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Los monasterios irlandeses: El arte en tiempos de la aldea

Viernes, 29 de agosto de 2014

 

Producto de una sociedad anclada en muy antiguos modos de vida, alcanzaron su apogeo mientras esta sociedad se encontraba en su cambiando, formando el origen y el fruto de una “Edad de Oro” propia.

El Arte que produjeron los monasterios irlandeses del siglo VIII al XII, aunque no fuera grandioso ni monumental, podía ser exquisito dentro de los cánones de su “barbarie”. Pero quizá lo que más sorprenda sea el medio físico en el que tales manifestaciones artísticas tuvieron lugar: aldeas cuyo mejor paralelismo es la que aparece en el cómic de Asterix.

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Lo Mediterráneo se introduce en Irlanda precisamente a través de los primeros núcleos cristianos, que debieron llegar con los intercambios con Britania, intensos a finales del s. IV. Un siglo después, S. Patricio organiza en la parte superior de la isla una iglesia parecida a la que existía en Galia o en Hispania: diócesis territoriales bajo el mando de un obispo. Patricio muere en el 493 y durante el siglo VI y VII surgen por toda Irlanda docenas de pequeños monasterios, algunos de los cuales llegarán a ser auténticas “ciudades de Dios” un siglo más tarde. A la vez, extiende la influencia de su vigoroso monasticismo a la isla de al lado, así como al continente, con la misión de S. Columbano.

El paisaje de la aldea monástica —y de la “civitas” posterior— quizá sea lo menos conocido de este mundo irlandés, pues tendemos a identificar monasterio con un espacio organizado a la manera de una ciudad romanizada. Por su naturaleza, el espacio monástico irlandés es asunto de Arqueología, pues solamente han sobrevivido algunos pocos edificios de piedra, tardíos. La mayoría de los edificios originales eran de madera o de armazón de madera y zarzo con recubrimiento de adobe, con techo de juncia o bálago: un modelo de habitación de la Edad del Hierro.

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En las comarcas del S.O. donde escaseaba la madera, existe un tipo de celda monástica llamada clochán, especie de “iglú” a base de lajas superpuestas, cerrado por aproximación de hiladas.

El templo, normalmente en posición central en el recinto, era de madera, construido según alguna de las técnicas con que se construyeron las “stavkirke” escandinavas. En Irlanda, la técnica desapareció pronto, pero la forma, tamaño y detalles de algunas iglesias de piedra indican este origen.

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Resulta sorprendente que en ese medio físico se crearan obras de arte tan refinadas como los relicarios o el libro de Kells y otros libros profusamente decorados. Además de la decoración, algunas obras irlandesas destacan por su contenido, como los Penitenciales o las recopilaciones de historias nativas. El escriba monástico irlandés no desdeñaba a priori los relatos de hazañas maravillosas de dioses y héroes paganos, entendidos como historia propia. Gracias a eso se pueden conocer hoy algunos elementos de la civilización de la Céltica Antigua (Edad del Hierro), escritos además en una lengua de este origen. El autor de tales libros no era siempre un humilde “copista” sino un erudito, especialista en estas historias de estirpe oral. Las fuentes indican que ya se tratase de un experto en Leyes o en Historia nativa, era un personaje cualificado en su oficio y de alta posición social. En ocasiones, a su conocimiento de la Historia o la cultura nativa añadía el de los Cánones Eclesiásticos y la obra de los Padres de la Iglesia.  

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El mismo fenómeno se da en las obras de orfebrería y escultura nativas. Los artesanos eran personajes de alto estatus (claro está, una pléyade de dependientes también existía) cuyos nombres en ocasiones conocemos, como el autor de la de llamada Cruz de las Escrituras de Clonmacnois, que figura en la inscripción al pie de la misma: “Una oración por Colman que hizo esta cruz para el rey Flann” (principios del s. X) o la aparición en los Anales escritos y en lápidas conmemorativas del título “sáer” (es decir, maestro artesano).

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Las cruces (“high crosses”) se han convertido en uno de los símbolos de la cristiandad irlandesa. Su origen está en placas de piedra grabadas con cruces muy simples, fuera de contexto funerario, que aparecen ya en el s. VI. Estas evolucionaron a cruces grabadas con mayor riqueza decorativa, de carácter geométrico, como las del Grupo de Ahenny, de las más antiguas de Irlanda, que evocan el tipo de “relicario” metálico que cubriría cruces de madera, sujetas por clavos que son recordados por los bodoques redondos que se encuentran en el centro y los cuatro brazos de la cruz. Posteriormente, aparecería el tipo de “Cruz de las Escrituras”, hechas por partes ensambladas, con decoración figurada a base de escenas del Antiguo o el Nuevo testamento, o relacionadas con el desarrollo del monasterio en el que se encuentran. En el caso citado de Clonmacnois, es famosa la escena de la fundación que se encuentra en el panel inferior de la “Cruz de Flann” que nos presenta a S. Ciarán y al rey Diarmait mc Cerball fundando el enclave (AD 545), aferrados a la vara con que se demarca el territorio sagrado.

En arquitectura, lo más destacado antes de la aparición del románico —que posee sus propios problemas en Irlanda— es la proliferación de torres redondas muy características por su altura y la construcción de las “Casas de Piedra” (damliag) edificios de una sola nave en sillarejo, con importantes recuerdos de la construcción en madera; los techos a dos aguas raramente estaban cubiertos con bóvedas verdaderas. Este “defecto” se heredará en el románico, a pesar de sus pórticos arquivoltados y decorados.

La mayor parte del Arte Irlandés de esta época es de pequeño formato: orfebrería religiosa y civil, como los broches anulares o los de “cabeza de cardo” que conserva el Museo Nacional de Dublín; a menudo conservados en “tesorillos ”escondidos  por saqueadores vikingos, como es el caso del Cáliz y la Patena de Ardagh (imagen de arriba). Los objetos ganaban en riqueza al contar con apliques de esmalte multicolor, filigrana de oro o plata extremadamente fina, inserciones de plata y grabados geométricos o de animales entrelazados, éstos de influencia escandinava (s. IX—X).

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El último punto pero no el menos sorprendente de esta civilización perdida es el hecho de que la organización social influía directamente en la de los monasterios. Al no existir una red diocesana, los monasterios eran entidades autónomas, unidas entre sí por pactos privados y gobernadas por un abad, que solía ser un laico. La estructura de la familia civil irlandesa proporcionaba continuidad a la tenencia de monasterios por parte de familias de “herederos” (coarba) del santo fundador, que acaparaban los cargos principales del enclave. El abad actuaba como administrador laico de la comunidad y su representante ante otras, aunque para evitar conflictos con los Cánones, a menudo el “heredero” recibía órdenes sacerdotales poco antes de hacerse cargo de su herencia, en especial cuando estaba en juego la dignidad de obispo, como el caso de Cellach de Armagh. El monasterio, si era grande, podía movilizar a sus dependientes para obras de envergadura (los Anales dan cuenta de construcciones importantes en Clonmacnois en el s. IX y XI) y también para la guerra con los territorios vecinos.

El sínodo de Rath Bressail (1111), primero que organiza en Irlanda una red diocesana —que se instauró a duras penas a lo largo de los dos siglos siguientes— acordó la prohibición de que laicos ocuparan cargos eclesiásticos, principio del fin de la presencia de “dinastías monásticas” profesionales de la administración de monasterios autónomos. Con ello, se dio el golpe de gracia a tan original cultura, a pesar de que tanto la Iglesia como el Catolicismo siguieron jugando un papel de primera magnitud en el mundo irlandés.

Carmen Leal Soria

 

 

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