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Crónica de las XVII Jornadas de Románico Local de la coordinación de Valencia

Viernes, 05 de julio de 2019

 

Del uno al cuatro del pasado mes de mayo, los AdRs de la Comunidad Valenciana, Albacete, Baleares y Murcia, organizamos nuestras Jornadas de Románico Local. Esta vez la elección ha recaído en tierras segovianas, donde el arte románico se muestra con una extraordinaria concentración de recuerdos, vestigios y testimonios, aunque nuestra atención se centró especialmente en aquellas iglesias con galerías porticadas, algo que sólo existe en el románico español, y en el llamado románico de ladrillo o románico mudéjar, otra bella manifestación o concepción de nuestro románico. Fue un viaje muy apretado. En total, visitamos veinticinco monumentos situados en once pueblos, amén de Pedraza, villa medieval, y la belleza de las Hoces del Duratón. Un programa muy ambicioso, que afortunadamente, pudimos realizar casi en su totalidad.

Actualmente, y gracias a los medios existentes, cualquiera puede acceder a los monumentos que aquí se mencionan para recabar más información. Por ello, y debido a esta acumulación de visitas, me limitaré, para no hacer interminable ésta crónica, a ir enumerando los lugares que visitamos, haciendo una breve reseña que defina o resalte aquello que mejor identifica al monumento o lugar visitado.

A las ocho de la mañana, con la puntualidad que caracteriza a los AdRs, treinta y siete personas subíamos al autobús en Valencia para iniciar este prometedor viaje. Llegada a Segovia, restauración, y tras el reparto de habitaciones y un breve descanso, nos recogió en el hotel Marietta, nuestra guía, e iniciamos nuestra aventura por la ciudad.

En Segovia, Roma dejó, junto a un castro fortificado, un portentoso acueducto, y posiblemente en sus piedras nació el humanismo segoviano, la serenidad y el equilibrio clásico que en la ciudad se respira. Y, posiblemente, el espíritu de Roma revivirá en la noble apariencia civil de sus palacios y en las majestuosas líneas de su Catedral. Y entre ambos extremos de esta arquitectura segoviana, aparece esa admirable colección de iglesias románicas que descubrimos mientras transitamos por entre calles y plazas silenciosas.  Parece como si este románico segoviano enlazara las piedras romanas del acueducto del siglo II, con el más bello conjunto arquitectónico de la España del siglo XVI.

Y así organizamos la visita. Primero, rendimos honores al monumento que ha hecho de Segovia una ciudad universal: el acueducto. Algo de historia, algo de arquitectura y mucho de admiración ante tan soberbia construcción.

Después nos dirigimos al Alcázar, también de obligada visita, pero transitando por esas calles y plazas silenciosas de su centro histórico. Una verdadera delicia pasearlo, admirar sus casas señoriales, conocer el barrio de los canónigos…, para descubrir una de esas admirables iglesias románicas que mencionamos: San Martín. Un monumento admirable. Su tamaño, su galería porticada que la rodea totalmente excepto en la cabecera, la talla de sus capiteles, su torre campanario de ladrillo, de extraordinaria nobleza, sus soberbios ábsides laterales, con sus arquerías ciegas, su interior… Todo se une para hacer de San Martín algo inolvidable.

Continuamos nuestro mágico paseo por la ciudad, para llegar a la plaza de San Esteban, donde pudimos admirar la iglesia del mismo nombre, otro de los emblemáticos monumentos segovianos. Aunque muy reformada en el siglo XVIII, afortunadamente se salvaron su galería porticada situada en la fachada meridional con diez arcos y capiteles adornados con grabados medievales, muy deteriorados por la erosión; y su torre campanario, sin duda la mejor del románico español, y a la que Quadrado, en 1884, la llamó la “reina de las torres bizantinas de España”. Se alza mediante seis cuerpos, cinco de los cuales están animados con arquerías ciegas o ventanales con profusión de arquivoltas y columnas y magníficas tallas donde predomina el bestiario románico: aves, arpías, grifos, etc.

