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Crónica de la XIV Jornada de Románico Local de Valencia

Lunes, 13 de junio de 2016

 

Los días 18, 19 y 20 del pasado mes de marzo, los AdRs de la Comunidad Valenciana, Albacete, Murcia y Baleares celebraron sus XIV Jornadas de Románico Local. El objetivo era visitar algunos monumentos muy singulares ubicados en el sur de Soria y norte de Guadalajara. Así que el día dieciocho, a las ocho y media de la mañana, con un tiempo que si llovía, que si no llovía, un nutrido grupo de románicos nos dirigimos a nuestro primer destino, Atienza, una villa típicamente castellana y pintoresca, amurallada, con plazas típicas, arcos y soportales, y que guarda en su interior unos magníficos e inquietantes monumentos románicos.

Alrededor de mediodía, la imponente silueta del castillo nos da la bienvenida desde su cima rocosa. Directos al hotel, reparto de habitaciones y la primera comida del viaje. Dado lo denso del programa, intentaré resumirlo lo mejor posible, incidiendo en aquello que puede resultar más interesante o que llame más la atención, por su belleza o rareza.

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Tras un breve descanso, y bajo la dirección y guía del párroco, Agustín González, iniciamos el recorrido por la ciudad. Aunque lloviznando, el agua daba tregua para poder movernos. La primera visita correspondió a la iglesia de San Gil, donde nos encontramos con una hermosa cabecera, lo único que queda de su fábrica románica. El ábside se divide en tres paños mediante dos columnas adosadas. En cada paño abre una ventana, compuestas por una aspillera a la que rodea un arco de medio punto liso y una chambrana decorada con puntas de diamante. El arco descansa en una pareja de columnas cuyos capiteles están decorados con dos niveles de hojas planas rematadas en cogollos. Sobre el capitel se sitúa un cimacio moldurado con una nacela y un bocel, que continúa y rodea como imposta todo el hemiciclo. El ábside culmina en una cornisa de nacela que apoya en varios canecillos con la misma moldura. El interior está habilitado actualmente como sala expositiva, por tanto sus naves y sus muros están copados de múltiples piezas procedentes de otros sitios, que el buen párroco tuvo a bien explicarnos. Muy interesante la pila bautismal, cuyo labrado es igual al de los templos de la misma villa de la Santísima Trinidad y San Bartolomé.

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Desde allí nos dirigimos a la iglesia de San Bartolomé. Como la anterior, lo que va a ser nota común en todas ellas, está muy desvirtuada en su traza románica, aunque aún se pueden observar testimonios en la cabecera, en el pórtico y en el husillo de subida a la espadaña o torre original del templo. Lo más interesante y lo más bello del templo lo encontramos en su galería porticada que se alarga alineada al muro sur y se asienta sobre un basamento de sillar. Se compone de siete arcadas de medio punto con fustes pareados. La seis más occidentales apoyan sobre el basamento, mientras que la más oriental lo hace sobre jambas sirviendo de puerta de acceso. Las arcadas están molduradas en su extradós con chambranas simples, formando una línea de imposta que recorre todo el paramento exterior de la galería. Las columnas pareadas tienen capiteles con cestas vegetales de talla muy plana. Sus fustes fueron balaustrados posteriormente y las basas cuentan con collarino, escocia y toro. El conjunto resulta de un equilibrio y una belleza realmente notable. Interesante la portada de acceso al templo que se encuentra en su interior y que aparece adornada con chambrana de taqueado jaqués, ochos entrelazados y cintas perladas. En el interior, dedicado también a museo, apenas quedan vestigios románicos en su cabecera, aunque se mantiene todavía el husillo románico que da acceso a la espadaña. Podemos ver una pila bautismal cuyo labrado, como dijimos, es similar a las que se conservan en Atienza.

