Amigos del Románico
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Crónica de la Jornada de Románico Local celebrada en Salamanca y Alba de Tormes

Lunes, 27 de junio de 2011

 

Una vez más, misterios de la vida, en cuanto nos hemos despistado lo más mínimo los AdR madrileños, oiga usted, que mirando al tendido, así, como quien no quiere la cosa, nos hemos visto de nuevo en Castilla y León. Y es que parece ser que todos los caminos discurren hacia esta Comunidad. Bueno, siempre y cuando estén puestos, porque ir de piedras está muy bien y es sano. Pero hacerlo a las seis y sueño de la mañana puede hacerse un poco duro. El caso es que el día amaneció fresco y tranquilo. Mientras la gran mayoría regresaba a sus casas tras la parranda nocturna, algunos partíamos hacia Salamanca. El viaje fue ameno pese a la distancia que había que recorrer. Las dos horas y media se pasaron fugaces entre chascarrillos, carcajadas y lágrimas producidas por estas y gracias a Carmencita, AdR que había tenido la suerte de coger el único taxista madrileño que no se sabía el callejero de la ciudad y no disponía de GPS.

A las nueve y media pasadas hacíamos entrada triunfal en Salamanca con tiempo justo pero suficiente para aparcar y llegar sobrados a la Catedral Nueva, punto de encuentro. Bajo el plateresco de su portada occidental nos fuimos concentrando poco a poco los allí convocados, algunos con más sueño que otros. A las diez, como el chupinazo de San Fermín, nuestro coordinador Carlos Moreno nos dio a todos la bienvenida y pasó a anunciarnos a tres personas de excepción. En primer lugar presentó a Ramón García, AdR salmantino que nos guiaría por su ciudad a lo largo de toda la mañana. A continuación hizo lo propio con dos invitados especiales: Ramón Pérez y Sergio Pérez, director e historiador respectivamente del Proyecto Cultural Zamora Románica. Si el lector quiere saber el motivo, temo que tendrá que esperar a los postres.

Ramón tomó la batuta y diestramente nos encaminó como mansos corderitos a lo largo de la Rúa Mayor. En su recorrido hizo parada ante la Casa de las Conchas y la Clerecía, encantador rincón que sirvió de telón de fondo para introducirnos en la memoria de Salamanca. Pero la iglesia de San Martín estaba próxima y las sirenas de su portada románica nos llamaron con hipnóticos cánticos. Así que a ella fuimos. Dicha portada, con reminiscencias zamoranas, destaca por la decoración de sus capiteles. Sus aves y sirenas, de notable labra, miran desafiantes a la churrigueresca Plaza Mayor que nos sonreía socarronamente al sol. Desde luego hay que reconocer que es de gran belleza, pero que no se entere el resto de patrimonio de la ciudad. Y así, entre muestras de la villa estudiantil, poco a poco llegamos a la curiosa iglesita de San Marcos, de tres naves y sendos ábsides pese a ser de planta circular. Fascinó pese a su sencillez, y tras las explicaciones de Ramón se sucedieron los comentarios, conjeturas y, en definitiva, opiniones más dispares.

 Ramón García explicando la iglesia de San Marcos

Terminada la visita tocó deshacer lo andado, aunque alguno lo hizo corriendo, por lo menos este que escribe, que se descolgó del grupo para comprar un par de libros y de repente se vio entre un grupo de Indignados, que se habían concentrado en la Plaza del Liceo en cuestión de minutos ya que dos de ellos y el alcalde se habían puesto de bonitos en adelante. Yo, más gallardo que el Cid, salí por patas con mis adquisiciones y no paré hasta la Catedral Vieja, a la cual entré jadeando y más pálido que los sillares que dan forma a sus muros. Volviendo al hilo, ¡qué decir de la catedral! Es-pec-ta-cu-lar. Esas proporciones, esos motivos iconográficos en capiteles que parece fueran de mantequilla, esa cúpula del crucero… Desde luego fue la joya del programa, y aquí más de uno quemó la tarjeta de memoria de su cámara. Con las magistrales explicaciones de Ramón inundando nuestros oídos, los zooms siseaban por doquier. Había tanto que inmortalizar… Hasta un Daniel entre leones, Juan Antonio. Miraras a donde mirases se veían delicados follajes, animales atacados o atacantes, y expresivas cabezas. De repente todos reparamos en un detalle: una ventana geminada en la tribuna de las torres. Seguro que coincidimos en imaginar la impresionante vista que debía haber de la catedral desde ahí arriba, y pongo la mano en el fuego si no hubo nadie que se dijera “yo quiero subir ahí”. Pero hubo que esperar, pues antes Ramón nos tendría que mostrar y explicar la portada del claustro y los pocos capiteles románicos que se conservan reaprovechados en sepulcros góticos.