 Y, finalmente, el Alcázar. Allí, en la proa de un imaginario barco, se yergue majestuoso con su belleza casi de cuento, identificando con su presencia a ésta hermosa ciudad. Lo visitamos y lo admiramos, porque también era obligado. Y cuando terminamos, el cansancio empezó a hacer mella en el grupo. El tiempo tampoco acompañaba. Una fina lluvia y un ambiente frío no invitaba a seguir paseando. Así qué de común acuerdo, decidimos terminar la visita, regresando al hotel, donde a su debido tiempo, repusimos fuerzas y nos fuimos a descansar.

Otra vez a madrugar, y a las ocho de la mañana nos dirigíamos a nuestro primer destino, la iglesia monasterio de Nuestra Señora de la Soterraña, en Santa María la Real de Nieva, una construcción gótica, pero que se tiene que visitar por la belleza que ofrece, especialmente su claustro y su portada, declarados Bienes de Interés Turístico.

Iniciamos la visita por el claustro, en el que lo más destacable son sus capiteles finamente labrados con relieves por sus cuatro caras y que exhiben una visión general de la forma de vida de las gentes de la época. Así, vimos representaciones de la vida de los monjes; una serie de tres capiteles en los que se refleja el calendario agrícola; actividades de la vida cotidiana y de la nobleza; motivos cinegéticos y naturales, como animales y plantas; alegorías religiosas; heráldica; criaturas míticas… Temas que se encuentran mezclados, sin ninguna ordenación, excepto los capiteles del calendario agrícola que sí están juntos. Todo ello tallado de forma extraordinaria y bellísima, con magníficos detalles que cautivan el ánimo y te hacen agradecer haber realizado la visita.

A continuación, la portada. Otra verdadera maravilla en la que destacan las cinco arquivoltas que rodean al tímpano y en la aparecen representados los temas más recurrentes de la iconografía medieval: figuras de santas y santos, arcángeles, serafines, pero lo que más llamó la atención del grupo fue la arquivolta exterior, donde se representa la resurrección de los muertos, con treinta y cuatro figuras en distintas posiciones junto a su lápida sepulcral, que en algunos casos son ayudados por otros resucitados  a levantarla. Todo ello con una talla finísima.

Y seguimos la ruta. Ahora le tocaba el turno a Cuéllar, donde nos esperaba algo que no tenía nada que ver con lo que dejábamos atrás. Iniciamos la visita en el castillo de los Duques de Alburquerque, el monumento más emblemático de la ciudad. Terminada la cual y después de echar un vistazo a las murallas, nos dirigimos a pasear la ciudad que, conserva aún la planta y trazado medieval de las villas castellanas.

Durante el recorrido fuimos visitando sus originales iglesias, empezando por la de San Andrés, sin duda la mejor construcción eclesiástica del mudéjar de Cuéllar. Impresionante la composición de la cabecera triabsidal, en la que el ábside central se resuelve en una planta poligonal de once lados, y donde el humilde ladrillo crea una vistosa decoración a base de arcos doblados de medio punto, cuadrados y distinta disposición de las piezas, decoración que también aparece en los ábsides laterales, de menor tamaño que el central. Vistosa también la decoración interior de las absidiolas. A mencionar unas pinturas murales que aparecieron tras la última restauración y el extraordinario Calvario gótico, conocido como el Calvario del Cristo de la Encina. Admirables las tallas de la Virgen María y San Juan.

Continuamos nuestro paseo hasta llegar a la Iglesia de San Esteban, una de las más importantes de Cuéllar y uno de los mejores ejemplos de su arte mudéjar, en la que nos llamó poderosamente la atención el imponente y magnífico ábside de la cabecera, con un tramo recto y otro semicircular, alternando en su decoración frisos de arco de medio punto con ladrillos de espinilla y huecos adintelados. El conjunto es de una gran belleza y armonía.

Y finalmente, la Iglesia del Salvador. En la reforma barroca que se realizó, la bóveda románica fue sustituida por una cúpula barroca de gran peso. motivo por el cual hubo que construir cuatro contrafuertes que semejan arbotantes góticos para sujetar el ábside y contrarrestar la estabilidad del templo. Su curiosa forma y el hecho de ser únicos en la zona, confieren a la iglesia una singularidad que la distingue del resto. La decoración exterior de su ábside es similar a la empleada en otras iglesias.