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Continuamos la visita dirigiéndonos hacia la ermita de Nuestra Señora del Val. Nos seguía acompañando la lluvia, aunque de una manera tenue. Allá abajo, tras una cuesta que luego, hacia arriba, se nos pegaría a las piernas, se encuentra ésta solitaria ermita que brinda a sus visitantes el encanto de su portada románica, la más interesante de ésta población y una de las más originales del románico castellano. Se halla dispuesta bajo un cuerpo de portada adelantado, realizado en sillar. Un ábaco de gran envergadura recorre rodo el cuerpo a modo de línea de imposta. Sobre él se disponen las tres arquivoltas de medio punto, junto con la chambrana con decoración de bolas que forman parte del acceso. La arquivolta central es la que llama la atención. Cuenta con un grueso bocel en el que se enmarcan diez figuras, que representan a saltimbanquis que se retuercen en el dosel en alusión a su labor de contorsionistas. Aparecen saliendo del bocel con sus manos, de cara al espectador y con sus piernas alrededor, las cuales acaban tocando su cabeza. Portan túnicas hasta los tobillos, cada una con un  ornato diferente, dándolo un aspecto independiente a cada una. De las diez figuras cuatro presentan bonetes sobre sus cabezas, los demás tienen peinados a dos bandas con corte en medio. ¿Qué representan? ¿Qué nos quieren decir? En el bestiario de Gervaise se lee: "Quienes aman a los saltimbanquis, a las bailarinas y a los juglares, están siguiendo la procesión del demonio. El demonio los descarría y así va engañándolos. Los envía al fondo del infierno, pues sabe muy bien apoderarse de su presa". Los saltimbanquis, pues, eran vistos como incitadores al pecado y a las actividades pecaminosas. Sigue siendo una incógnita el origen de tan excepcionales tallas. La portada se completa con un tosco grupo escultórico sobre la clave. Parece tratarse del tema de la huida a Egipto. En él la Virgen toma al Niño sobre su regazo y ambos están unidos por una esfera que portan en sus manos. Ésta disposición del Niño sobre el regazo y la conexión entre ellos nos da una cronología tardía de la labra, ya que es a fines del siglo XII cuando empieza a verse en las tallas de madera un atisbo de relación materno filial.

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Nuestra próxima etapa sería la iglesia de Santa María del Rey, allá en lo alto, a la sombra del castillo. Se atribuye su fundación a Alfonso I el Batallador allá por el 1112. Del primitivo templo románica apenas queda nada, sólo la torre y el arco que forma la fachada septentrional. La torre se levanta en el costado septentrional de la cabecera. De carácter fortificado, es de planta cuadrada y consta de cuatro cuerpos marcados al exterior por imposta de nacelas. El cuerpo inferior es el más desarrollado en altura apareciendo decorado en sus lados sur, este y oeste por dos esbeltas arquerías ciegas. En los tres cuerpos siguientes, los arcos de medio punto aparecen cegados, excepto en el superior, que hace de campanario.

El otro testimonio románico es el arco reutilizado en la portada septentrional. Se trata de dos arquivoltas de medio punto que apoyan sobre las jambas con una decoración muy interesante. La exterior muestra un grueso tallo ondulante con ramificaciones. En la interior aparecen dos inscripciones epigráficas, una en caracteres musulmanes y otra el latín, inscripciones que podrían conmemorar la existencia de una antigua mezquita transformada en iglesia cristiana en 1112 y, posteriormente, en la centuria siguiente, sustituida por el templo románico.

