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¿Pudo haber tenido Madrid una catedral románica?

Lunes, 16 de junio de 2014

 

Como todo madrileño sabe, la catedral de Nuestra Señora de la Almudena es obra moderna, con poco más de 100 años de vida, en la que se mezclan tres estilos arquitectónicos haciendo un guiño a otras tantas épocas: neorrománico, neogótico y neoclásico. Su construcción se debió al motivo de dotar a la capital del país de un templo catedralicio en detrimento de San Isidro, colegiata que hacía las veces de sede episcopal. El hecho de que esto fuese así se debe a que Madrid nunca tuvo una catedral, al contrario de otras ciudades medievales. Y, ¿por qué? ¿Qué motivos influyeron para que la villa no contara con una cátedra hasta época decimonónica? Las respuestas son muy complejas y dispares, no pudiéndose siquiera asegurar.

 

El origen de Madrid es netamente militar. Si bien se ha querido ver un asentamiento visigodo precedente (J. Oliver Asin lo sitúa por la zona de San Pedro el Viejo), la ocupación de las mesetas que se levantan sobre el río Manzanares no se oficializa como entidad poblacional hasta el siglo IX, momento en el que Muhammad I levanta un alcázar, en la planicie central, como un punto más en la defensa de la Sierra de Guadarrama. Posteriormente, a lo largo de los siglos X y XI, el alcázar mutaría su función militar al acoger familias musulmanas no sólo de los soldados allí acantonados, sino, también, de granjeros y pastores que, paulatinamente, desarrollarían la urbe del recinto emiral.

 

Cuando, bajo el reinado de Alfonso VI, se recupera Madrid, no se hace tan violentamente como ocurriera siglos atrás con el ataque de Ramiro II, que destrozó cuanto encontró a su paso. Hacia 1083, las tropas cristianas se hacen con la plaza madrileña como preludio de la caída de Toledo. Desde este instante, comienzan las opiniones. Algunas teorías afirman que la convivencia entre musulmanes y cristianos fue cordial. Que ambos pueblos vivieron en armonía. Lo cierto es que, desde la toma de Madrid hasta mediados del siglo XII, hay una laguna documental que lo único que sirve es para abrir las especulaciones. Es muy probable que parte de la población musulmana optase a quedarse, mientras que otra decidiría emigrar a los territorios del sur buscando la protección de su cuerpo y de su fe. Sin embargo, la lógica obliga a pensar en otra realidad con cierta represión. La primera prueba clara es el traslado de la población musulmana de su primigenio enclave, dentro del recinto emiral, a la zona de Puerta de Moros.

 

El que quizás sea el punto neurálgico que más interesa para esta reflexión, es aquel que ocupó la mezquita. Tradicionalmente, siempre se ha dicho que sobre ella se edificó la iglesia de Santa María, templo tardorrománico, probablemente de estilo mudéjar, aunque con elementos románicos de piedra caliza a tenor de lo conservado y expuesto en el Museo Arqueológico Regional. El problema viene cuando las disputas se centran en situar la mezquita. Para unos historiadores (Gerónimo de la Quintana o Vera Tassis, entre otros) estuvo donde posteriormente se levantó el citado templo cristiano y, para otros, bien en lo que fue la iglesia de San Salvador, bien bajo la actual San Nicolás. En todo caso, fuese en uno u otro lugar, de los tres templos mencionados, el que mayor importancia llegaría a tener desde el principio sería el de Santa María, lugar donde se veneraba la Virgen de la Almudena, patrona de la ciudad y talla muy ligada a la historia madrileña en tiempos de Alfonso VI. Así pues, aunque no existe ningún documento que constate la posibilidad, de entre las diez iglesias, conventos y monasterios citados en el Fuero de 1202, que no es otra cosa que un otorgamiento de Alfonso VIII que ratifica el Fuero inicial, de mediados del siglo XII, el único templo que podía aspirar a ser catedral era el de Santa María. Pero, como nos ha dejado la historia, no fue así. Con los siglos, esta iglesia fue creciendo tanto en importancia como en tamaño, pese a algunos problemas económicos por los que pasó. Pero nunca llegó a ostentar la dignidad catedralicia.

