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Crónica de la X JdRL País vasco y Francia: Museos Diocesano, Bellas Artes y Arqueología

Miércoles, 20 de febrero de 2013

 

En el barrio de Achuri, uno de los más antiguos del Viejo Bilbao, el profesor Mikel Bilbao (UPV/EHU), encargado de ilustrar las visitas a realizar, nos reunió a los asistentes en torno a la fuente del claustro renacentista del convento de las Dominicas de la Encarnación, sede en la actualidad del Museo Diocesano de Arte Sacro, primera de las etapas dispuestas para la jornada. 

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El lugar, silencioso y apacible donde los haya, ajeno al bullicio de la gran ciudad, no conoció de especial perturbación cuando, con un chorro de voz de barítona textura, de bien y buen decir, nuestro profesor de jornada inició su exposición. Ya sus primeras palabras mostraron su condición de eficacia, calando hondo en la sensibilidad de los circunstantes, haciendo innecesaria toda presentación curricular, no menor en lo académico y determinante de la erudición plena de que dejó constancia expresa.

Lamentando profundamente el desconocimiento general que pesa en la actualidad sobre el patrimonio románico vizcaíno y su presunta modestia, con un breve exordio histórico nos puso en la mejor disposición para adentrarnos en la materia específica de nuestro interés, accediendo a continuación a la sala del museo que alberga las piezas románicas, escasas en su número, que no en su calidad.

Sin menosprecio alguno para con el resto de las piezas expuestas, la majestuosidad de un hermoso tímpano preside sin porfía la sala. Se trata de uno de los cinco ejemplares que componen la colección completa de tímpanos románicos existentes actualmente en el País Vasco, junto a los de las localidades alavesas de Añes, Zambrana y Armentia, esta última con dos, el denominado de la Ascensión y el del Cordero.  

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De ubicación original en la Iglesia de San Jorge (Santurtzi - Bizkaia), en talla tosca y exageradas desproporciones, se representa en él la escenificación del Pantocrátor flanqueado por el Tetramorfos.

Una moldura con mayor calidad de labra enmarca las figuras; su talla, más cuidada, ha dado lugar a discrepancias en lo que hace a su datación, significándose, de una parte, la posibilidad de un retallado posterior en relación con las figuras del tema central y, de otra, la simple intervención coetánea de dos tallistas que compartieron trabajos en la misma pieza.

Consideradas las técnicas utilizadas en su elaboración, la temática representada y su puesta en relación con ejemplos cercanos, las postrimerías del S XII dan concordancia a su cronología.

Compartiendo sala con el tímpano, de cronología algo posterior aunque haciendo patentes los elementos característicos de la plástica románica, una serie de piezas en piedra arenisca, con procedencia desconocida para unas y bien establecido su origen para otras. Así, para el caso de las primeras, un canecillo con cabeza de lobo y relieves con jinetes y pájaro; para las segundas, una pila aguabenditera de gran belleza y calidad de labra, procedente de la iglesia de San Juan Evangelista (Berriz–Bizkaia), y un Cristo sedente, con ubicación original en la ermita de Santa Catalina de Antzoriz (Lekeitio-Bizkaia), en cuya arcada costal derecha el tallista quiso dejar testimonio de la acción escrituraria atribuida a Longinos.

La colección románica en piedra de la sala se completa con tres capiteles procedentes, al parecer, de la iglesia de San Pedro (Mungia-Bizkaia). Tallados tan sólo en dos de las caras de sus cestas, presentan decoración en marcado relieve, con diferencias importantes en los motivos de su ornamentación y, sobre todo, en la calidad de su talla, circunstancia que invita a atribuir las obras a artífices distintos.

Una pequeña sala contigua a la anterior contiene una más que interesante colección de iconografía mariana. Centra nuestra atención una sencilla escultura de madera vista, datada en fechas cercanas a 1190 y procedente de la Iglesia de San Pedro Apóstol (Dima-Bizkaia). Se trata de una “Andra Mari”, fórmula léxica tomada del euskera para denominar a la Virgen María sosteniendo al Niño en su regazo, a modo de “Sedes Sapientiae” (Trono de Sabiduría). El deterioro que presenta no hace mengua en la belleza de su extrema sencillez, transmitiendo al espectador una sensación de inefable serenidad, advertida de inmediato por los asistentes. Su valor devocional sin duda satisfizo toda necesidad espiritual en la coetánea feligresía vizcaína, de arraigada tradición mariana.  

