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Crónica de XVI Senderismo románico de AdR-Asturias/Cantabria: de Olleros de Paredes Rubias a Sobrepenilla

Miércoles, 15 de junio de 2016

 

Después de un recorrido de casi dos kilómetros visitaríamos la pequeña (pero muy interesante) iglesia de San Martín de Sobrepenilla. Vuelta a Olleros y picnic para reponer fuerzas. Además el día parecía que no iba a ser caluroso y nos iba a respetar la lluvia.

A las once y cuarto desde la plaza del pueblo, una vez reunidos los integrantes de la expedición, partimos hacia el cementerio del pueblo. Es éste un humilde camposanto, al lado de la iglesia, con muy poquitas tumbas y escasamente cuidado por los pocos habitantes del pueblo . El lugar respira calma y sosiego , parece incluso que el tiempo se detiene. Cuando entramos y vimos la tumba de Miguel Angel Garcia Guinea (d.e.p.), recubierta de lajas de sólida piedra, con una sencilla cruz con el nombre y las fechas (1922-2012), creo que los que íbamos allí nos emocionamos un poco , y este humilde cronista no pudo contener el impulso de agradecer al maestro todo una vida dedicada a la divulgación del  románico e improvisó, quizás inspirado en el momento mágico que se respiraba, un panegírico destacando su sencillez y poca presunción con todos los conocimientos que atesoraba. Casi todos hemos leído sus libros y bebido su sabiduría  expuesta con la claridad y sencillez de los grandes hombres. Mientras nuestra compañera Cristina depositaba un ramo de flores sobre la piedra, no pude por menos de exclamar: ¡¡Gracias, maestro!! Se hizo el silencio y en aquel recóndito y apartado lugar lejos del mundanal ruido poco a poco se fue rebajando la emoción que todos sentíamos.

 

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Antes de iniciar el camino, visitamos un antiguo horno de alfarería donde se hacían los útiles (ollas) para las cocinas de la zona.

Es el camino de Sobrepenilla un paso de vehículos agrícolas con subidas y bajadas constantes, que se hace entretenido por el bosque que lo rodea y los sembrados de cereal que alterna con dicho monte. Como siempre se hacen corrillos y cada uno habla con los que tiene a su lado de temas más ó menos transcendentes, pero que sirven para conocernos un poco mejor. Llegados a Sobrepenilla, nos abrieron la iglesia . Es esta una construcción de finales del XII o principios del XIII, con alguna curiosidad como el ábside cuadrado que con sus reducidas dimensiones, denota su humildad. A destacar la enorme espadaña, muy bien construida y rematada. Los dos capiteles del arco toral, es posiblemente lo de más valor artístico. El de la derecha representa un pesaje de almas, con un avaro y un demonio que le pone una moneda a modo de tentación y en la otra parte una representación de la lujuria (serpientes mordiendo los senos de una mujer ). El capitel de la izquierda posee tres personajes de difícil interpretación: uno es un personaje femenino, que no nos pusimos de acuerdo si era una sirena de doble cola o una señora en actitud procaz. De los otros dos personajes no tuvimos nada claro.  En el exterior del muro sur hay una ventana con dos capiteles muy deteriorados, en uno se puede adivinar un caballero montando caballo y en el otro una animal de bestiario. Una discreta ventana se abre en el muro del ábside que da al cementerio . Una vez vista la iglesia, charlamos un poco con la escasa gente del pueblo, encantados de vivir en él, a pesar de las duras condiciones de vida, sobre todo en invierno. Incluso compramos algunos productos autóctonos (huevos de corral).

 

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Hicimos el camino de vuelta y en cuanto llegamos a Olleros, buscamos un sitio para organizar el picnic. Aquí vino la sorpresa del día. Un madrileño afincado en el pueblo, Carlos Suero, nos cedió un jardín que tenia al lado de casa, un sitio recién segado, con nogales, y perfectamente tapiado y acondicionado. Era un fantástico lugar para el picnic, además nos dejo unos bancos y una mesa. Encantados con su generosidad, le invitamos a compartir nuestras viandas. En fin, disfrutamos de su agradable conversación y además rematamos la comida con champán y algún que otro espirituoso de excelente factura que unido a la tradicional sidrina y a las variedades de vinos (riojas, verdejos , etc), hizo que algunos estuviésemos un buen rato en compañía del dios Baco disfrutando de placeres terrenales poco saludables (sobre todo al día siguiente).

Rematamos la jornada en otro lugar cercano, Otero, con una iglesia románica rematada con un campanario y un prado donde Juan Ramón Jiménez debió de inspirarse para escribir Platero y yo. Algún que otro osado, sin duda envalentonado por fuerzas ocultas y poco confesables, se atrevió a improvisar un concierto campanil de dudoso valor musical.

En fin, otra jornada más de piedras y nuevas experiencias que aumentan nuestro bagaje cultural y humano y  que esta vez no estuvo exenta de alguna que otra emoción para recordar.

Tomás Lozano Barcenilla. AdR nº1157-Santander

 

 

 

 

 

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