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Al margen de utilizar un templo existente, la catedral también podía haberse edificado ex novo sobre un solar acondicionado para tal fin. La orografía del Madrid medieval dejaba pocos enclaves para hacerlo. Salvo que se hiciera sobre algún punto del viario que se extendía hacia la parte alta del recinto amurallado cristiano, por las calles Mayor o Sacramento, la lista de posibilidades se reducía considerablemente. Donde actualmente se levanta la catedral, era un terreno muy escarpado y junto al arroyo de Tenerías y otros menores, además de ser la primera judería. Más al norte quedaban el Campo del Rey y el alcázar. Hacia el este, la elevación de los Altos del Rebeque imposibilitaba obras de envergadura. Por detrás, otras barrancas y arroyos también hacían inviable la zona, aunque en ella estuvieran las iglesias de San Juan y de Santiago. Al otro lado del arroyo de San Pedro, actual calle Segovia, estaba la morería. Junto a esta, la iglesia de San Pedro fue edificada sobre un terreno con fuerte pendiente hacia el arroyo del mismo nombre. Así que sólo hubiera sido posible encontrar un terreno propicio entre Puerta Cerrada y la Puerta de Guadalajara, o en algún punto entre esta y el interior de la ciudad, donde se encontraban las iglesias de San Justo, de San Miguel de los Octoes y San Salvador. El terreno desde la Puerta de Guadalajara hasta el recinto emiral gozaba de una suave pendiente en sentido descendente, por lo que habría resultado cómodo hacer una catedral en el centro geométrico de la ciudad. Además, al margen de la zona ocupada por el alcázar y alrededores, el centro económico de la ciudad se había ido trasladando a la plaza de la Villa. Allí el Concejo se reunía en la iglesia de San Salvador y, también, las familias nobles comenzaron a levantar sus casonas palaciegas. Por lo tanto, este punto habría sido otro claro candidato a albergar una catedral, ya gótica.

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Madrid, como otras muchas ciudades cristianas de la época, tuvo sus momentos políticos convulsos. Desde finales del siglo XI hasta bien entrado el siglo XII, los almorávides no permitieron que la sociedad madrileña gozara de bienestar. Una sucesión de ataques provocaría el éxodo de familias a otras zonas más seguras. La ciudad vería mermada su población hasta que, mediado el siglo, se levantase la cerca cristiana. Por otro lado, Madrid estuvo casi siempre bajo el paraguas de la ciudad de Toledo, relegándola a ser poco más o menos que una ciudad de segunda. De hecho, en 1145, el tenente de Toledo también lo era de Madrid. Otro factor social fue la propia restructuración de la ciudad. Como se ha dicho, la población musulmana fue trasladada de la almudaina a la zona de la Puerta de Moros. Pero los judíos también fueron trasladados, viviendo a lo largo de la Edad Media en varios puntos. Tanto unos como otros estaban obligados a desarrollar su vida y negocios en espacios claramente definidos y delimitados por una cerca. Una separación que aún se hizo más acusada a lo largo del siglo XIII bajo mandato de Alfonso X que, en 1384, fijó una serie de impuestos, derechos, obligaciones y normas en general que no fueron del agrado de musulmanes y judíos. El que llevaran un distintivo para diferenciarse de los cristianos no era suficiente. También tenían que sufrir la marginación. Sirva como ejemplo que si un musulmán cometía delito sobre un cristiano, la pena oscilaba desde una considerable cifra económica hasta la pérdida de la vida. Mientras que, si un cristiano cometía un delito sobre un musulmán, sólo debía pagar un maradeví. Estas situaciones debieron causar lógicas asperezas en las relaciones mutuas de convivencia, soportándose las tres culturas como buenamente podían. Existen varios documentos, especialmente de los siglos XIV y XV en los que moros y judíos piden favores al Concejo y a los monarcas para que les sea permitido salir a los médicos por la noche si reciben un aviso, para abrir algún negocio, o, ya en la expulsión de los judíos en 1492, intentar que los alarifes más reputados de la ciudad se quedaran. Es justo decir que, durante los siglos XII al XV, unos y otros vieron cómo sus casas eran moneda de cambio, teniendo que abandonarlas en las migraciones forzosas, venderlas por una cantidad menor al valor real o dejarlas al no tener derechos de sucesión patrimonial.

