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Crónica de la Jornada de Románico Local a Silos y San Pedro de Arlanza (14-junio-2008)

Por Ángel Bartolomé

La del alba sería cuando algunos apasionados por el arte románico dejamos nuestra fría y lluviosa patria Navarra de adopción para llegar puntuales a la cita, semanas ha concertada, en el corazón de la cálida y soleada Castilla la Vieja. La reunión debía celebrarse, huelga de camioneros mediante, a las 10:30 en el atrio de la iglesia neoclásica de Santo Domingo de Silos, para, después de los saludos, besos y abrazos de rigor, entrar, media hora más tarde y divididos en dos grupos, a visitar una de los hitos del Arte Románico, no ya nacional, sino del mundo mundial. Por diferentes razones, más o menos justificadas, el autobús procedente del Foro no se presentó hasta cerca de la 12:00, con lo que, los pocos que, por nuestra cuenta, sí llegamos puntuales, dimos más vueltas por el pueblo y sus alrededores que tito en boca de vieja. Una vez reunidos, entramos sin más dilación a gozar del objetivo de nuestro periplo: el bellísimo claustro de Santo Domingo de Silos.

Lástima que hubiéramos elegido mal día para dejar de fumar; es decir, en un sábado primaveral como fue el del día 14 del presente mes, la masificación turística del recinto era tal que aquello parecía la visita a una fábrica de embutidos: entraban los grupos a intervalos de tiempo programados, cada uno con su guía, quien daba al play del disco duro y, a toda velocidad, iba desgranando las informaciones y chascarrillos, repetidos una y mil veces, sobre fundaciones, etapas, maestros, vicisitudes...que ha sufrido el admirable claustro a lo largo del tiempo. Tal era la velocidad de las explicaciones de nuestro guía (uno solo para todo el grupo, por haber llegado tarde), que si se detenía más de lo preciso en algún capitel o en algún relieve, enseguida aparecía el encargado del negocio para exigirle que aligerara, pues había más grupos de visitantes esperando para tomar nuestro relevo. A tal velocidad íbamos y tal prisa tenía el guía en despacharnos, que solo vimos tres de las cuatro alas del claustro; menos mal que, después de que se deshiciera de nosotros, algunos regresamos para poder ver y fotografiar el ala no vista anteriormente y recrearnos más a nuestro gusto con la contemplación de los maravillosos capiteles y los inigualables relieves de los cuatro ángulos del magnífico claustro. Para algunos, Silos era repetición de varias y anteriores visitas, para otros, esta era su primera ocasión, y espero que no la última, de poder disfrutar más a su placer de la contemplación de tan maravilloso monumento románico, a ser posible, en soledad, en silencio y sin apremios cronológicos.

En fin, estos son los inconvenientes de la popularización del turismo cultural tipo kleenex, ese de usar y tirar, después de haberlo ensuciado.

A las 13:45 estaba programada la asistencia del rezo correspondiente, con canto gregoriano incluido, por parte de los monjes de la abadía, por lo que se nos aconsejó que fuéramos temprano para coger sitio, dada la masificación previsible del acontecimiento; y allá que nos dirigimos para comprobar, con amarga sorpresa, que en la iglesia se estaba celebrando una ceremonia nupcial, la cual debió de alargarse más de lo previsto, con lo que nuestro gozo en un pozo, pues el rezo y canto se suspendieron hasta la próxima ocasión. ¡El negocio es el negocio!

Decepcionados y hambrientos nos encaminamos al restaurante, donde dimos buena cuenta de la burgalesa morcilla y de los demás castellanos yantares, regados con vino tinto y amenizados con chispeantes y entrañables conversaciones, como no podía ser menos. A los postres se sortearon sendos libros sobre el románico silense, que, como es habitual, recayeron en quienes más suerte tuvieron. ¡Ah!, y sin que se entere nuestro tesorero (un beso para ti, Juan Antonio), también nos echamos al coleto unas botellitas de champán a cuenta del superávit económico de la AdR.

Como esta vez no nos pastoreaba Julián (un beso también para ti), el tiempo parecía más flexible y, aunque no estaba en el programa, se propuso ir a dar una vuelta al paraje natural del Desfiladero de la Yecla, un lugar que, a este miembro de la AdR, natural de las cercanías, le trae lejanos recuerdos escolares de excursiones de fin de curso, pantalón corto y pan con chocolate.

Para finalizar la jornada, nos dirigimos a visitar las venerables ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza, cuna del condado y después reino de Castilla, donde esta vez sí, sin prisas ni agobios, la gentil guardesa del monumento nos hizo de guía en una clara, sucinta e interesante explicación de lo que fue y es ahora este vetusto monumento nacional, que durante años ha sufrido el desgaste del tiempo y el expolio del hombre, hasta llegar a ser hoy en día estas que ves ¡oh!, Javier Becario, románticas ruinas. Sin más dilación, el tiempo apremia, en la enlosada nave central de la monumental iglesia, nos despedimos de nuestros viejos amigos románicos (nos conocimos hace un año escaso) y de los nuevos, conjurándonos para seguir disfrutando de los placeres sencillos de la buena mesa, de las conversaciones entrañables y, cómo no, del amor al románico.

P.D. En una antigua película de olvidado título, un personaje le decía a otro: "siempre hay un motivo para volver a París", y yo lo hago extensivo al monasterio burgalés de Santo Domingo de Silos: siempre habrá un motivo para volver a Silos, y, si no, lo encontraremos en esas aves de estilizado plumaje que se muerden las patas, en esos fabulosos animales simbólicos, en esos leones que duermen con un ojo abierto y que borran sus huellas con la cola, en ese beso en los labios de María e Isabel, en esos soldados con cota de malla dormidos a los pies del sepulcro vacío, en esos peregrinos de Emaús de vaciados ojos, en ese cruzar de piernas de bailes de salón, en ese desmesurado brazo de Cristo, en ese apóstol que mete, literalmente, el dedo en la llaga, en esos juglares que tocan el cuerno y la pandereta, en ese barroco, aunque románico, ángel de la Anunciación, en ese poético ciprés devanado a sí mismo en loco empeño, como todas las aspiraciones humanas, en ese austero paisaje castellano, en esa morcilla y ese lechazo...; lo dicho, siempre hay un motivo para volver... y volveremos.

¡Salud y románico, amigos!

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