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La sección de platería, exposición con multiplicidad de objetos utilizados en los oficios religiosos, pone de manifiesto la enorme riqueza del ceremonial litúrgico cristiano hasta fechas recientes, cuando el Concilio Vaticano II propuso una mayor austeridad en los rituales eclesiásticos. Reparamos especialmente en una cruz en cobre, del tipo procesional, de brazos rectos decorados con grabación de trazo lineal sencillo y distalmente flordelisados. Cristo acusa las peculiaridades propias del canon tipológico tardorrománico en las representaciones escenificando la crucifixión: coronado, con perizonium recto y largo por único atavío indumentario, pies separados sobre una cuña o suppedaneum y frontalidad apenas alterada por una ligera inclinación de la cabeza.

 Finalizamos esta primera etapa de la jornada ante un Pantocrátor en bronce, obra realizada en el año 1963 por el escultor bilbaíno Vicente Larrea, expresión de las tendencias contemporáneas para el arte sacro, directamente inspiradas en los cánones románicos.    

Sin apenas solución de continuidad , tras un corto paseo por las siete calles bilbaínas accedemos al Museo de Arqueología. Se emplaza en el edificio histórico que sirvió de terminal al viejo tren que unía la ciudad de Bilbao con el Valle de Asúa, hasta su traslado a la plazuela de San Nicolás, en el año 1994. La estación disponía de capilla funeraria para reposo transitorio de los difuntos, antes de emprender, en vagón fúnebre destinado a tal efecto, el postrero viaje hasta el cementerio municipal de Bilbao, en la localidad de Derio.

Las distintas salas del museo permiten un recorrido extenso por la historia vizcaína siguiendo las huellas dejadas por sus pobladores, desde las herramientas que emplearon los primeros habitantes, identificadas en los acantilados de Barrika o en las cuevas de Dima, hace más de cuarenta mil años, hasta la vajilla utilizada por los frailes del convento sestaoarra de San José del Desierto, apenas ciento cincuenta años atrás.

Una atmósfera envolvente de penumbra y canto gregoriano nos conduce hasta la sala dispuesta para la exposición del patrimonio románico, complementada con paneles informativos que muestran formas de ocupación del territorio, vitrinas con restos óseos junto a objetos de ajuar diversos y pantallas interactivas que nos trasladan hasta lugares con restos testimoniales de especial relevancia en el territorio vizcaíno.

Piezas destacadas:

Epígrafe con inscripción en letra capital romana conmemorando la fundación de un templo.

Fragmento de ventana monolítica de estrechas luces rematadas en círculos, reproduciendo formas arquitectónicas del prerrománico asturiano.

Cuatro elegantes capiteles de excelente labra, con decoración geométrica, vegetal y figurativa.      

Estela funeraria decorada por sus dos caras, con personaje y cruz procesional en el anverso, motivos geométricos en el reverso.  

Sepulcro exento, de rica decoración, reservado, sin duda, a morada definitiva para algún miembro destacado de la comunidad. Ante esta pieza, nuestro profesor de jornada nos regaló, una vez más, con una muy interesante disertación recreando el mundo funerario de la época, tras la que dimos por finalizada la visita. Nos esperaba el Museo de Bellas Artes.

En un edificio de estilo neoclásico construido en el ensanche moderno de la ciudad, el Museo de Bellas Artes, de historia ya centenaria, alberga un importante conjunto patrimonial que comprende cronologías que van desde el S XII a la actualidad. Obras de grandes maestros de la pintura se suceden en el extraordinario discurso expositivo de sus galerías (El Greco, Zurbarán, Murillo, Goya, Gauguin, Sorolla, Zuloaga, … ), junto a la más importante colección de artistas vascos. Su condición de referente obligado en el conjunto de las pinacotecas nacionales nos había sido ya advertida por un eximio AdR venido desde tierras gallegas.

Aquí, el arte románico tiene su representación en una de las obras maestras del museo: La Majestad de Cristo en la cruz (ha. 1190).   

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 Escultura en madera policromada representando la crucifixión de Jesús, responde a los cánones tipológicos de uso por las comunidades cristianas orientales, probablemente del territorio sirio, que no admitían la idea de un Cristo desnudo y humillado por el suplicio de la cruz, sino que, por el contrario, era representado triunfante, glorioso, solemne, incluso una vez clavado en el madero, vestido de túnica manicata, variedad del colobium romano, en tela de noble calidad y rica decoración encomendada a la policromía.

Su referencia iconográfica más próxima se suele buscar en el llamado Volto Santo (Santa Faz, Rostro Santo) de la Catedral de San Martino, en Lucca (Italia), legendaria y de gran arraigo popular en toda la cristiandad occidental desde los primeros años del S XII, también en el ámbito románico catalán, de donde procede la Majestad que ahora admiramos.