En el lado meridional se abre la puerta principal. Dispuesta sobre un cuerpo saliente, despliega un amplio repertorio escultórico distribuido en seis arquivoltas y una chambrana. Se corona esta portada por un tejaroz soportado por canecillos con decoración geométrica y de bolas. Las figuras que pueblan las arquivoltas son de varios tamaños, dando la impresión de que se hubiera intentado interpretar el esquema compositivo de un portal gótico pero descolocando algunas figuras. Las imágenes se sitúan en sentido paralelo a las arquivoltas, excepto aquellas que deberían ocupar las claves de cada arco, que se disponen en sentido radial, pero descolocadas con respecto al eje central. Viendo su variado repertorio y lo que se adivina en la chambrana, podría tratarse de una especie de visión apocalíptica, tema románico que adquirió también un amplio desarrollo en el gótico. En las albanegas se disponen dos hornacinas con figuras mutiladas. El estilo de las figuras, su indumentaria y la disposición siguiendo la dirección de las arquivoltas, denotan una cronología tardía y un conocimiento de las soluciones iconográficas y decorativas de los portales góticos. Podríamos situarlo a mediados del siglo XIII. Como las anteriores, la iglesia dispone de una pila bautismal de similares características a las ya comentadas.

Nos vamos acercando al final de nuestro paseo por Atienza y este final fue la iglesia de la Santísima Trinidad, una iglesia que surge como consecuencia de un episodio histórico protagonizado por el rey, entonces niño, Alfonso VIII. Como resultado de ese episodio se crea la cofradía de la Santísima Trinidad y algún tiempo después, se erige la iglesia de la cual, en la actualidad, la cabecera es el único testimonio románico que ha llegado hasta nosotros, pero un testimonio que, al exterior, es uno de los más bellos de la provincia.

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Se compone de presbiterio recto y ábside semicircular, y está dividido en cinco tramos a través de cuatro medias columnas adosadas, una de las cuales, la central, ha desparecido. Estas columnas se cortan por la mitad, apoyándose en pequeñas ménsulas. El final de su recorrido nos marca la altura primitiva de la cabecera ya que es posible que existiera un alero con canecillos que ha desaparecido en obras posteriores. Recorre toda la cabecera una línea de imposta decorada con  roleos y palmetas entrelazadas. Sobre ellas, en los paños centrales se abren tres ventanas que se resuelven en arco de medio punto, en los que una arquivolta cobija a otra más estrecha. Constan de grueso bocel y chambrana de arista viva. La arquivolta interior se apoya en capiteles vegetales, con collarino, fuste liso y basas de toro.  Los ábacos sobre los que se apoyan las arquivoltas forman parte de la segunda línea de imposta, decorada con rosas de cuadrifolia cobijadas bajo roleos.

El interior de la iglesia –construida en el siglo XVI- sorprende por su monumentalidad y por su riqueza decorativa. También dispone de una pila bautismal similar a las anteriores. Regresamos al hotel a reponer fuerzas mientras la lluvia seguía acompañándonos en nuestro pasear por Atienza, pero al menos, aunque molesta, nos dio la suficiente tregua como para poder efectuar el recorrido.

Al día siguiente, temprano, y siempre con la lluvia como protagonista, nos dirigimos a Caracena. Pocos pueblos pueden presumir de haber conservado un patrimonio monumental de época medieval tan interesante como el suyo. Parece como si el tiempo se hubiera detenido, con sus dos templos románicos, los restos de las murallas y del castillo, el puente medieval, el rollo y el hospital, todo perfectamente combinado con un impresionante paisaje agreste.

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Allí nos esperaba Diego Pacheco Landero con su recién terminado Grado en Historia  y su Master en Monarquía Hispánica, el cual, como hijo del pueblo y entusiasta conocedor de su arte y su historia, nos hizo de guía en sus dos iglesias románicas.

En primer lugar nos dirigimos a la de San Pedro, que conserva de su pasado románico la cabecera y la iglesia porticada, una de las más logradas de la provincia. Iniciamos la visita por el interior, en el que destaca el potente arco triunfal que comunica la nave con la capilla mayor, compuesto de cuatro arcos apuntados que descansan sobre tres parejas de columnas rematadas en capiteles de temática vegetal. Nos explicó que la actual nave, aun conservando su distribución románica, es fruto de las reformas llevadas a cabo en los siglos XVIII y XIX.

