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REFLEXIONES ROMÁNICAS VIII. Del orden natural de las cosas como base de todo arte sagrado.

Autor: Jaime Cobreros. Octubre 2005

Hace unas cuantas semanas el amigo Miguel Martín escribió en esta misma sección un artículo titulado El Orden Natural. Hubiera deseado referirme antes al mismo, pero la organización del Primer Fin de Semana Románico y la dirección de nuestra próxima revista ROMÁNICO que ya estamos incubando, me han impedido hacerlo hasta el momento.

El concepto orden natural de las cosas es captado por la mayoría. El problema viene a la hora de precisarlo, ya que en el mismo entran ideas de distinta índole. Entre las evidentes se comprenden fácilmente, por ejemplo, ideas como las de que el continente es siempre superior al contenido o que el padre antecede al hijo, etc. También son admitidas sin problemas las leyes fundamentales que rigen el Universo, como la de la gravitación universal o las de la termodinámica. Algunas consecuencias de las mismas presentan ciertas dificultades para ser admitidas como participantes del orden natural de las cosas: así, que toda acción crea siempre una reacción o que, por ejemplo, lo superior jamás pueda proceder de lo inferior. Pero lo que verdaderamente le resulta difícil concebir al hombre moderno, debido a la deriva del pensamiento occidental en los últimos siglos, son ideas como la de la existencia de los distintos órdenes de la realidad. Todo ello y mucho más encierra el concepto de orden natural de las cosas.

Cuando se lo considera en profundidad se concluye que el orden natural de las cosas implica una jerarquización y un sentido o vectorización desde lo superior hacia lo inferior. Ideas de este tipo chocan frontalmente con el pensamiento correcto hoy dominante. Por tanto, o se admite a pesar de ello el concepto de orden natural de las cosas o, sencillamente, no es admitido. Quienes no lo admitan sólo han de saber que las ciencias de la naturaleza, en las que sin duda sí creen, demuestran que todo sistema tiende al desorden, ya que todo orden consume energía y que el desorden en las cosas lleva a su propia desaparición, a su autoaniquilación. Y, sin embargo, aquí seguimos unos y otros.

Para salir de tan molesto dilema, el hombre moderno ha ideado explicaciones intermedias o tangenciales como, por ejemplo, la autorregulación del Universo o de la propia Gaya (la Tierra) que evitarían espontáneamente y por mecanismos desconocidos su autodisolución. Esto no parece ni científica ni razonablemente admisible. Guste o no, la buena lógica nos lleva a plantearnos la idea de la necesaria figura de un agente u ordenador exterior de naturaleza distinta a la de las cosas (ya que si así no fuera, él también sería cosa). Este agente las habría dotado de su propio orden y estabilidad.


Portada de Santo Domingo de Soria. Capitel mostrando la creación del mundo

El hombre razonable se encuentra ante la realidad de un Creador (el agente u ordenador) y de una creación (las cosas), La única cosa capaz de razonar, la criatura humana, es situada así frente a su Creador.

Aunque pueda parecer que lo que antecede poco o nada tiene que ver con el arte románico, razón primera de mis Reflexiones Románicas, nada más lejos de ello, ya que estamos tratando nada menos que de sus propios fundamentos.

Sigamos. Todas las grandes tradiciones hablan en sus libros sagrados de tiempos áureos, inaugurales, identificables con los edénicos de la tradición judía. Tiempos en los que la relación entre Dios, o los dioses, y el hombre alcanzaron una inmediatez y profundidad luego perdida. Es en ese tiempo y espacio privilegiados cuando el Creador transmite al intelecto puro o espíritu de su criatura (no por vía racional, sino por vía de la intelección intuitiva) el conocimiento íntimo de las cosas, los seres y de Sí mismo.

La ruptura de tal comunicación íntima entre el Creador y su criatura, de la que se hacen eco también las grandes tradiciones, corta la transmisión del conocimiento divino para el hombre. Carente ya de tal transmisión (no otra cosa quiere decir tradición, de tradere), los hombres han de preservar lo transmitido por su Creador mediante una tradición horizontal, transmitiéndose el depósito de unos a otros. Esta es la función primigenia de las distintas religiones (de re-ligare, religar).

Esta tradición primordial u edénica es conocida desde René Guénon como Tradición. Las distintas tradiciones particulares son adaptaciones a las diferentes razas, mentalidades, tiempos y espacios con el fin de que la transmisión no sea interrumpida. Conforme crece en el tiempo la distancia a la Tradición el contenido transmitido ha sufrido un desgaste que en algunas tradiciones ha llegado a afectar al núcleo central de lo que se quería transmitir, originando desviaciones y hasta subversiones del mensaje original.

El conjunto de los conocimientos recibidos de la Tradición forman el corpus simbolicum, transmitido en el tiempo a través de los mitos, los ritos y los símbolos. No ha de olvidarse al respecto que cada medio de transmisión de este corpus (mitos, ritos, símbolos) es una realidad que expresa una verdad en los distintos órdenes de la Creación. Ni tampoco se debe olvidar que un mito es un relato simbólico, ni que el rito es un símbolo realizado en el espacio y en el tiempo.

