Amigos del Románico
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Crónica de la XVIII JdRL del País Vasco-Francia

Viernes, 14 de octubre de 2016

 

Puntuales nos encontramos a las 10 ante la portada de Santa María de Sangüesa, amigos del románico y simpatizantes provenientes de Vitoria y Pamplona, otros lugares del País Vasco y Navarra, de Barcelona, Madrid y Zaragoza. En total 72 participantes.

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Sancho Ramirez, I de Aragón y V de Pamplona, a finales del siglo XI construyó un puente, similar al de Puente la Reina, sobre el río Aragón, para facilitar el paso entre sus dos reinos. En la margen izquierda levantó un palacio con capilla. El lugar elegido facilitaba el paso del Camino de Santiago, en áuge en aquella época,  a la vez eran tierras muy feraces, propias para hortalizas, por los limos que depositaba el río ya engrosado por el Irati, en las inundaciones. Sancho Ramirez tomó Barbastro en 1064, y el papa Alejandro II declaró indulgencia plena para todos los soldados que tomasen parte en la batalla. El mismo año viajó Sancho a Roma y se ofreció como vasallo al Papa para consolidar el reino de Aragón. A partir de 1071 se introduciría el rito romano, y con él la música gregoriana y el arte románico, en los monasterios aragoneses, en sustitución del rito hispano y el arte mozárabe.

En 1122 Alfonso, el Batallador, decidió repoblar las tierras de Sangüesa la Nueva, que la vieja Sangüesa, actual Rocaforte, era un camino de difícil andadura y peligroso, que seguía la antigua línea defensiva contras los árabes.

El puente románico fue rehecho en numerosas ocasiones por los daños de las frecuentes avenidas, y al final, en 1892 derribaron los tres arcos centrales, y el perfil pasó de empinado en el centro, a completamente plano y sustituido por un puente metálico de 70 metros de luz, para que permitir el paso libre del gran caudal de agua, y evitar el empantanamiento por el material arbóreo que se concentraba en el antiguo. Ahora conecta con la carretera que va de Tafalla a Pamplona. El puente ha determinado desde su primera construcción la rúa mayor de la villa de Sangüesa, y motiva ahora el continuo fluir de automóviles que hace muy difícil contemplar con tranquilidad la monumental portada de este monumento románico.

La primera mención escrita de la existencia de Santa María es el testamento de Alfonso el Batallador en 1131, en que hace donación de todos sus bienes a las órdenes religiosas y entre ellas dejó el palacio e iglesia a los caballeros de San Juan de Jerusalén, orden rival de los templarios.

La construcción de Santa María

Lo primero que se construyó fue el triple ábside, entre 1160 y 1170, ejecutado a la forma jaquesa, que nos hace pensar en el modelo de Agüero, época en que quedó construida también parte de la portada. En una segunda época, 1190-1200 construyeron los muros laterales y terminaron la portada, y por fin entre 1200 y 1230 terminaron las naves y avanzado el siglo XIII elevaron el cimborrio y la torre que lo remata sobre el crucero, ya en pleno estilo gótico.

En la portada de Santa María, destacan las seis esculturas adosadas a las columnas. En la parte izquierda las tres Marías: María Magdalena, la Virgen María y la madre de Santiago y Juan. En la parte derecha Pedro, Pablo y Judas mercator, el que le vendió, que aparece ahorcado.

El tímpano contiene una escena del juicio final. En el centro Cristo en majestad, coronado, con el cuerpo medio desnudo, medio vestido. Rodeado de cuatro mensajeros que tocan el cuerno, para despertar a los muertos. A su derecha, arriba, los bienaventurados, vestidos, cada vez más bajitos, y el último del segundo piso, un niño porque el arco apuntado no cabía más. A su izquierda, arriba, los condenados desnudos y apretujados como sardinas en lata, inclinados para que quepan más, al final el diablo de todos los diablos, sus auxiliares representados por una serie de máscaras horribles, pero allí mismo está San Miguel pesando las almas, que consigue salvar a tres, a pesar de que un diablo acostado tira del platillo de la balanza para condenar a los más que pueda. Debajo junto al dintel de la puerta un apostolado y en el centro La virgen María y el niño. 

