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Artículo sobre la muralla de Madrid. Primera parte

Miércoles, 06 de agosto de 2014

 

Donde ahora se ve una monumental alineación formada por el Palacio Real, la Catedral de la Almudena y, algo más al suroeste, la basílica de San Francisco el Grande, hace más de 1100 años, entre 873 – 886, no había sino unos cerros que caían casi a pique a la vega del río. Cuando Muhammad I pone sus pies y sus ojos en este lugar, lo hace desde un punto de vista claramente militar. Es necesario garantizar una protección a Toledo con un determinado número de puntos estratégicamente situados que, junto con la barrera natural que ofrece la Sierra de Guadarrama, sean capaces de repeler el ataque de las tropas de los infieles cristianos del norte peninsular. Por ello, llegado al río Manzanares, se da cuenta de que el enclave origen de la capital de la nación es excelente desde tres puntos de vista (foto 1. Fuente: Martínez Díaz, Ángel. Espacio, tiempo y proyecto. El entorno urbano del Palacio Real de Madrid entre 1735 y 1885):

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  1. El río hace de barrera defensiva, defensa multiplicada considerablemente por el propio terreno. Y es que desde la rivera se elevan, a más de 60 metros de altura, tres mesetas separadas por barrancas. Al norte, la Montaña del Príncipe Pío. En el centro, una segunda y principal plataforma. Y, a continuación, una tercera meseta que gira hacia el sureste.
  2. El abastecimiento de agua está asegurado. El río siempre lleva agua y en él vierten sus aguas tres arroyos principales y sus tributarios: el arroyo de Leganitos, que discurre hacia el arroyo del Arenal, uniéndose y cayendo en uno solo. Ambos entre la primera y la segunda meseta. Más al sur, entre la segunda y la tercera plataforma, el arroyo de San Pedro. Además, existe en las proximidades una laguna.
  3. La fertilidad del terreno, arcilloso y rico en nutrientes, garantiza los cultivos y la cría de ganadería.

Para entender la muralla cristiana, antes hay que comprender la muralla musulmana. El recinto andalusí, levantado con sillares de piedra caliza y bloques de sílex trabados con argamasa, era, en realidad, un conjunto de tres recintos con torres prismáticas, cada uno de ellos con su función. Ocupando lo que es el Palacio Real, estaba el alcázar, un hisn o fortaleza. La explanada del Patio de la Armería, también conocida como el Campo del Rey, fue el albacar, una extensión no habitada que se utilizaba como reducto agrario y ganadero en caso de sufrir asedio. También para que la población extramuros, mayoritariamente campesinos, tuviera un lugar en el que refugiarse si los cristianos atacaban. El tercer espacio, llamado recinto emiral, era la almudaina propiamente dicha. Una vez el hisn se fue poblando, surgió la necesidad de ordenar a la población, habilitándose la zona contigua al albacar en un recinto que llegó a ocupar una superficie de unas 8 hectáreas. Este recinto partía del albacar y seguía por debajo del solar que ocupa la catedral hacia el final de la calle Mayor, donde estaba la Puerta de la Vega, girando hacia el este bajo la actual calle Bailén y dando un quiebro a la altura del Palacio de Uceda para cruzar la calle Mayor, por la Puerta de Santa María, continuando por la calle Factor y los Altos del Rebeque donde, nuevamente, giraba hacia el albacar, que quedaba comunicado con la almudaina mediante la Puerta de la Xagra. Una atalaya, situada en lo que ahora es la Plaza de Oriente, completaba la defensa (Foto 2).

 

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Se desconoce cómo pudo ser el desarrollo urbano de la almudaina, aunque se da por hecho que las casas se levantarían abigarradas y anárquicamente, habiendo dos viales principales: el que uniera la mezquita con el albacar y el principal, el que discurría de la Puerta de Santa María hasta la Puerta de la Vega, un vial de apenas 200 metros. Los arqueólogos e historiadores no terminan de ponerse de acuerdo sobre dónde estuvo la mezquita, aunque, tradicionalmente, se viene a decir que ocupó el solar donde, posteriormente, se levantaría la iglesia de Santa María, en la confluencia de la calle Mayor con la calle Bailén.

Tomado Madrid, en 1083, se añade a su población morisca la de aquellos cristianos que decidirían asentarse, aumentando la extensión de la almudaina más allá de sus muros. Ese incremento, así como la inestabilidad política, propiciarían que la nueva ciudad tuviera que ser fortificada en su perímetro.

