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Crónica de la XVII JdRL en Guadalajara

Miércoles, 17 de agosto de 2016

 

Llegué alrededor de las 10.15 al pueblo de Campisábalos. Era una perfecta mañana de junio, y bajo un cielo azul intenso y con temperatura algo fresca, seguramente debido a los1.346 metros de altitud del lugar, me reuní con grupo de compañeros de los AdR ya congregados en la placita desde dónde se contempla el conjunto románico compuesto por la iglesia parroquial de San Bartolomé y la Capilla de San Galindo, que constituyen uno de los lugares románicos más importantes de la comarca de la Sierra de Pela y de toda Guadalajara.

El señor Severino, residente del pueblo, amablemente nos facilitó la entrada, y fue el primero en aportarnos unos datos acerca del lugar. A continuación el profesor D. Artemio Manuel Martínez Tejera, Doctor en Historia del Arte por la Universidad Autónoma de Madrid y experto en el estudio de la arquitectura cristiana tardo antigua y medieval hispana de los siglos IV-XII nos explicó, ente otras cosas, que San Bartolomé había sufrido la modificación de la nave y partes de la torre meridional y la sacristía septentrional en el siglo XVI, lo cual impide ver los muros presbiterales de la cabecera de época románica.

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Las partes románicas de la iglesia son, la puerta del muro del mediodía y la cabecera con su presbiterio recto y el ábside semicircular. La cabecera es la parte más antigua, y data de las últimas décadas del siglo XII. Tiene dos columnas que terminan con capiteles en forma de hojas y que dividen el ábside en tres paños. Originalmente cada uno tendría un ventanal sobre columnillas pero hoy sólo queda el del paño septentrional, cuyas columnas tienen capiteles de cestería y hojas.

En el muro meridional, se ve un curioso pórtico formado por cuatro gruesas columnas románicas, con capiteles vegetales, ya muy erosionados, que cubre la puerta, muy similar a la de la Capilla de San Galindo y construida después de la cabecera, a principios del siglo XIII. Dicha puerta tiene cinco arquivoltas. La externa tiene entrelazos, la siguiente óvalos encadenados, la tercera bocel, nacela y dientes de sierra, la cuarta es similar a la anterior, pero el bocel lleva una moldura en zigzag. Por último, la interior es polilobulada.

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La decoración del interior resulta más sencilla. A la cabecera se llega por un arco triunfal de medio punto y arquivolta plana apoyada en pilastras. La bóveda del presbiterio es de medio cañón y la del ábside es de cuarto de esfera.

Probablemente la parte más llamativa del conjunto se ve en el muro que une la iglesia a la capilla. Es un magnífico friso escultórico que, según los expertos, hay que interpretar de derecha a izquierda. A mí personalmente me interesó por la visión que proporciona de la vida campestre del lugar en el momento de elevar el muro, que en palabras de Don Severino, era cuando “la gente no tenía dinero para comprar cosas”. La primera escena es un combate entre dos caballeros que podría representar el enfrentamiento entre cristianos y musulmanes. Luego sigue, al parecer, la paz, representada como un calendario de tareas y actividades agrícolas intensas, muy necesarias para vivir antes de la llegada del sistema bancario y las revoluciones industriales. Conozco a más de uno que le sigue llamando ese estilo de vida tan cerca de la naturaleza, y sin la necesidad de una cuenta corriente.

En cuanto a la capilla, parece que tuvo dos periodos y estilos de construcción. La cabecera es de la última década del siglo XII, según nos contaron, mientras que la nave pertenece a las primeras décadas del siglo XIII. Parece ser obra de los mismos artistas que trabajaron en Tiermes y Caracena, de influencia silense. La puerta, muy similar a la de Villacadima, es de influencia mudéjar.

Siguiendo por la ruta de la Sierra de Pela, y no muy lejos de Campisábalos, nuestra siguiente parada era el pueblo de Albendiego para visitar lo que ha sido llamado uno de los monumentos más imponentes de la provincia de Guadalajara: la iglesia de Santa Coloma.

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Llegamos después de caminar unos 10 minutos desde el centro de Albendiego, y tengo que decir que me parecía que la primera vista de la espadaña y parte de la nave, carecía de especial interés. Continuamos andando hacía la cabecera, invisible desde el camino de acceso, y allí la sorpresa fue mayúscula. Vimos una cabecera que consta de tres ábsides, el central con planta semicircular y los laterales, más pequeños con testero recto. En los tres paños murales había ventanas rodeados de tres arquivoltas, apoyadas sobre tres pares de columnillas con capiteles vegetales.

La sorpresa llega con la contemplación de unas bellísimas celosías de estilo oriental que ocupan los vanos. Cada una es diferente con variedad de trazados a base de estrellas, triángulos, y otras formas geométricas. Fue la primera vez que yo había visto este tipo de decoración en un templo románico, y tuve mucha curiosidad para ver el efecto luz que producían estas celosías en el interior del templo. Resultó ser impresionante: un verdadero espectáculo de luces y sombras que iluminaban el ábside.

Desgraciadamente, la iglesia románica debió quedar sin terminar porque la nave tiene formas tardogóticas y los fustes de la cabecera están aún sin rematar.

Contestando a preguntas sobre los orígenes de los dos templos visitados, el profesor Martínez comentó algo curioso: que la liturgia determinaba las formas y estilos originales (por ejemplo, en los templos visigodos, la liturgia arriana) y que era más práctico entenderlo así en lugar de referirse a un estilo ramirense etc.

A continuación pusimos rumbo a Sigüenza, viendo por el camino la localidad de Atienza con su magnífico castillo, al restaurante Kentia donde nos esperaban con una deliciosa comida.

A los postres, nuestro coordinador, Carlos Moreno, hizo entrega de unos recuerdos  institucionales a nuestros guías por su colaboración en esta visita.

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La guía que nos acompañó por la tarde fue Pilar Martínez Taboada, cronisa oficial de Siguenza y catedrática de historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid, que nos recogió en el restaurante y nos llevó en primer lugar a la catedral. Allí en la puerta nos contó el cómo y el por qué de la fundación de la ciudad de Sigüenza, dando una auténtica clase de historia. Ya en el interior nos explicó todo lo que se podía ver, porque debido a la exposición “Atempora” que estará hasta octubre, hay muchas partes de la catedral que no son accesibles.  Después nos llevó hasta la iglesia de Santiago, parándose antes en la plaza del ayuntamiento desde donde nos indicó por dónde iba la antigua muralla y como, a través de las huellas que han dejado los edificios y las calles, estaba configurada antiguamente la plaza. Una vez en la iglesia de Santiago nos contó cómo se había llevado a cabo la rehabilitación del templo enseñándonos fotos del estado ruinoso (no había ni techo) en el que se encontraba antes de que la asociación “amigos de la iglesia de Santiago” (de la que ella es parte fundamental) acometiera la reforma. Nos contó también que para financiar las obras han recurrido al “apadrinado de sillares” (100 euros por sillar) que ya está funcionando.

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Al salir de allí fuimos a la plazuela de la cárcel, dónde se encuentra “la casa del Doncel”, que no pudimos ver al estar cerrada. Desde allí hicimos un recorrido por las calles de la ciudad (pudimos ver un gran lienzo de la muralla exterior del siglo XIV) que nos llevó hasta la Alameda en donde se dio por terminada la JdRL a eso de las ocho de la tarde.

Fue un día intenso que nos dejó a todos un poco cansados pero contentos y satisfechos con lo que vimos y con lo bien que nos lo contaron.

 

 Susan O'Hara

 

 

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