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S.O.S. Románico: Crónica de la concentración ante la iglesia de Santa María de Tina

Lunes, 18 de febrero de 2013

 

En la pequeña plaza, enfrente de la iglesia parroquial de Pimiango, poco a poco fuimos llegando los AdR. Se nos unió alguna que otra persona interesada en el asunto, gente del pueblo y la prensa, elemento imprescindible para dar a conocer nuestro propósito.

En cuanto llegó la guía, Marina, natural del lugar y licenciada en Historia, empezamos la visita.

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El románica de Santa María de Tina  e intentar que las ruinas se mantuviesen, al menos, en el estado actual y se adecentase el entorno. Si las ruinas se abandonaran a su suerte, posiblemente acabarían siendo un montón de piedras sin ningún sentido y perderíamos un pequeño trozo, aún vivo, de nuestro arte, de nuestra historia y, en definitiva, de nuestra memoria colectiva.

Nuestra primera visita fue, en la misma iglesia del pueblo, una talla románica de la Virgen con el Niño. Su policromía denotaba una reciente restauración, y, aunque los elementos eran auténticamente románicos, la autenticidad había sido puesta en dudas por los expertos (podría ser una falsificación). En todo caso es digna de ver.

 

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Se no fue uniendo más vecinos y emprendimos la marcha desde la plaza a través de los prados y después entrando en pleno bosque por sendas especialmente habilitadas. El entorno es de una singular belleza, agreste, con el mar de fondo, entre árboles. Al fin, llegamos a Santa María de Tina.

La iglesia perteneció al antiguo monasterio de monjes, que ejercían su misión en las aldeas del entorno, pero, sobretodo, auxiliaban física y espiritualmente a los peregrinos de la Alta Edad Media que se dirigían por la costa a Santiago. Este Camino era el más utilizado que el que actualmente conocemos como el Camino Francés, por la inseguridad que entrañaba las tierras catellana-leonesas, tierras de frontera, y sujetas a frecuentes razzias.

 

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Los primeros datos que se tienen del monasterio son del año 933, después hay un vacío documental. Parece ser que hubo un templo prerrománico de una sola nave y, posteriormente se amplió hasta la iglesia que podemos intuir. Actualmente, se conserva la cabecera, los muros, y algún edificio anexo.

En la cabecera destacan los tres ábsides semicirculares, con bóvedas de cañón, la del medio es la más grande y está reforzada con un curioso nervio. El arco es ya apuntado, y el de los laterales son de medio punto y algo asimétricos. La calidad de la construcción no es muy buena, no parece haberse edificado con muchos medios, pero se hizo para lo que se hizo y por todos los lados se respira la austeridad monacal.

El conjunto, en fin, con la naturaleza que le rodea, el silencio y la paz que se respira y la sobriedad de la construcción, es de una gran belleza. Uno se imagina aquellos hombres de la Reconquista que o bien con la espada o bien con el hábito tuvieron el coraje y la voluntad de resistir. Es posible que sin ellos, hoy rezaríamos todos mirando a la Meca.

Allí desplegamos las pancartas, nos hicimos las fotos para los medios de difusión y curioseamos lo que quisimos. También, ¡cómo no!, especulamos sobre casi todos los elementos e historias probables de la iglesia y su entorno histórico.

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Después de ver algunas edificaciones anexas del monasterio (panadería, albergue de peregrinos ...) nos dirigimos hacia la ermita del Santu Mederu (San Emeterio). Merece la pena destacar la senda entre entre los dos lugares. Bordea el acantilado, entre algunos resquicios se ve el mar. Las tonalidades ocres, grises y verdes propias del otoño, más lo frondoso y variado de la vegetación y lo intrincado del recorrido es digno de ver y disfrutar.

Llegamos a la ermita, que aparte de un cinematográfico pórtico, donde se filmó una escena de "El abuelo",  no tiene mucho que destacar. Vimos la campa donde se celebra una típica romería.

Nos dimos cuenta que la hora nos iba a obligar a elegir entre comer y nuestra intención de visitar la cueva del Pindal. Decidió el estómago y nos fuimos a una sidrería  del pueblo a comer. No esperaban a tanta gente y tardaron un poco en darnos de comer, con lo cual la hora de la visita se hizo imposible.

Para rematar el día, acabamos en Panes en la ermita de San Juan de Ciliergo. Admiramos la calidad de la restauración, lo bien que han habilitado el entorno, la buena reconstrucción del edificio, cuya sencilla belleza destaca en el medio natural. Eran otros tiempos de bonanza y de presupuestos para la cultura.

Ya con la tarde cayendo, sacamos fotos entre dos luces, fuimos a la villa a tomar un café y entre perfilar las próximas salidas , comentar los acontecimientos, que prepara la asociación, nos despedimos hasta la próxima.

                                                                                          Tomás Lozano Barcenilla (AdR)

 

 

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