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Se descubre que el 'expolio' de los frescos de Sijena costó 4.000 pesetas

Miércoles, 18 de enero de 2017

 

Según El Mundo, en 1936 un extraño llega a Villanueva de Sijena, un pueblecito de los Monegros a 64 kilómetros de Huesca. Se llama Josep Gudiol i Ricart y lo acompañan otros dos hombres. Una noticia ha llegado a sus oídos: el Monasterio de Sijena ha ardido. Gudiol, arquitecto, historiador, restaurador y marchante de arte nacido en Vich, sabe lo que eso significa. Sabe que el de Sijena no es un monasterio más.

Allí, entre aquellos muros gruesos y helados, empieza la historia de una de las batallas judiciales más duras que han protagonizado los Gobiernos catalán y aragonés. La pelea por un botín de guerra que, según acaba de fallar una juez, debe regresar a casa, 80 años después. Porque, entre octubre y noviembre de 1936, Gudiol, financiado con 4.000 pesetas de la Generalitat, arrancó unos 120 metros cuadrados de los coloridos frescos románicos del siglo XIII que adornaban la sala capitular del monasterio y se los llevó a Barcelona, donde permanecen aún hoy. Igual que los frescos que otro especialista catalán arrancó del templo en plena dictadura.

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"El arranque de pinturas murales es la última opción, un atentado cultural", indica Jorge Español, abogado del Ayuntamiento de Villanueva de Sijena. Desde unos andamios Gudiol y compañía cubrieron los frescos de cola soluble, pegaron grandes telas de algodón sobre las pinturas y aplicaron la técnica del strappo: la capa superficial se pega en la tela, que después se extiende sobre otro lienzo. Así se llevaron 64 "rollos" como si fueran alfombras, explica la historiadora, que ultima un libro sobre este episodio (Salvamento y expolio. Las pinturas murales del Monasterio de Sijena en el siglo XX, editado por la Universidad de Zaragoza). El abogado ofrece números: fueron unos 120 metros cuadrados de pinturas que hoy valdrían unos 90 millones de euros.

Un juzgado de Huesca ha concluido que, como defendían Sijena y el Gobierno de Aragón -que representa a las monjas-, los 97 objetos que Cataluña decía suyos y que se encontraban en el MNAC y en el Museo de Lérida deben regresar al monasterio. La mitad, los de menor valía, ya han abandonado el MNAC en un camión y el 25 de julio llegaron al monasterio. Se exponen ahora en un pequeño museo anexo al templo que se ha levantado al efecto. Pero aún faltan las piezas más valiosas, las del Museo de Lérida. Ese mismo día, el Consejo Ejecutivo de la Generalitat tomó la decisión de no autorizar su traslado.

El juzgado de instrucción número 2 de Huesca afirmó este verano que tanto las pinturas de 1936 como las de 1960 fueron trasladadas a Cataluña sólo para restaurarlas y no para dejarlas allí sine die; que no consta ningún documento de venta o traspaso de la propiedad entre las monjas y las autoridades catalanas; que las pinturas, al contrario de lo que defiende la Generalitat, no corren ningún riesgo si se trasladan al monasterio.

Según la juez que instruye el caso, Cataluña debe devolver los frescos, porque los tiene solo en régimen de depósito, aunque la Generalitat ha recurrido el caso.

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