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23. EL ALTAR © FRANCISCO JAVIER OCAÑA EIROA |
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El Arte Románico, como todos los artes cristianos, formaliza la ubicación del altar en el templo para atender las necesidades del culto.
La base teológica de la religión cristiana es la Redención, la inmolación del Cordero enviado por el Padre para redimir el pecado original, fundamento de la perdición de la vida de la Gracia que Dios había prometido al género humano si seguía los dictámenes de sus designios.
El sacrificio de Cristo supuso el reconocimiento de una nueva vida, por entrega de la suya. Él mismo instituyó de forma simbólica el rito de su propio ofrecimiento en la Última Cena, donde instauró simbólicamente la Eucaristía como recuerdo de su muerte en la Cruz.
Con su Ascensión a los cielos se cerró el ciclo de su paso por la tierra, y comenzó a aplicarse la liturgia de la Eucaristía como recuerdo de su sacrificio. Esa celebración de la transformación del pan en su carne y del vino en su sangre se realizaba sobre el altar, que llegó a ser el núcleo del santuario cristiano y románico en particular, el lugar supremo, la caput Christi en el simbolismo de la representación de su figura dentro de las plantas de los edificios.
Se situaba en la cabecera, alojado en la profundidad del ábside, resaltado con monumentalidad propia, solemne en medio del presbiterio, definiendo los volúmenes del interior, y señalando su importancia al exterior por medio de un mayor resalte del ábside central, que era donde residía la divinidad superior, considerados los laterales de menor importancia.
Toda la arquitectura del edificio románico estaba en función del altar. Su lugar, uso y destino estaba reservado únicamente al oficiante del sacrificio litúrgico que allí se representaba. Los fieles observaban su celebración desde posiciones alejadas.
La consagración de los altares era una de las ceremonias más importantes de las comunidades, pues significaba la exaltación de la muerte y resurrección de Cristo y el permiso para realizar sobre ellos la liturgia Eucarística. Esas consagraciones estaban reservadas solamente al Papa, a los obispos o los abades de los monasterios, que muchas veces acudían a consagrarlo sin que las iglesias estuviera perfectamente acabadas, porque la urgencia del uso así lo precisaba, como refiere la Historia Compostelana cuando el arzobispo Gelmírez consagra una gran cantidad de altares de la catedral de Santiago sin estar finalizada la totalidad de las obras. Premiaba la prisa y la funcionalidad.
La estructura de los altares era básicamente la de una tabla lisa sobre columnas o soportes, con o sin decoración. EL mismo tablero podía tener en su frente un antipendium o estructura que cubría toda la extensión de su frente. La decoración podía ser de relieves pétreos o una tabla de madera con pinturas.
Dado que existían las tres probabilidades, la decoración dependía de la voluntad y riqueza de quienes promocionaban la obra. Gelmírez, por ejemplo, coloca el altar bajo un baldaquino de plata con un enorme antipendium de plata presidido por una Maiestas Domini, los 24 ancianos del Apocalipsis, los Apóstoles, el Tetramorfos, flores y columnas.
Ni qué decir tiene que las pocas posibilidades de otras iglesias resolvían su creación de forma adecuada a la sencillez de sus medios.
![]() Altar de la iglesia de San Salvador de Cantamuda, Palencia. |
Con todo, no se obviaba la importancia del ara, porque a todas se les daba el mismo tratamiento en las consagraciones, ya que eran el objeto sagrado por excelencia de la iglesia por sustentar el sacrifico diario de Cristo. Como recordatorio de los hechos de los inmolados en la fe se comenzaron a instalar reliquias de mártires en la parte superior, simbolizando templo y refugio de todos aquellos que había dado la vida en favor de la misma causa.
Quedan muy pocos altares de la época románica. Sólo algunos magníficos antipendium de madera pintada en los museos, y el caso excepcional del existente en la iglesia de San Salvador de Cantamuda en el norte de Palencia, donde a pesar de las posibles transformaciones, se puede contemplar un magnífico ejemplar de altar románico con columnas decoradas como sostén del ara sacrifical.
Si una pequeña iglesia románica de rudo estilo montañés ha sido capaz de conservar esa reliquia de estilo y de estímulo de fe, habría que pensar en la enorme riqueza de los altares desaparecidos, de la belleza que aportarían a insignes presbiterios de la geografía románica, del esmero y cuidado que otros no tuvieron al desposeer a los monumentos de sus más preciadas joyas, aquellas que fueron pensadas como función y necesidad del corazón del edificio.