En el exterior, en la cabecera, cuyo ábside está construido de mampostería enfoscada, dirigió nuestra atención hacia los canecillos de la cornisa decorados con motivos vegetales, geométricos y figurados, los más interesantes.

El elemento más interesante de la fábrica románica es el pórtico - elegido para hacernos la foto de grupo por su belleza –parcialmente mutilado, ya que, según nos explicó, hacia el oeste la galería continuaba en dos arcos más, lo que nos daría una disposición simétrica de también cuatro arcos a partir del arco de acceso. Destacan, en las columnas sobre las que descansan los arcos de medio punto, los fustes torsos de las columnas de la derecha del acceso meridional, que podemos ver en la foto. Pero sin duda, lo más interesante son los capiteles, que presentan una rica decoración figurativa, con escenas de combate, seres fantásticos, animales y pasajes evangélicos, y que nuestro amable y espontáneo guía nos fue explicando. De izquierda a derecha vemos un centauro sagitario con dos arpías, dos escenas de combate con jinetes y soldados ataviados con cotas de malla  y armamento ligero. Las dos cestas de los fustes cuádruples muestran parejas de leones sobre los que cabalgan arpías y grifos afrontados. A continuación un capitel con las tres Marías ante el sepulcro de Cristo y otro con el colegio apostólico. Completan la serie de este lado dos capiteles con decoración de entrelazo y hojas. En el arco oriental de la galería, el capitel de la izquierda, muy erosionado, muestra a la bestia apocalíptica de las siete cabezas flanqueada por dos cuadrúpedos, mientras que en el frontero se representa una escena de caza con un jabalí acosado por dos lebreles y tres cazadores. Muy interesantes son los  veinticinco canecillos de la cornisa, de variada temática figurativa, ejecutados por la misma mano que talló los capiteles.

Finalmente, y mientras la lluvia arreciaba, lo que hizo que la visita fuera rápida, nos acercamos a la iglesia de Santa María, de finales del siglo XII, en la que apenas pudimos ver la ventana de la cabecera con sus capiteles decorados con leones y grifos afrontados de cuidada factura, las dos portadas, una de ellas ciega, y unos fragmentos de celosía similares a las que luego veríamos en Albendiego.

No pudimos ver más,  nos subimos al autobús bajo la lluvia y, a partir de aquí se nos torció la visita. Porque nuestro destino próximo era la iglesia de Santa María de Tiermes. La lluvia no cesaba y arreció cuando llegamos al lugar. Nos refugiamos en el Museo de Tiermes a la espera de que cediera un poco el llanto de las nubes para acercarnos a la iglesia, tan cerca pero al mismo tiempo tan lejos. Como la lluvia no cedía, ni había visos de que así lo hiciera y, tal como ocurre en estas ocasiones, el tiempo es fundamental, decidimos dejar la visita a la iglesia para mejores tiempos y nos dirigimos a Galve de Sorbe, lugar elegido para repones fuerzas. Afortunadamente, después de “restaurarnos”, la lluvia se convirtió solamente en una pequeña molestia, así que, continuamos nuestro periplo por éstas tierras románicas, dirigiéndonos hacia tierras de Campisábalos, haciendo antes una parada en Villacadima para admirar su extraordinaria portada. Las circunstancias hicieron que me convirtiera en guía improvisado en ésta última parte de la jornada, e intenté hacerlo lo mejor posible.

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Hablamos primero de la portada, que se abre en la fachada de mediodía, y que concentraba gran parte del interés artístico del edificio debido a la magnífica decoración que pudimos contemplar. Y lo que contemplamos fue una portada resuelta por cuatro arquivoltas y una chambrana que presenta hojas y tallos sinuosos. Las dos arquivoltas exteriores llevan combinación de boceles, aristas y nacelas, la siguiente presenta zigzag y la interior consiste en un arco polilobulado, decorado con rosetas inscritas en círculos y sustentado por dos pilastras. Las otras tres arquivoltas se apean en tres pares de columnas que lucen capiteles con motivos vegetales. La portada queda coronada por un tejaroz que se sostiene por una secuencia de nueve modillones, decorados con diversos temas. Esta bellísima portada guarda una gran similitud con las que aparecen en la Capilla de San Galindo y en la iglesia de San Bartolomé de Campisábalos, que veríamos a continuación.  

