya que la propia estructura configura un cerramiento que caracteriza un espacio. Con al gótico tal unidad se descompone pues las nervaduras con confinan por sí mismas un espacio. El arco y la bóveda levemente apuntados centran cargas y plantean una estética nueva, pero tras ella los principios constructivos son los mismos que en el románico, sólo que en el cisterciense primitivo queda potenciada la verticalidad del edificio. De cualquier manera, la arquitectura cisterciense y su "sobria ebrietas (embriaguez de sobriedad") caracterizan con tal fuerza una plástica arquitectónica como para concederle una denominación propia: arte cisterciense.

El arte cisterciense primitivo sugiere reflexiones aún más profundas, como la de que la combinación acertada de opuestos - piedra y luz, silencio y sonoridad - trascendentalizan un espacio circunscrito haciendo sensible su sacralidad. La intangibilidad de la luz y el sonido hacen posible la transmutación de la piedra tangible.

En el aire de la Sala Capitular de la Abadía de Notre Dame de Floreia du Thoronet queda flotando una pregunta: ¿por qué San Bernardo privó a sus monjes de la simbología zoomórfica transcendentalizadora propuesta reiteradamente por los Santos Padres ocho siglos antes?

John Pawson resume Le Thoronet con estas palabras: "Los valores estéticos que le son asociados reflejan un deseo de llevar una existencia que se interroga y que de este modo es rica en valores, tanto fuera del claustro como dentro. Las lecciones de Le Thoronet son tanto lecciones de vida como de arquitectura".

Contemplando con calma un arco de la iglesia de Le Thoronet viene a la memoria la frase de San Bernardo: "La fe no es una opinión sino una certeza".

Bibliografía
- Las Abadías cistercinses. J. F. Leroux-Dhuys. Könemann, 2006
- Leçons du Thoronet. John Pawson. Images En Manoeuvres Éditions. Marsella, 2006. Edición bilingüe en francés e inglés.
- L´Art cistercien. France. M. Anselmo Dinier. Zodiaque, 1982
- L´abbaye du Thoronet. Éditions du patrimoine. Paris, 1994
- Tríos Abbayes romanes en Provence. Xavier Barral i Altet. Éditions Gisserot, 2006

Todos los artículos de este autor:

REFLEXIONES ROMÁNICAS I. ¿Evolucionismo, diacronismo, sincronismo?
REFLEXIONES ROMÁNICAS II. Características imprescindibles del arte románico
REFLEXIONES ROMÁNICAS III. Beato Mozárabe en el siglo XXI
REFLEXIONES ROMÁNICAS IV. Eunucos felices y saltarines
REFLEXIONES ROMÁNICAS V. Los capiteles en flor del Camino de Santiago
REFLEXIONES ROMÁNICAS VI. Para cuándo la España románica?
REFLEXIONES ROMÁNICAS VII. En las raíces de Europa
REFLEXIONES ROMÁNICAS VIII. Del orden natural de las cosas como base de todo arte sagrado
REFLEXIONES ROMÁNICAS IX. Simbolismo de un capitel de San Quirce
REFLEXIONES ROMÁNICAS X. El tiempo sagrado
REFLEXIONES ROMÁNICAS XI. El Espíritu Universal y el Románico
REFLEXIONES ROMÁNICAS XII. Románico y creencia
REFLEXIONES ROMÁNICAS XIII. Cien años después
REFLEXIONES ROMÁNICAS XIV. Tensionamiento del tiempo y el espacio románicos

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