Cuando las distintas tradiciones han tratado de plasmar tal corpus simbólico en el espacio, nace el arte sagrado. Arte sagrado propio de cada tradición, pues se manifiesta con las formas propias de la misma. De ahí que haya tantos artes sagrados como tradiciones han logrado expresar su contenido primigenio con las formas adecuadas que le son propias. La pagoda, el Templo de Salomón, el egipcio, la pirámide maya, la mezquita, el templo sintoísta son distintas expresiones del arte sagrado.

Llegados aquí, es fundamental considerar la diferenciación entre arte sagrado y arte religioso. Ambos conceptos no son sinónimos, por más que la incultura dominante los confunda. Cuando el arte sagrado se desnaturaliza perdiendo la dimensión del corpus simbólico del que era reflejo, el arte se desacraliza quedando formas vacías de contenido trascendente. Aparece así el arte religioso cuyas formas, aunque aludan a cuestiones sagradas, han perdido su capacidad de llegar al intelecto profundo del hombre, no alcanzando mas que el nivel psíquico, el de las emociones (pietismo) y de las sensaciones (esteticismo). El arte religioso es un arte profanizado. El ejemplo del arte cristiano desde el Renacimiento (e incluso desde el gótico) hasta hoy es un caso clarísimo de tal involución.

Cada una de las grandes tradiciones tardó su tiempo en lograr un arte sagrado con espacios, volúmenes y formas adecuadas y propias. El cristianismo romano tardó mil años. El arte paleocristiano primitivo, impregnado fuertemente del arte pagano greco-romano no disponía de formas propias. Por otra parte, los distintos estilos prerrománicos europeos desarrollan con más o menos fortuna, pero sin la suficiente claridad intelectual para alcanzar la plenitud conceptual previa. En este sentido, el arte carolingio es un paso decisivo en el proceso de concreción de las formas propias de la tradición cristiana, pero nunca llega a apurarlas en su totalidad. El prerrománico español ofrece un muestrario excepcional y magnífico que al elegir un camino propio por las circunstancias forzosas del islam próximo, carece por ello mismo de la universalidad imprescindible.

Con el románico, arte que nace con una voluntad determinante surgida en la Orden de Cluny, se articulan plásticamente los distintos niveles de la realidad, dando a la luz al primer arte sagrado cristiano occidental. Arte que en sólo una generación se extiende por toda Europa y en menos de dos siglos levanta un volumen de obra superior al construido por el Imperio Romano en cinco. Con el arte románico nace también el primer arte europeo.

Como arte sagrado que es, el románico es un arte total. Habla a la totalidad de los hombres, indistintamente de su formación, cultura o capacidad intelectual. Y habla también a la totalidad del hombre, pues se dirige tanto a sus sentidos, como a su psiquismo, como a su intelecto más profundo (espíritu) iluminándolo sobre la realidad de los arquetipos divinos.


Detalle de la portada occidental de la iglesia del Monasterio de Irache
(Navarra). La mano de Dios manteniendo la Creación.

Sólo desde la perspectiva propia de la sacralidad y la totalidad es posible conocer el románico en plenitud. Entonces el románico se presenta como un arte luminoso que calienta el corazón de los hombres. Es por ello que el amigo Miguel Martín reconoce que el románico provoca sensaciones que otros estilos no nos provocan. El románico no es un arte más dentro de la sucesión de estilos, es un arte de otra índole que supone una dimensión distinta a las del resto.

Llegados aquí, cabe preguntarse si los artes sagrados de las distintas tradiciones tienen igual valor o informan por igual al hombre de las verdades superiores. En este sentido el cristianismo se separa nítidamente del resto de las tradiciones. No sólo participa y transmite los conocimientos dados al hombre por vía simbólica al comienzo de los tiempos, sino también los que sobre la Divinidad transmitió la propia Divinidad cuando a lo largo de algo más de treinta años participó de la condición humana y vivió entre los hombres, esas cosas capaces de sentir, razonar y conocer.

Todos los artículos de este autor:

REFLEXIONES ROMÁNICAS I. ¿Evolucionismo, diacronismo, sincronismo?

REFLEXIONES ROMÁNICAS II. Características imprescindibles del arte románico

REFLEXIONES ROMÁNICAS III. Beato Mozárabe en el siglo XXI

REFLEXIONES ROMÁNICAS IV. Eunucos felices y saltarines

REFLEXIONES ROMÁNICAS V. Los capiteles en flor del Camino de Santiago

REFLEXIONES ROMÁNICAS VI. Para cuándo la España románica?

REFLEXIONES ROMÁNICAS VII. En las raíces de Europa

REFLEXIONES ROMÁNICAS VIII. Del orden natural de las cosas como base de todo arte sagrado

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