Lo más significativo de San Bartolomé es su cabecera elevada sobre un pequeño zócalo y dividida en tres paños por medio de dos columnas adosadas. En cada paño se abre un ventanal románico, el central una simple saetera y más desarrollados los otros dos, de los cuales sólo el del lado de la epístola conserva su forma original. A destacar los canecillos que sustentan la cornisa, de temática dispar, en los que aparecen algunas escenas cinegéticas. 

Adosado hacia la mitad de su muro sur se encuentra uno de los más bellos ejemplos del románico de Guadalajara: la capilla de San Galindo. Muy bella su portada, ya mencionada, y muy curiosos los dos ventanales en forma de óculos que le dan luz, uno de ellos con una celosía con decoración geométrica a base de dos triángulos superpuestos que forman una estrella de David calada y una cruz de ocho puntas, y cuyo paralelismo más cercano lo vimos en Santa María de Caracena y veríamos después en los ventanales de Albendiego. 

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Pero lo que más nos llamó la atención fue el friso escultórico, desgraciadamente muy erosionado, que recorre todo el frente meridional de la capilla y que representa un calendario agrícola, cuyas particularidades son: que hay que leerlo de derecha a izquierda y que se inicia con dos relieves en los que aparecen la lucha de caballeros y una escena cinegética similares a los que habíamos contemplado en San Pedro de Caracena.  

Lo que más me impresionó e incluso, me conmovió, y así se lo hice saber a los asistentes, fue que aquello que hace más de ochocientos años se reflejó en este friso, aún estaba vigente hace poco más de medio siglo en mi tierra manchega.. Así, conforme iba explicando lo que allí estaba esculpido, me veía a mí mismo, niño, viviendo exactamente, en las mismas fechas y de la misma manera, las faenas agrícolas que aquí se describían: Enero, en el que estas faenas agrícolas estaban  paralizadas; Febrero, Marzo y Abril, en los que se cuidaba y preparaba la viña; Mayo, mes de pastoreo; Junio, la escarda o eliminación de malas hierbas de los sembrados; Julio, la siega; Agosto, las faenas en la era, para separar el grano de la paja; Septiembre, la vendimia; Octubre, la preparación de la tierra para la próxima sembradura; Noviembre, la matanza del cerdo, fundamental para la economía del lugar y, por último, Diciembre, con los trabajos propios relacionados con el vino. Fueron buenos recuerdos que a todos nos hizo admirar y comprender mejor lo que allí se representaba. 

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Se iba acercando el final de ésta jornada, pero aún nos quedaba por ver uno de los ábsides más hermosos del románico español. Me refiero al de la iglesia de Santa Coloma de Albendiego. La lluvia, aunque no nos abandonó, nos iba dando tregua, incluso en Campisábalos vimos un retazo de sol, pero conforme nos íbamos acercando a nuestra última etapa, el cielo volvió a cerrarse y la amenaza de lluvia nos hizo temer por la visita. Pero aguantó, así que llegamos al pueblo, recogimos la llave y nos dirigimos a la ermita en un paseo que en otras circunstancias hubiera sido espectacular. Como espectacular fue llegar a ella y contemplar la cabecera, bellísima.  

Consta de tres capillas, la central con tramo presbiteral y las laterales rematadas en testeros rectos. Vimos como el ábside central se articulaba en tres paños por medio de dos haces de tres columnas, la central más gruesa que las laterales. Otros dos haces idénticos marcan la transición hacia las capillas laterales. En cada paño se abre un  esbelto ventanal formado por triples arquivoltas de bocel y nacela que apoyan sobre columnillas de capiteles vegetales. Pero lo más interesante y bello del conjunto son los cerramientos de los huecos, mediante grandes celosías pétreas en las que se dibujan variados motivos geométricos a base de lazos, estrellas y cruces patadas, que dota al templo de un exotismo especial, atribuido por unos a la utilización de mano de obra mudéjar y por otros a una posible influencia oriental. 