A día de hoy, se calcula que la muralla cristiana madrileña se comenzó a construir a finales de la primera mitad del siglo XII, más o menos coincidente con la redacción del Fuero, documento que, según Georg Gross, sería anterior a 1141 y no de 1202, como siempre se ha venido diciendo. El autor de esta teoría se basa en que, en 1141, Calatalifa obtiene un fuero copia del de Madrid y que, el documento de 1202 no es otra cosa que una carta de otorgamiento, mandada redactar por Alfonso VIII, que compila el Fuero original.

La edificación de la muralla cristiana se prolongó durante décadas, siendo terminada ya en el siglo XIII. Como es lógico, su levantamiento fue costoso, imponiéndose una serie de impuestos y obligaciones destinados a sufragar la obra. También determinadas rentas fueron desviadas a la construcción de la cerca, por no decir que se sacó mano de obra de cuantos delincuentes prefirieron redimir su delito trabajando codo con codo con las cuadrillas de canteros. También los propios ciudadanos colaborarían. Las facenderas tuvieron su continuidad una vez se terminó la cerca, siendo dividida en secciones cuya protección recaería sobre los nobles y ciudadanos que habitaban estos sectores.

Antes de ir poco a poco por el viario madrileño en busca de los fragmentos de la cerca madrileña, lo cual dejo para la segunda y tercera entregas de este articulo, veremos cómo era en su conjunto. Jerónimo de Quintana nos dice que Madrid “era un pueblo pequeño, si bien fuerte y murado, cuya muralla era fortísima de cal y canto y argamasa, levantada y gruesa, de doce pies en ancho (3,36 m), con grandes cubos, torres, barbacanas y fosos”. Su estilo arquitectónico era, en sus dos terceras partes, claramente románico, mientras que en la parte más tardía, la norte, junto con una serie de añadidos y modificaciones posteriores, lució un aspecto mudéjar. Sus muros y torres se levantaron a la par y por niveles mediante mampuesto de piezas de sílex trabadas con argamasa. Las condiciones del terreno, arcilloso e inestable, forzó a las cuadrillas a excavar zanjas de cimentación en busca de la roca madre. La profundidad de las zanjas varió en función de lo que se tardó en encontrar superficie sólida. Para ello, se excavaron fosas hormigonando las paredes o entibándolas con maderos hasta encontrar el nivel interesado, procediendo a levantar los paramentos vistos y el núcleo. Ahí donde el terreno caía en pendiente, la fosa se abrió escalonadamente mediante zarpas de nivelación. Una vez afloraba el muro por encima del suelo, la zanja se rellenaba con escoria y con tierra aprisionada (Foto 3. Plano modificado a partir del original de Patrimonio histórico de la Comunidad de Madrid [Vol. 1]. De la Prehistoria al Renacimiento).

 

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El recinto cristiano llegó a contar con unas 80 torres, semicirculares la mayoría y alguna prismática, a las que habría que añadir una serie de albarranas levantadas en puntos estratégicos para proteger accesos, zonas débiles y otear dos flancos del recinto en puntos muertos. La altura de los muros oscilaba entre los 13 y los 15 metros al adarve, ronda que estuvo pavimentada mediante ladrillos. Se construyó en sentido contrario a las agujas del reloj. Partiendo del recinto emiral, caía hacia el arroyo de San Pedro para salvarlo gracias a un desagüe. Volvía a subir hacia lo que hoy se conoce como las Vistillas y antaño como los Torrejones. A continuación giraba hacia el sureste, por las calles Mancebos y Don Pedro, llegando a la Plaza de los Carros, donde estuvo la primera de sus puertas: Puerta de Moros. Proseguía hacia el noreste por Cava Baja y por la calle Almendro hasta la siguiente puerta: Puerta Cerrada. Desde aquí subía por la Cava de San Miguel hacia la calle Mayor, donde estuvo la Puerta de Guadalajara, la más importante de la ciudad. De la Puerta de Guadalajara caía hacia el norte, hacia la actual Plaza de Isabel II por las calles Mesón de Paños, Espejo y Escalinata, girando bruscamente hacia poniente, siguiendo la orografía de la barranca del arroyo del Arenal, donde estuvo la Puerta de Valnadú, la más septentrional. De todas las torres y albarranas que hubo, las más famosas fueron la albarrana de Narigues, la albarrana del Vinagre, la albarrana de Alzapiernas y la torre de los Huesos. Según Antonio Malanana, estas albarranas, levantadas a finales del siglo XII y en adelante, sobresalían considerablemente y tenían forma de proa de barco, al contrario de las coetáneas de Talavera de la Reina. Para ello, además de por datos e hipótesis arqueológicas, Malanana se basa en esta teoría por la descripción que Jerónimo de Quintana hace de la torre de Narigues: “Avía un castillo muy fuerte, que por serlo tanto, le llamaban fortaleza y por otro nombre la Torre de Narigues del Pozacho, por estar en forma de nariz y junto a las aguas del Pozacho”.

