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Artículo sobre la muralla de Madrid de Javier de la Fuente. Segunda parte

Miércoles, 13 de agosto de 2014

 

Para ello, comenzaré por el frente occidental y me serviré de un fragmento de la vista de Madrid que Wyngaerde dibujo en 1562, en el cual he enumerado cuatro puntos muy concretos:

  1. La vaguada del arroyo de San Pedro, un escollo muy complicado de solucionar debido al acusado desnivel.
  2. La puerta de la Vega.
  3. Un desagüe que liberaba las aguas de un pequeño arroyo que brotaba del Campo del Rey y cuyas aguas, de retenerse, pondrían en peligro la estabilidad del lienzo.
  4. Un escalonamiento que buscó la nivelación de los muros y su segura fijación al terreno ya que, las cuadrillas, no solo se las tuvieron que ver con los problemas del suelo en esta zona, sino que, también, y esto lo confirmaron las excavaciones arqueológicas, este tramo de muralla discurría sobre un muladar hispanomusulmán.

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Siguiendo el sentido que la historiografía siempre ha utilizado para describir la cerca, en primer lugar se tienen las calles Don Pedro y Mancebos, donde se encuentran los tres primeros fragmentos conservados del trazado. En el número 10 de Don Pedro está la Real Academia de Ingenieros, en cuyas dependencias se conserva uno de los dos fragmentos más grandes de muralla visibles hoy en día, con una longitud de 30 metros de largo por 4,5 de alto. Principalmente, muestra el núcleo del muro, pudiéndose ver parte del revestimiento que quedaba extramuros. También algún añadido de siglos posteriores.

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Al otro lado, en el número 3 de la calle Mancebos, que corresponde al número 6 de Don Pedro, es visible otro fragmento. A simple vista no reviste mayor interés. Su valor histórico se encuentra por debajo del nivel actual de la calle. En varios sondeos que se realizaron, se encontró el nivel original del terreno, constatándose el revestimiento intramuros de mampuesto y un dato que revolucionó lo que hasta entonces se sabía de la cerca. Parte de la superficie que afloró en la excavación se encontraba enfoscada mediante un mortero de cal de 2-3 centímetros, lo que arrojó a los arqueólogos que, si no toda la muralla, al menos parte de ella estuvo enfoscada.

Un tercer fragmento, muy pequeño, se puede ver en el número 3 de la Plaza de los Carros, haciendo de medianería entre dos edificios.

Toda esta zona de Don Pedro tuvo por entonces un acusado desnivel que, con el tiempo, sería nivelado. El talud se utilizaría como elemento defensivo, intensificado por la excavación de un foso. El relleno y la nivelación en parte vinieron por la lógica elevación artificial del terreno según se iba poblando cada vez más; pero también por la colmatación de los muladares que había.

En la Plaza de los Carros estuvo la Puerta de Moros hasta 1566, momento en el que fue derribada según los deseos de Felipe II y no sin haberse salvado antes de una reforma integral. Poco se sabe de esta puerta, por lo que se supone que fuese con vano de medio punto e ingreso directo protegido por dos torres de flanqueo, si bien Sainz Robles alega que “aparecía estrecha y con una entrada retorcida, según el canon de los musulmanes”, por lo que es posible que sufriera alguna reforma durante el siglo XIII junto con otras zonas de la muralla. Lo que sí parece ser posible es que en su extremo derecho, según se entraba a la ciudad, pudiera contar con un torreón defensivo. Al menos, así quedó reflejado en el dibujo de Wyngaerde. Y en el Libro de Acuerdos, en 1519, donde se cita que hay que reparar “una torre questa a la Puerta de Moros fuera del muro”. Esta puerta nunca fue de las importantes de la ciudad y generalmente se encontraba cerrada, salvo en momentos puntuales.

En cuanto al sobrenombre “de Moros”, dice Jaime Oliver Asín que “tal denominación sólo los cristianos han podido crear, por alusión moderna a la morería, en sustitución de una anterior expresión musulmana”. Y es que en esta zona se cree que estuvo la morería, teoría avalada, una vez más, por las excavaciones arqueológicas, que sacaron a la luz que en toda la zona que queda enfrente de la Plaza de los Carros, esto es, la Plaza del Humilladero, y hacia la calle Toledo, estuvo la necrópolis musulmana. No obstante, lo que en el vox populi se conoce como el “osario de los moros”, ya se conocía en parte gracias Beatriz Galindo, la Latina, que quiso ocupar el cementerio para ampliar el hospital de Nuestra Señora de la Concepción, conocido como Hospital de la Latina.