Concluida la visita, regresamos a Segovia, donde tras una buena comida y un corto descanso, acometimos la segunda parte de la jornada del día, como fue continuar y rematar la visita a la capital.

Primero dimos un paseo con el autobús para contemplar una panorámica de la ciudad mientras nos llevaba a la emblemática y extraordinaria Iglesia de la Vera Cruz. Lo singular de su perfil y su peculiar planta dodecagonal, convierte el templo en uno de los más atractivos del románico segoviano. Paseamos su exterior, y visitamos su interior, mientras la guía nos iba dando las explicaciones históricas y artísticas pertinentes. La visita resultó corta, pero teníamos que continuar. El autobús nos llevó al centro histórico, desde donde continuamos lo que dejamos pendiente el día antes.

Empezamos por la Iglesia de San Justo. Lo más impresionante, sus extraordinarias pinturas murales, que cubren casi por completo el hemiciclo absidal, los muros del presbiterio, su bóveda de medio cañón y el intradós del arco triunfal. Destaca la representación del Maiestas Domini que ocupa el centro de la cúpula absidal, y que aparece dentro una curiosa mandorla con los veinticuatro Ancianos del Apocalipsis. En el espacio restante se ubica el Tetramorfos y otras escenas. Mención especial hay que hacer del extraordinario Cristo de los Gascones, un Cristo articulado utilizado para representar la Pasión de Cristo.

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A continuación, le tocó el turno a la Iglesia de San Millán, que no sólo es uno de los mejores templos de la ciudad sino del románico español, creando escuela entre las posteriores edificaciones segovianas que, en lo ornamental, siguieron fielmente el camino indicado en San Millán. La recorrimos mientras admirábamos su belleza, su elegancia, su bóveda de tipo califal, su vistosa cabecera al principio triabsidal, pero “estropeada” por el cuarto ábside que alberga la sacristía, el rico y, a veces, extraño simbolismo del repertorio escultórico de sus capiteles y su soberbia galería porticada, especialmente la meridional, y su interesante torre, probablemente del siglo X.

Finalmente, la también obligada y necesaria visita a su imponente Catedral, conocida como la Dama de las Catedrales, por su sus dimensiones y elegancia. Impresionante la altura de las bóvedas de su nave central y la magnificencia de toda ella. Visitamos sus innumerables capillas, el coro, cuya sillería fue traída desde la antigua catedral; admiramos sus vitrales, uno de los conjuntos más importantes del patrimonio vidriero español. Y, por último, el claustro, también de estilo gótico flamígero, trasladado piedra a piedra desde la antigua catedral de Santa María, y que constituye la única parte del antiguo templo que ha llegado a nuestros días.

Y se terminó nuestra aventura en la ciudad. Cansados, pero muy satisfechos por lo que habíamos visto y por el tiempo tan bien aprovechado. Vuelta al hotel y a reparar fuerzas. Nos harían falta para la jornada del día siguiente.

Que iniciamos con el madrugón de costumbre. Nuestro primer destino fue Perorrubio para visitar su iglesia de San Pedro ad Víncula, uno de los mejores ejemplos del románico porticado de la provincia. Su galería llama la atención por su belleza, destacando sus capiteles en los que aparecen hojas de acanto de gran delicadeza, temas zoomorfos, mascarones grotescos… También son muy interesantes los capiteles de otros elementos del templo, con una buena talla, como la pareja de cuadrúpedos y la sirena de doble cola de la ventana del ábside.

A unos nueve kilómetros se encontraba la localidad de Sotillo, con su iglesia de la Natividad de Nuestra Señora, en la que destaca la puerta de entrada con sus arcos lobulados que podía haber sido realizada por un grupo de artífices de origen mudéjar. Muy interesante también es el conjunto de canecillos y metopas que nos presentan un auténtico reportaje de las labores cotidianas del campesino mezcladas con otros temas. A destacar las cuatro metopas que desarrollan el tema de la montería.