Las arquivoltas también están todas esculpidas con figuras simbólicas, que en su complicación ya no pude retener lo que nos contó Ricardo que fue mucho. Todo el conjunto está firmado en una inscripción que tiene la virgen de la columna central: Leodegarius me fecit. Me hizo Leodegarius, un escultor de Borgoña de estilo armonioso, que esculpe los rostros y los pliegues de los vestidos, de muy distinta forma que en otras partes de la portada.

Lo que llama la tención de la portada es que además del juicio final tenga otra exaltación de Cristo en majestad en la parte superior. Parece ser del maestro de Agüero o San Juan de la Peña, en una etapa posterior cuando cuidaba más la escultura, con pliegues redondeados, pero sin la espontaneidad de otros monumentos.  El Cristo es más esquemático y no está coronado. Aparece rodeado por el tetramorfos de los cuatro evangelios. Si contamos las esculturas que acompañan al Cristo son catorce, porque los dos que están a derecha e izquierda de Cristo son ángeles, mensajeros  que llevan la comunicación entre los doce y el Señor.

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En la enjutas hay revueltas las esculturas que estaban pensadas para otras partes de la iglesia, pero Ricardo les sacó jugo, a algunas de ellas, aunque hay un desparrame hasta los pilares adyacentes. Destacan en la parte de la derecha del Cristo un león, que no tiene  su correlativo en la parte izquierda. Un caballo enjaezado sin caballero, cinco figuras sentadas una pensando y las otras en distintas posturas, la última con una planta en la mano. Una serie de escenas bíblicas, visitación, anunciación y juicio de Salomón. Escenas de caída: Adán y Eva en el árbol; pelea de dos luchadores; mujer a la que las serpientes comen los brazos y los pechos, lujuria; caballero aplastando con su caballo a un ser humano; una serie de grifos que terminan en un pacífico toro alado.

En la enjuta a la izquierda del Cristo destacan un caballero matando a un dragón con una espada y un herrero que forja la espada, y una enigmática mujer que han hecho pensar en la leyenda nórdica de Sirgud.

Pasamos luego al interior del templo, La planta es alta, pero corta, porque el río está cerca. Dos capillas adosadas en los siglos XIV y XVI.

Los dos ábsides laterales están libres, pero el retablo, un colorido plateresco aragonés dedicado a la Asunción, que preside una imagen gótica de la virgen traída de Rocamador, nos impidió ver las partes del principal del los ábsides, porque las pequeñas puertas de acceso estaban cerradas. Contemplamos el alto templo, mucho más corto de lo esperado,  y la buena sintonía con que se erigió las bóvedas y la torre gótica sobre las columnas románicas, cuyos capiteles son de fina talla. Al parecer detrás del retablo,  en el Abside mayor, hay un destacado capitel sobre la huida a Egipto con lo mejor de la escultura de Santa María, pero esto quedará para otra ocasión.

Luego de tener nuestro refrigerio por bares adyacentes, nos fuimos a la otra iglesia románica, la de Santiago. La portada es sencilla, con capiteles de fina labra pero muy estropeados. La decoración románica del tímpano se perdió en una desafortunada restauración, solo quedan las dos ménsulas animalísticas. La imagen policromada de Santiago, es de finales del siglo XVI.

Santiago

La iglesia tiene una planta de tres naves con cabecera de tres ábsides, que exteriormente han sido engullidos por la torre defensiva encargada de defender esta zona de la muralla. En las dos paredes se adosaron seis capillas. Durante las guerras carlistas fue ocupada por las tropas liberales y sufrió mucho deterioros. Se restauró en 1966, por lo que podemos ver el interior de los ábsides laterales, pero no del central, que está tapado por el retablo barroco rococó de 1773. En el ábside de la derecha hay una estatua de Santiago, talla gótica de comienzos del s. XIV, que apareció enterrada en el suelo de la capilla inmediata y debió presidir la iglesia hasta la construcción del retablo primero (siglo XVI), al que sustituyó el barroco.