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En las capillas laterales vemos unos ventanales cuya estructura y ornamentación remiten de nuevo al mencionado exotismo que destilan las celosías de la capilla mayor. Se abren en los testeros y en el muro sur, en el caso de la capilla de la epístola. Su diseño es similar, un gran óculo de varias roscas cerrado por una celosía calada con perforaciones circulares a veces albergando en el centro una cruz patada. Enmarcando el óculo se dispone un arco geminado de bocel y media caña soportado en los laterales por una columna rematada en capiteles vegetales que presenta la singularidad de sustituir la columnilla central por un cilindro pinjante a modo de clave decorado en sus caras laterales por la estrella de David y otros motivos de lacería. La belleza del conjunto era tal que no pudimos ceder a la tentación de hacernos una foto de grupo con la cabecera como fondo.      

Y aquí se acabó lo bueno, o mejor, lo regular, porque realmente no había dejado de chispear más o menos fuerte a lo largo del paseo, pero como si hubiéramos cometido una profanación que exigiera pronta venganza, se cerraron los cielos y se abrieron las nubes y la vuelta la realizamos bajo un diluvio similar al que nos acogió en Tiermes, con la diferencia que allí no pudimos ir y aquí, por poco, no podemos volver. Entregamos las llaves y nos refugiamos en el autobús, que tranquilamente y sin problemas nos llevó a   nuestro refugio, nunca mejor dicho. 

Último día de nuestras jornadas. Objetivo: Sigüenza, preciosa villa medieval en la que destacan las callejas de su barrio medieval, el castillo, actualmente parador, y su preciosa catedral. El tiempo, gran protagonista de nuestras andanzas, afable. El cielo estaba cubierto pero la lluvia sólo se presentó en forma tenue y ligera, no impidiéndonos visitar la ciudad. 

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Aunque fue ciudad importante durante la dominación musulmana, su importancia nace tras su reconquista en 1124 por Bernardo de Agén, que inició las obras de la catedral que no se finalizaron hasta el siglo XVI. En la segunda mitad del siglo XV fue obispo de Sigüenza —además de posteriormente arzobispo de Toledo— el Cardenal Mendoza, durante cuya vida la ciudad conoció su máximo esplendor. A este poderoso mecenas se debe la construcción de la bella plaza porticada aledaña a la catedral. La historia de esta ciudad, que conserva su trazado medieval, ha estado influenciada durante seis siglos por su obispado, dejando la impronta religiosa tanto en su desarrollo cultural  y económico como artístico.

En una visita guiada nos paseamos por la ciudad viendo la más importante de ella, sus medievales calles ascendiendo hacia el castillo, sus puertas de entrada a la antigua ciudad y, por último el castillo, convertido, como decimos, en parador nacional.  Desde el siglo XII, los obispos y demás personas influyentes que pasaron por Sigüenza lo fueron levantando, ampliando y fortificando, hasta llegar a ser uno de los más grandes e importantes de la península. El recinto tiene planta rectangular y son sus torres las que rompen la monotonía del edificio. Estas son todas de la misma altura,  rematadas por almenas de igual forma. Su estructura nos muestra su origen árabe. Se encontraba rodeado de una muralla con puente levadizo. En la actualidad, tras su restauración siguiendo planos y documentos antiguos, aunque conserva su belleza y su grandiosidad se ve “afectado” por su uso, ya que la habilitaciones que se han tenido que realizar, desvirtúan, en cierto modo, el carácter de estos edificios, pero he de hacer constar mi reconocimiento y mi felicitación a los que han hecho posible que aún podamos admirarlo.