Dejamos Sotillo y continuamos viaje hacia la espléndida iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en Duratón. Cuando la ves allá en medio, sola, sin nada que estorbe la vista, te explicas porque este arte conmueve el corazón. Creo que todos los viajeros sentimos lo mismo, porque todos nos paramos para verla, sentirla y guardar en la memoria la belleza de sus formas. Estábamos viendo una de las más hermosas iglesias románicas de la región y. sin duda, uno de los ejemplos más espléndidos del románico rural segoviano, en el que destaca la unidad que se aprecia en su construcción, la elegancia de sus volúmenes y la delicadeza de su escultura.

Atrae la atención su hermosa galería porticada, cuyas columnas soportan una serie de capiteles de magnífica factura, con tallas de una singular belleza, y con temas como la lucha entre el bien y el mal, como en el capitel de la lucha entre el caballero y un animal demoníaco o las siempre presentes arpías; o las bellísimas escenas del ciclo de la Navidad, entre las que destaca la obra maestra de esta iglesia como es el capitel del Nacimiento, que por su expresividad, ritmo y composición, lo sitúa en un primer nivel entre todos los de la provincia. Hay que mencionar también su amplio conjunto de canecillos y metopas que, como es habitual, aluden a la forma de vida de la época, y tampoco faltan las de carácter simbólico. En el interior, sorprende la belleza de la cabecera, con una articulación bastante compleja, en la que destaca la cubierta del ábside con bóveda de horno con nervaduras de refuerzo.

Nuestra siguiente etapa sería Sepúlveda. Hablar de Sepúlveda es hablar de historia, de Fernán González, que le dio fuero en 940; de sus calles medievales, que nos transportan por la villa y nos permiten adentrarnos en esa historia, en sus enigmas, en sus iglesias románicas, su luz, sus palacios, su hermosa Plaza Mayor. Y desde ésta, acompañados por un guía de la Oficina de Turismo, iniciamos la visita a ésta hermosa villa. Y la primera fue, ¡cómo no!, para uno de los monumentos más bellos y magníficos del románico castellano: la iglesia del Salvador, la más antigua del románico segoviano, edificada en la última década del siglo XI, y el mejor ejemplo de románico en la Comunidad de Villa y Tierra de Sepúlveda.

Acceder hasta ella nos dejó sin aliento. Tras pelearnos con una empinada escalera nos recibe allá en lo alto su magnífico y rotundo ábside. Una vez recobrado ese aliento perdido, fuimos rodeando la iglesia, observando su ábside, los vanos, su decoración, sus canecillos con sus variadas representaciones. Contemplamos su torre exenta con sus ventanales aljimezados y sus marcas de cantero, para llegar a su espléndida galería, compuesta por ocho potentes arcos de medio punto que apoyan alternativamente sobre pilares o machones y sobre pequeñas columnas de voluminosos capiteles en cuya decoración se encuentran diversos motivos: cuadrúpedos con cabezas de monstruos, grandes hojas con bulbos… Es esta galería la segunda del románico peninsular y la primera de Segovia. El honor de ser la primera le corresponde a la Iglesia de San Miguel, de San Esteban de Gormaz, aunque es muy poco tiempo el que las separa. En el interior, sorprende su luminosidad y su elevada bóveda de cañón.

A continuación, nos dirigimos a la iglesia de la Virgen de las Peña, cuyo parecido con El Salvador es evidente, aunque su portada tiene la peculiaridad de disponer de tímpano, y aparecer en toda ella una decoración abundante con Pantocrátor dentro de una rara mandorla romboidal, Tetramorfos, ángeles sosteniendo un Crismón, los veinticuatro ancianos, etc. Este tipo de puerta no se repite en toda la provincia y manifiesta evidentes relaciones con el románico aragonés.

Por último, la iglesia de las Santos Justo y Pastor, templo muy interesante por lo complejo de su estructura y su riqueza escultórica. Tras una necesaria y magnífica rehabilitación, se convirtió en el Museo de los Fueros.

Llegó la hora de la restauración y así lo hicimos en uno de los muchos restaurantes de la ciudad, donde degustamos la estupenda gastronomía de la zona, cómo fueron los judiones de la Granja y el lechazo al horno. Un buen menú para pasear después por la Hoces del Duratón, siguiente etapa de nuestro recorrido. Nos tuvimos que conformar con ver la iglesia de San Frutos por fuera, ya que, como casi siempre ocurre, estaba cerrada. Pero admiramos la belleza del lugar, sin duda, un hermoso regalo de la Naturaleza.