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Los fragmentos conservados en la Cava Baja y en la calle Almendro afectan a día de hoy a diez inmuebles. De todos, destaca el conservado en el número 30 de la calle Cava Baja, el mayor de toda la cerca madrileña. Tiene 19 metros de longitud, por lo que es más corto que el fragmento de la Real Academia de Ingenieros. Pero, en cambio, conserva toda su altura hasta el paso de ronda, unos 12 metros. No se han conservado los merlones ni el piso del adarve. También ha perdido parte de su anchura original, dejando a la vista el núcleo. Cuando se excavó a los pies de este fragmento de paño, se llegó a la roca madre y se descubrió toda la zanja de cimentación, apareciendo una cava que discurre paralela a la muralla. Según qué arqueólogo o historiador, esta cava sería parte de la cimentación. Para otros, debido a lo trabajado de las paredes, a una serie de piedras dispuestas en el fondo y a una especie de caminillo sobre elevado, se trataría del canal de un viaje de agua similar a los que hay en la zona de Puerta de Moros.

En el número 17 de la calle Almendro hay un solar, desde hace unos cuantos años, donde se puede ver, muy enmascarado, otro fragmento de la cerca. Mide 16 metros de largo por 3 de alto, aunque en las traseras de los edificios se dejan ver fragmentos aislados formando todo un uno. Lleva décadas esperando una restauración y consolidación que no llega, algo a lo que habría que poner remedio ya mismo.

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Nuevamente en Cava Baja, concretamente en el número 12, dentro de la Posada del León de Oro, se puede ver parte de lienzo y de un torreón bajo el acristalado suelo del restaurante. Y en el número 10 hay otro fragmento, de 7,70 metros de longitud y 2,10 de ancho que, en su liberación al excavarse, mostró la cara extramuros, de mampostería concertada.

La plaza de Puerta Cerrada ha sido testigo, en los últimos años, de un importante hallazgo. Al derribar uno de los inmuebles se ha podido ver que, al fondo, en la unión con la trasera de un edificio de la calle del Nuncio, afloró un fragmento de lienzo y otro de uno de los cubos. Los resultados del estudio así lo certificaron. Pero, para sorpresa de los arqueólogos y de los propios albañiles que trabajaban en la obra, se vio que, lo que se había utilizado como acceso a la escalera interior del edificio derribado, era el acceso al adarve de la muralla. Se hicieron varias catas y afloró la única muestra de acceso al paso de ronda, conservándose, dentro de la fábrica de los edificios, uno de los merlones y el solado original del adarve, realizado con ladrillos.

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También, en esta plaza estuvo la conocida como Puerta Cerrada, o de la Culebra, que constaba de un ingreso directo protegido por dos torres de flanqueo. Pese a ser una de las puertas, digamos, secundarias o de menor importancia de la cerca, como la Puerta de Moros, y que, posiblemente, haciendo honor a su nombre, estuviera casi siempre cerrada, si hacemos caso a la descripción de Jerónimo de Quintana, a comienzos del siglo XIII sufrió una ligera reforma similar a la que verenos en la Puerta de Guadalajara. Una reforma en estilo mudéjar que alteraría el ingreso directo por uno en forma de codo: “tuvo la entrada angosta, derecha al principio; al medio hazía una buelta a línea recta, y al cabo hazía otra para entrar al pueblo, de suerte que ni los de dentro podían ver a los de fuera, ni al contrario”.

Esta puerta es citada en varias ocasiones en documentos históricos. Los más curiosos, por así decirlo, son aquellos que hacen mención a los problemas que padeció, a finales del siglo XV, originados por el muladar y las aguas de la laguna que había por debajo de la actual Plaza Mayor. Los madrileños de esa zona colmataron en varias ocasiones los desagües naturales de la laguna al echar sobre ellos los desperdicios del muladar. En alguna ocasión, en época de lluvias, las aguas rebasaron los diques formados por la basura, desaguando a través de la puerta de la muralla, lo que hacía peligrar su estabilidad. Se puso fin a este problema en 1513, cuando las aguas fueron reconducidas hacia otra laguna que había junto a la cava. Carlos I ordenó derribar parcialmente esta parte de la cerca en 1538, siendo demolida finalmente en 1569 para facilitar el tránsito de caminantes y carros.

Desde esta recoleta plaza, la muralla tenía su continuación a lo largo de la cava de San Miguel, donde estuvo la iglesia de San Miguel de los Octoes, buscando el punto más elevado de todo el perímetro. Allí, como se verá en la tercera entrega, estuvo la Puerta de Guadalajara, la más importante de la ciudad. Y, más allá, la caída de los muros hacia el discutido cierre septentrional.

Bibliografía

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  • Andreu Mediero, E.; Paños Cubillo, V. "Arquitectura militar andalusí en Madrid capital: nuevas perspectivas teóricas a raíz de las intervenciones arqueológicas de la plaza de Oriente y la plaza de la Armería (1999-2010)". Anales de Historia del Arte, vol. 22 número especial (II). 2012
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  • Oñate Baztán, P.; Sanguino Vázquez, J. "Seguimiento arqueológico y musealización de los restos para la rehabilitación del inmueble ubicado en c/ Cava Baja, 12 (2004-11)". Anuario de Actuaciones Arqueológicas y Paleontológicas. Dirección General de Patrimonio. Comunidad de Madrid. 2012.

 

 

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