Siguiendo nuestra visita, nos dirigimos hacia la iglesia de San Vicente. Su portada, al igual que las de la Catedral y la de la vecina iglesia de Santiago, que veríamos luego, está compuesta por arquivoltas con motivos geométricos, vegetales, ajedrezados y puntas de diamante que descansan sobre capiteles decorados con hojas de acanto. Sobre la portada observamos una Virgen de estilo gótico, ambos elementos enmarcados por un gran arco de medio punto bordeado también por puntas de diamante. Llama la atención lo asimétrico del conjunto, nada  aquí está centrado, ni la portada con respecto al arco, ni la Virgen en función a la portada. Se cree que la escultura de la Virgen está así colocada para que pudiera verse a través de la calle de San Vicente desde las casas de la judería, situada en la vecina Travesaña Baja.

Un poco más adelante nos encontramos con la iglesia de Santiago. Construida en el siglo XII, se sitúa en la calle mayor, arteria principal de la ciudad que une la catedral y la Plaza Mayor con el castillo y su ábside forma parte de la muralla que rodea la ciudad.

Hundida y abandonada durante años, actualmente se encuentra en proceso de rehabilitación y ha sido recientemente abierta para que los vecinos pudieran conocer su interior. De esta iglesia, en la actualidad podemos admirar su portada, con arquivoltas similares a las de la cercana portada del evangelio de la catedral y la anterior de San Vicente, que comentábamos antes. En el tímpano, ya de época renacentista podemos ver un busto del apóstol Santiago. Destruida por completo durante la guerra civil, tras décadas de absoluto abandono, la Iglesia de Santiago ha visto restaurar su fachada y cubrir de nuevo su nave. Pudimos ver como se está llevando a cabo la restauración, lenta pero constante. La cabecera casi está terminada habiendo llegado a sacar a la luz el suelo original. Esperemos que pronto podamos verla en todo su esplendor.

Finalmente, como última etapa de nuestro viaje, nos dirigimos a la Catedral. Se inició su construcción en el año 1124, aunque muchos de sus elementos románicos como los cinco ábsides semicirculares desaparecieron en la época gótica. Entre sus elementos más notables encontramos las tres portadas de acceso en su fachada oeste todas ellas con arquivoltas que descansan sobre capiteles con motivos vegetales. A destacar la portada de la nave del evangelio con una decoración bastante más variada a base de motivos geométricos, vegetales, etc. que se repite en las otras iglesias de la ciudad y en algunas más de la zona. Sobre la portada central destaca el rosetón y sobre las laterales dos preciosas ventanas. La otra portada que nos llamó la atención fue la del crucero, que en su fachada sur es el acceso a la catedral desde la Plaza Mayor o del Mercado y sobre la que se construyó el rosetón románico más espectacular de la catedral y quizás uno de los más antiguos de España dentro de este estilo. Desde la propia Plaza del Mercado no debemos perdernos las maravillosas fachadas de la nave lateral y la central, un excelente conjunto de contrafuertes, arquería lombarda y ventanas de medio punto, cuya construcción resalta con ese contraste de colorido que dan los matices ocres y rojos de sus sillares. Nos paseamos por el interior de la catedral,  pero debido a la hora a la que llegamos nos tuvimos que conformar con pasearnos por ella, admirando las distintas manifestaciones arquitectónicas que en ella aparecen: gótica, renacentista, plateresca, barroca… Sería muy prolijo enumerar aquí tanta maravilla.

Y así acabamos nuestras Jornadas Románicas. Volvimos  a Atienza, nos dieron de comer, cogimos el equipaje, subimos al autobús y de regreso a casa. Cansados pero satisfechos, fuimos comentando lo acaecido en estos tres días, y aunque teníamos que  asentar en el debe la no visita a Santa María de Tiermes, los asientos del haber fueron bastante satisfactorios.

Joaquín V. Torija León. AdR nº 229

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