En la misma sala, dos sencillas tablas pintadas en clave románica, igualmente de procedencia catalana si bien de cronología más tardía, ilustran, respectivamente, escenas del Diluvio y Descendimiento.  

Dando por finalizado aquí el capítulo docente de nuestra jornada por los museos bilbaínos, cabe concluir que el románico vizcaíno llegado hasta nuestros días resulta cuantitativamente escaso, aunque con piezas muebles de indiscutible belleza y calidad, con imágenes que emocionan y que, por sí solas, justifican su conocimiento y admiración, circunstancia que ha de servir de consuelo al lamento inicial del profesor Bilbao, singularmente en lo que hace a la presunta modestia del románico provincial. Se desarrolló en fechas tardías en territorio otrora periférico y de escasas expectativas económicas, hasta verse consolidadas las rutas comerciales que comunicaban la meseta y la costa cantábrica, desde cuyos puertos tendría fácil salida la lana castellana, pasando así de espacio marginal a zona de paso obligado y, con ello, la implantación de formas culturales vigentes en tierras meridionales

Dicho lo anterior, aparecen también de obligada glosa y necesaria consideración, algunos aspectos relativos a lo que podría darse en llamar capítulo no lectivo de la jornada, de no menor importancia que su precedente.

 Toda JRL auspiciada por nuestra asociación no inicia su andadura en el momento y lugar dispuestos para el agrupamiento de los asistentes previamente inscritos; una larga serie de acciones preparatorias serán determinantes de llevarla a feliz término, tal y como, en humilde opinión de este improvisado cronista, se ha conseguido en el presente caso. Nunca sabremos agradecer con la suficiencia que conviene los desvelos y cuidados organizativos con que se prodiga, sin moderación y, las más de las veces, a despecho de su personal interés, la directora del equipo coordinador correspondiente al País Vasco y Francia, Lola Valderrama, que, con inmarcesible espíritu contrario a la aceptación de la mediocridad como estado natural de las cosas y el auxilio inestimable de sus colaboradores, Cristina, Ignacio y Mikel, por igual ánimo, consiguen el esplendor característico de las actividades programadas.

Igualmente de agradecer la colaboración ocasional de los AdR bilbaínos María Jesús, Daniel y Juan Antonio, que propiciaron una cumplida satisfacción en la necesaria refección de los cuerpos y demás labores de intendencia.

 No estuvieron ausentes los excesos. Exceso de simpatía por parte de María del Carmen y Pedro, entrañable parejita navarra. Exceso de hospitalidad, rayana en la benedictina observancia, por Carmen y Mario. Exceso de generosidad en Valvanera, Begoña y Antonio, guardianes celosos de su afán por hacer más llevadero el infortunio de quienes ya hemos visto desvelado el enigma esfíngico. Exceso en la pasión por el románico y en su voluntad de aprender, de Cristina, venida desde lejano y antiguo condado. Exceso de ….. , a cual más plausible, hasta en número de treinta y nueve.

Ni las ausencias lamentadas, que imaginamos por causa de fuerza mayor: Carmen y Pepe, Cristina, Ignacio, Mikel, Pedro y María del Carmen.

Tampoco faltó el incidente, si cabe denominar así, al siguiente relato de hechos. Se produjo en el decurso de una amable y muy amena charla postprandial, en el seno de un grupo con componente femenino mayoritario, habitual en nuestras jornadas románicas, recordadas con agrado en la distendida tertulia. Bastó la sola evocación del clérigo titular de una importante colegiata cántabra recientemente visitada, para hacerse el arrobamiento de aquel componente susodicho, no sé bien si hasta llegar a los estados de plenitud a que alcanzaban, en muy distinto orden de cosas, la santa abulense y su “medio fraile”, aunque sí pude saber que, por el eterno femenino, sin excepción, se llegó a la pérdida del oremus. Ya aquí, todo distinto interés resultó trasladado a un segundo plano, el románico incluido. ¡La vida misma!. Horrelakoa da bizitza!. C´est la vie!.

Y, con el Eclesiastés (1,9): ¡Nihil novi sub sole!.

Para consolación de los más, habrán de buscarse itinerarios museísticos alternativos, no siendo mala sugerencia la pintura de Carreño Miranda en sus retratos del último de los Austrias.

Bilbao, “el botxo”, despidió nuestro contento con lluvia de intensidad mayor que la que corresponde a su tradicional “sirimiri”. 

A todos, mi reconocimiento y gratitud.

 Juan Ramón 

 

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