La muralla madrileña cumplió su función medianamente íntegra hasta finales del siglo XV. A partir de entonces iría desapareciendo, bien engullida por las casas de los madrileños, que utilizaban el muro como parte de la vivienda, bien desmontando tramos o alguna torre para rehabilitar zonas en mal estado. Aunque, como veremos poco a poco, los momentos más tristes fueron aquellos en los que se tiraron abajo las puertas de la ciudad. Aún así, la cerca nunca desapareció del todo, como se aprecia en los planos que dibujaran Frederik de Wit, Pedro de Texeira y, especialmente, el plano de Espinosa de los Monteros con la planimetría general de la ciudad.

Desde el siglo XVI, un nutrido número de cronistas e historiadores fueron dejando testimonio escrito de la muralla, alguno con mayor o menor acierto; pero, todos, ofreciendo documentos vitales para saber cómo fue la cerca cristiana pese a que, posteriormente, la arqueología ha variado algún concepto. El primero de todos fue Juan López de Hoyos, que vio aún gran parte de la muralla en pié, y que detalla la cerca en su obra Recibimiento a doña Ana de Austria, de 1572. En 1623, el dominico Gil González Dávila también comenta la muralla. La descripción más famosa y utilizada es, sin duda, la de Jerónimo de Quintana, redactada en 1629. Antonio de León Pinelo incluye, aproximadamente hacia el 1658, también una reseña en sus Anales de Madrid. José Antonio Álvarez y Baena comienza a matizar algún dato en 1786. No será hasta el siglo XIX cuando, Ramón de Mesonero y Romanos, detalle con precisión el recorrido de la muralla y desmienta las fábulas que se habían ido arrastrando en las crónicas precedentes, como la falsa autoría del pueblo griego como artífice de la muralla. En 1861, José Amador de los Ríos y Juan de Dios de la Rada y Delgado también abordarían la cerca madrileña. Finalmente, ya en el siglo XX, Federico Carlos Sainz de Robles, a comienzos de siglo; Elías Tormo en 1945, historiador que ha dejado uno de los mejores estudios sobre el cierre cristiano; Agustín Gómez Iglesias, que, junto con la muralla, estudió y reconstruyó la puerta de Guadalajara; Fernando Urgorri Casado, que estudió, en 1954, el recinto amurallado ligado al urbanismo madrileño de la época; y Jaime Oliver Asín que, en 1959, tras los hallazgos de los fragmentos de muralla árabe de la Cuesta de la Vega, dio un vuelco a los recintos cristiano y musulmán en esa zona, también aportaron sus estudios a la historiografía.

A lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, textos más recientes, avalados por las excavaciones arqueológicas, han dado más de un vuelco a lo que se sabía de la muralla. Es una lástima que gran parte de los informes no sean de consulta a la ciudadanía. Por suerte, historiadores y arqueólogos como Antonio Malalana, Isabel Gea y José Manuel Castellanos, entre otros, han revelado parte de estos trabajos en publicaciones recientes que sí son de acceso general.

En las sucesivas entregas iré pormenorizando la morfología de la muralla, así como el detalle de sus elementos más importantes y de aquellos que, afortunadamente, siguen existiendo salpicados por el callejero histórico madrileño.

Bibliografía

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  • Fernández Ugalde, A.; Serrano Herrero, E. Las murallas de Madrid: excavaciones recientes y apuntes para su evolución. Estudios de Prehistoria y Arqueología Madrileñas núm. 10. Museo de San Isidro. Madrid, 1995-96.
  • Geas Ortigas, I.; Castellanos Oñate, J. M. Madrid musulmán, judío y cristiano. Las murallas medievales de Madrid. Ed. La Libraría, 2008
  • Gómez Iglesias, A. Las puertas vieja y nueva de Guadalajara y otros datos sobre la muralla madrileña. Revista de la Biblioteca, Archivo y Museo del Ayuntamiento de Madrid. Año XX, núms. 61-62. 1951
  • Gómez Iglesias, A. El Madrid medieval. Instituto de Estudios Madrileños. Madrid, 1966
  • Malalana Urueña, A. Madrid. Génesis y evolución de la muralla del siglo XII. Ed. La Librería, 2011
  • Oñate Baztán, P.; Sanguino Vázquez, J. Seguimiento arqueológico y musealización de los restos para la rehabilitación del inmueble ubicado en c/ Cava Baja, 12 (2004-11). Anuario de Actuaciones Arqueológicas y Paleontológicas. Dirección General de Patrimonio. Comunidad de Madrid. 2012.

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