Hecho esto, por fin pudimos subir como niños a la tribuna y todavía más, pues accedimos a las cubiertas de la catedral para casi acariciar el impresionante cimborrio románico, conocido como la Torre del Gallo por la veleta que adorna su recrecido tejado de escamas. Este bellísimo elemento arquitectónico se nos mostró como un joyero del tamaño de una casita de campo. Muchos deseamos ser palomas ante semejante palomar. Y pudimos comprobar que la visita debería incluir baberos desechables. Estábamos felices ahí arriba, pero como todo lo que sube ha de bajar, pues a la placita de los ábsides románicos que nos fuimos. Ahí nos hicimos la foto de grupo. Menos mal que las fotografías no reproducen sonido alguno, pues de lo contrario habrían captado los rugidos de nuestros estómagos. Y es que muchos habíamos desayunado hacía tantas horas que ni nos acordábamos. Por lo tanto, con cierto pesar ante la marcha, nos despedimos de Salamanca para dirigirnos a Alba de Tormes a recuperar fuerzas. Y dicho y hecho. La comida estuvo muy bien, aunque dos afortunados la recordarán más por los libros que les tocaron en el sorteo.

Foto de grupo ante la cabecera de la catedral románica de Salamanca 

El ambiente durante la comida fue el esperado: un poquito de bromas aderezadas con risas y regadas con un gran humor reserva AdR. Aunque en los postres tocó ponerse serios. Como parece ser que a la gente le costaba guardar silencio, se gritó que se iba a sortear un viaje de dos días a Borgoña. El silencio, pillos, fue inmediato. Nos juntamos Carlos Moreno, coordinador local, y Jesús Ribate y yo mismo, a la sazón junteros (valga la redundancia) de la asociación, para hacer entrega a Ramón del bolígrafo de Amigos del Románico como agradecimiento por todo el tiempo que había invertido en montar junto con Carlos esta jornada, así como por sus brillantes exposiciones del románico salmantino. Los aplausos dieron pie al alboroto, por lo que hubo que “sortear” otro viaje para que los allí presentes se callaran. Cuando nuevamente se hizo el silencio, los tres hicimos en nombre de todos vosotros solemne entrega de nuestro galardón más preciado, el Crismón de Jaca, a los dos representantes del Proyecto Cultural Zamora Románica que nos habían acompañado durante lo que llevábamos de día, Fernando y Sergio, por la colaboración que nos ofrecieron durante el X FSR y reconociendo la labor que está desempeñando el proyecto cultural para con el patrimonio zamorano. Las palabras de agradecimiento no se hicieron esperar, así como un obsequio por su parte.

 Fernando Pérez, director del P.C. Zamora Románica y su historiador, Sergio Pérez, con el crismón de AdR

Y tras tomar el café y la copa, nos desplazamos acompañados de la Srta. Julia a la iglesia de Santiago. Allí la guía del ayuntamiento nos mostró la cabecera románica, de estilo mudéjar, y nos ambientó contando la historia del templo en lo que sacábamos fotos. Las prisas mandaban, pues llevábamos un retraso de una hora. Bajamos de nuevo a la plaza para comprar garrapiñadas y visitar la iglesia de San Juan, último objetivo del programa. En ella una voluntaria con mucho corazón nos contó los avatares del templo. Igual que las posaderas sobre los bancos, también pusimos los sentidos del oído sobre ella y el de la vista sobre el apabullante Apostolario románico. Dispuesto como figuras de ajedrez de un metro de altura, estas tallas tardías con policromía aprovecharon la espera para ponerse gafas de sol ante los inminentes flashes. Aquí, el que aun tenía memoria en la cámara, la agotó; el que tenía otra de repuesto, la saturó; y el que no tenía más, casi se abrazó a las figuras para llevarse la sensación a casa.

Oficialmente la jornada local había finalizado, pero algunos valientes siguieron para ver el Torreón de la Armería, único vestigio del castillo de la Casa de Alba. Otros fuimos encantados nuevamente, pero no por sirenas, sino por San Miguel, que sentado en una agradable terraza de la plaza nos llamó desde dentro de una jarra fresquita. Varios fuimos los disidentes que preferimos tan peculiar psicostasis antes que subir más escaleras de caracol. Y como somos buenos y condescendientes, esperamos que los valientes tornaran al redil para acompañarles en su merecida cerveza. La verdad es que costaba levantarse de la silla, pues nadie quería que el día acabara. Pero a las diez tocó regresar a casa. Así que, como en los grandes finales del cine, con un ocaso precioso por encima del río Tormes, y con los coches abonados por las cigüeñas, enfilamos hacia nuestras rutinas con pesar y alegría.

Javier de la Fuente

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