 

Otro motivo que evita que, durante los siglos XII y XIII se construyera la catedral, es la propia muralla cristiana. Se calcula que se comenzó a levantar a finales de la primera mitad del siglo XII, prolongándose durante el resto de la centuria y dilatándose a comienzos del XIII con una serie de añadidos y mejoras. En todo este tiempo, la gran mayoría de los impuestos fueron destinados a la cerca. Y no sólo los de Madrid, sino, también, los de caseríos cercanos. La obra fue tan costosa y las arcas municipales debían andar tan maltrechas que, hasta la mano de obra, se intentaba que saliera gratuita empleando a los propios vecinos a cambio de favores y, especialmente, de reos, que permutaban así sus condenas.

 

Por lo tanto, los años que vivieron los madrileños, ya fueran cristianos, mudéjares o judíos, durante los siglos XII al XV, fueron bastante agitados. El pueblo llano, agricultor y artesano, subsistía como buenamente podía. Los caballeros de rango menor o aquellos artesanos de alta estima, se preocupaban más de obtener buenas rentas y de pujar por un holgado nivel social. Lo mismo hicieron los nobles, que, entre asegurarse cargos municipales, como ser los encargados de proteger determinados tramos de la muralla, y, con el tiempo, formar parte del Consejo, de la Corte y de levantar elegantes viviendas y aun píos hospitales, se ve que no desviaron sus ojos hacia un proyecto de envergadura como el de poner fondos para levantar una catedral. En cambio, sí que lo hicieron para edificar capillas en muchas de las iglesias madrileñas. En cuanto a la población musulmana y judía, no era competencia suya y bastante tenían con intentar ser respetados.

 

Resumiendo, tenemos notables factores. En primer lugar, la compleja repoblación de la plaza, que se dilató durante años y no quedó segura mientras no se levantó la cerca cristiana a mediados del siglo XII. En segundo lugar, la proliferación de parroquias con un doble y claro objetivo religioso y económico. En tercer lugar, los continuos cambios urbanísticos con las migraciones de musulmanes y judíos, que tan pronto eran recluidos en una zona como en otra, perdiendo o cambiando las propiedades entre los cristianos. En cuarto lugar, la propia orografía del solar madrileño. En quinto lugar, la construcción de la muralla. En sexto lugar, el propio feudalismo local, que mercadeó con cuanto tuvo a su alcance y sólo le preocupaba el poder y figurar en los estamentos civiles y judiciales. En séptimo lugar, la propia monarquía, que siempre tuvo a Madrid como una ciudad importante pero secundaria hasta que se convirtió en la capital del reino. Y, por último, el octavo factor, el de la propia iglesia. Madrid en 1202 contaba con diez iglesias que, en los siglos sucesivos, se multiplicaron considerablemente. Todas daban sus réditos. Pero una catedral, que hubiera sido bastante jugosa, habría dado sombra a dichas parroquias y a otros templos catedralicios cercanos.

 

En definitiva, con estas líneas no pretendo asegurar que todos estos motivos fueron los causantes de que Madrid no haya tenido una catedral románica o gótica. No lo puedo hacer, porque no hay pruebas documentales. Quizá jamás ni siquiera llegó a plantearse. Pero sí invito a reflexionar sobre lo acontecido entre sus calles durante un período de tiempo en el que hubiera sido normal levantar un gran templo dedicado a la Gloria de Dios y que, para desgracia de los madrileños, no se hizo hasta finales del siglo XIX.

Javier de la Fuente

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