Rocaforte

Con el autobús subimos a Rocaforte, Sangüesa la vieja, a visitar la iglesia de La Asunción, pequeña iglesia situada en el barrio alto, al lado del ayuntamiento, por una cuesta bien empinada subimos cerca de donde se levantaban las primeras fortificaciones que defendían el camino de Santiago. El interés de la Iglesia son los restos de pinturas románicas descubiertas hace pocos años. Como se encuentran en un antiguo ábside, al que se llega por una pequeña puerta, la visita se hizo en grupos de a cuatro. Mientras tanto, los demás teníamos delante la pintura del presbiterio, una cortina pintada sin maña, ornaba la lisa pared, en cuyo centro había pegado un cromo del siglo XIX, atravesado por unos enormes pináculos góticos totalmente brillantes, como si fueran de plástico.

Las pinturas románicas, que quedan en restos diseminados, pero más grandes en la parte izquierda del ábside se basan en cuatro colores básicos: negro, ocre, amarillo y rojo. Al lado de la aureola de un personaje la palabra AMBRO. ¡Que finura de ejecución! Me llamaron la atención los pies del personaje nada planos, con profundidad de diseño.

Después nos fuimos a comer al Hotel Yamaguchi a las afueras de Sangüesa. Nos sirvieron una comida deliciosa y sencilla. Estábamos curiosos de que un establecimiento en Navarra tuviese un nombre japonés, y en un cuadrito encontramos la solución al enigma: Yamaguchi es el nombre de la localidad donde San Francisco Javier hizo la primera fundación de la Iglesia católica en Japón. Pamplona ha hecho un hermanamiento con dicha ciudad en memoria de su santo Patrono.

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Aibar

Tras una prudente pausa fuimos a Aibar, segunda parte de nuestro recorrido. Empezamos por una vista de un modelo del románico rural en la iglesia de Santa María. Iglesia de una sola nave, alta y larga, que muestra en su interior numerosas señas de las grietas y arreglos que ha soportado, es como una muestra de que las iglesias soportan muchas incidencias a las que hay que atender a lo largo de los siglos. La ornamentación es sencilla, floral, las paredes desnudas, la portada también elemental y sin que se haya conservado el tímpano.

Una vez que había pasado un tiempo nos animaron a subir a la iglesia más valiosa: San Pedro, situada en la zona alta, donde estaba el castillo. Aibar fue una plaza estratégicamente situada en la defensa de la zona, por lo que fue centro militar y religioso mucho más importante que Sangüesa.

Los esforzados que subieron la cuesta, que fuimos muchos, encontramos a San Pedro muy animado. Un órgano resonaba en las pruebas que se hacían en su afinación. El sentarse a la fresca del templo después de la ascensión, te deja anonadado al ver un imponente retablo renacentista, y algunos añadidos en forma de tetramorfos gigantescos colgados de las paredes del presbiterio.

En la explicación, magistral, como siempre, Ricardo destacó la planta de tres naves, en que lo más llamativo es que las dos laterales están construidas con bóveda de medio cañón, con lo que la diferencia de alturas entre la nave central y las laterales no tienen dificultad de soportarse. Los ábsides han desaparecido, optando por cabeceras planas, sin ventanas que den la luz del amanecer, más apropiadas para los retablos interiores.

Los capiteles son de fina labra de románico pleno. Destaca el de la sirena de dos colas, ante cuyo descoque hasta los peces se quedan extasiados, con la boca abierta.

Tuvimos que terminar la visita con cierta premura, puesto que el párroco tenía que hacer la presentación del patrimonio a sus feligreses, en la jornada que se hacía en toda la diócesis de Pamplona. Nos hicimos la foto de rigor ante la portada de San Pedro, aunque faltaban las personas a las que no se les dan tan bien las cuestas.

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Cansados y contentos, volvimos a nuestros puntos de origen.

 

                                    Julio Suso San Miguel. (Socio AdR nº 1459)

 

 

 

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