Amigos del Románico
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Crónica de la JdRL por Tierras de Caldas y Moraña

Viernes, 27 de mayo de 2011

 

Sábado, diez y media, hotel Sena de Caldas de Reis, es el inicio de la Jornada de Románico Local de Galicia-Portugal “Por tierras de Caldas y Moraña”. Allí nos juntamos la veintena de Amigos, deseosos de comenzar a escudriñar las sorpresas que Augusto, Luisa y Esther nos tenían preparadas. Mientras, la primavera asomaba tímidamente por la cuenca baja del Umia, caducifolios florecientes, días más largos y alguna alergia que otra son sus cartas de presentación.

A caballo entre estaciones,  nos decidimos a inmiscuirnos por una tierra de contrastes, donde puede que algún rey suevo pasara algunas temporadas tomando las aguas, degustando lampreas y anguilas, frutos del Mar de Arousa o persiguiendo venados por la tierra de los mil ríos, que bajan desde la montaña y van a unirse al Umia, en el fondo del valle. Un valle rico y generoso, no sólo en la exuberante naturaleza, sino también en patrimonio arquitectónico, artístico-monumental, cultural y etnográfico, al que debemos prestar atención y tratarlo con mimo, para no perderlo.

Entre viñas de treixadura, de albariño, de  dona branca y de caiño, entre cipreses y carballeiras, salgueiros y abidueiras, cruceiros, pazos y castros, menhires, petroglifos, horreos, leiras, regatos, escorrentías, ríos y arquitectura popular Augusto eligió seis pequeñas joyas, del románico rural, donde la genética compostelana deja su impronta en el granito del país.

Construidas a finales del siglo XII, en su mayoría mezclan ábsides románicos con el inevitable estilo barroco, en forma de fachadas, transeptos, humildes fachadas o coloridos retablos.

Comenzamos en Santo Estevo de Saiar. Entramos a través de un arco de medio punto, con dos arquivoltas, la exterior con cuadrifolios y la interior abocinada. En lugar de tímpano encontramos un arco adovelado, apoyado en jambas. La puerta sur tiene una arquivolta abocelada, que por la tarde relacionaremos con su hermana mayor: Santa María de Caldas de Reis. En el tímpano vemos un cordero portando una cruz.

Seguimos hacia el Concello de Moraña, San Martiño de Gargantáns, que nos espera espiándonos desde su óculo situado en el ábside circular, entre dos pequeños vanos con celosía, coronado por espléndidos capiteles y un elenco de canecillos figurados, con músicos y animales. En el interior del ábside volvimos a encontrar con más capiteles.

Amenazando lluvia, nos desplazamos hasta San Pedro de Rebón,  también de ábside circular, que se apoya en dos columnas que albergan unas enigmáticas y erosionadas esculturas antropomórficas a media altura, en el centro una ventana el la que reposa una figura de la virgen. En su parte superior encontramos flores por metopas y canecillos de formas geométricas, animales y  músicos, en los que llama la atención un acróbata enorme, que se repite en varias de las iglesias visitadas. En el interior esplendidos capiteles nos esperan, Augusto reclama nuestra atención sobre un capitel y una línea de imposta de posible factura visigótica. También nos sorprenden, incrustados por el interior de la fachada principal, los restos policromados de un baldaquino funerario, quizás de estilo gótico, que a la postre, será característica común de varias iglesias visitadas. Al marcharnos, por casualidad, en un jardín cercano descubrimos una pila bautismal haciendo de jardinera, tras un bucólico cruceiro.

Antes del ansiado avituallamiento, no podíamos dejar de visitar el milenario menhir de Gargantáns.

Por fin, hora del almuerzo, no aguantábamos más, nos fuimos a Cuntis, y como no podía ser de otra manera, en vísperas del entroido, en el restaurante Don Manuel, nos esperaba un delicioso cocido, regado con vino de Amandi.

Recobradas las fuerzas, y con el espíritu animado por los digestivos, nos dirigimos hacia San Andrés de Cesar, donde otra vez nos recibe un enorme ábside, esta vez con tres ventanas de arco de medio punto, donde la casta de los Mariño dejan su impronta.

Continuamos hasta Santa María de Caldas, matriz de la de Saiar. Bajo la torre del campanario se encuentra la portada principal, que consta de un arco de medio punto y este por tres arquivoltas, donde reconocemos algunas características mateanas. La arquivolta exterior decorada con ángeles, la del medico es un arco abocinado y el interior con flores. En el tímpano está el Agnus Dei que sujeta una cruz. En el eje axial de la cabecera, rectangular, otro cordero debajo de una cruz concéntrica con un cuadrifolio.

Para culminar, casi entre lusco e fusco, acudimos a Sta María de Bemil, en el alto de una loma, lugar privilegiado, desde donde se contempla el comienzo del Val do Salnes, ¿emplazamiento anterior de un castro?, donde se intuye la trasformación futura del río en ría, nos encontramos, entre otros con un nuevo cruceiro y otro ábside circular que dieron fin a este viaje.

Pablo Veloso Alonso

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