Iniciamos el camino de regreso a Segovia, pero antes nos esperaba una agradable sorpresa en Turégano, última etapa del día. No pudimos ver su castillo y la iglesia de San Miguel, pero si la Iglesia de Santiago Apóstol, donde pudimos admirar el magnífico retablo de piedra de finales del siglo XII de su ábside. Y agradezco en nombre mío y de todos, a la señora que amablemente nos abrió la puerta, la magistral lección que nos ofreció describiéndonos lo allí tallado, siendo evidente el cariño y el respeto que sentía por tan soberbios relieves. En ellos se representan a Santiago el Mayor y un Pantocrátor sobre tres peregrinos y las figuras de un rey, una reina y un obispo arrodillados.

Y tras esto, reanudamos nuestro viaje a Segovia, donde nos esperaba el merecido descanso.

Día 4 de mayo, último día de nuestra gran aventura. Pero antes de regresar a casa, aún pudimos disfrutar de lo que nuestros antepasados medievales nos habían dejado por la geografía segoviana. Como iba siendo habitual, madrugón, maletas al autobús, y a la carretera, mientras dejábamos Segovia con muy buenos recuerdos. La primera parada la hicimos cuarenta y tres kilómetros más allá, en Orejana-Revilla, para visitar la Iglesia de San Juan Bautista, una muestra de primer orden del románico castellano. A lo largo del tiempo, ha sufrido muchas transformaciones, pero aún pudimos admirar su pórtico que constituye uno de los conjuntos escultóricos más ricos del románico segoviano.

De aquí nos desplazamos a Pedraza. Por la Puerta de la Villa, del siglo XI, entramos en la ciudad, dirigiéndonos al castillo. En su interior pudimos recordar a Zuloaga. Acabada la visita, recorrimos el pueblo, porque Pedraza es eso, es andar mientras vas dibujando la historia de esta villa medieval. Admirar su espléndida Plaza Mayor porticada de estilo castellano, sus calles y así, poco a poco, fuimos dejando atrás calles y recuerdos para dirigirnos al autobús. Aún quedaban cosas por ver. Y una de estas cosas fue otra de esas pequeñas y preciosas iglesias que jalonan los caminos del románico segoviano: la Ermita de Nuestra Señora de las Vegas en Requijada, que comenzó a levantarse en el siglo XI. Parece ser que en ella se elegían a los procuradores generales de la Tierra de Pedraza, y en la que llama la atención la galería meridional, que sigue la distribución románica:  siete arcos distribuidos en dos grupos de tres y de cuatro, a los lados de una puerta de dos arquivoltas y guardapolvos, y cuyos capiteles muestran centauros, aves, sirenas, cabezas humanas y arpías, mientras que el acceso al templo se realiza a través de una llamativa portada de cuatro arquivoltas decoradas con flores romboidales, ajedrezados, roleos y baquetones.  En el interior quedan restos de pinturas del siglo XVI.

Y, Finalmente, San Miguel Arcángel, en Sotosalbos. La iglesia de San Miguel es una de las joyas del románico segoviano. Está situada en la Plaza Mayor. La cabecera plana con arco triunfal de herradura data del siglo XI y el resto, nave y torre campanario, del siglo XIII. El pórtico de entrada está formado por siete arcos, apuntados los del lado izquierdo y de medio punto los del derecho, apoyados en columnas dobles y capiteles bellamente esculpidos con animales del bestiario, como grifos, trasgos, sirenas-pájaro… Las dos puertas de acceso tienen arquivoltas esculpidas con motivos en zig-zag, siendo muy destacables las esculturas que vemos bajo la cornisa del tejado: cabezas humanas, escenas de la vida cotidiana, animales y flores.

Fue un digno, magnífico, estupendo y extraordinario final de nuestras Jornadas Románicas. Y, poco a poco, el autobús nos fue acercando a casa. Y cuando llegamos a ella, con la tranquilidad que ello supone, creo que todos tuvimos la impresión de haber realizado algo hermoso en estas XVII Jornadas de Románico Local: compartir, disfrutar, conocer y, sobre todo, vivir juntos nuestro románico.

Joaquín V. Torija León

AdR 229

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