Amigos del Románico
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III Jornada del Románico Local de Castilla y León: Los Montes Torozos vallisoletanos: románico y mozárabe en Castilla.

Por Ana Hernando, junio de 2009

Valladolid, sus campos sembrados y sus gentes fueron los protagonistas, junto con el mozárabe y el románico de la tercera salida de los AdR de Castilla y León, que aprovecharon el pasado sábado 30 de mayo para visitar el patrimonio de los Montes Torozos, en una comarca sembrada de arte, patrimonio y cultura.

Concentrados en la puerta de la iglesia de Arroyo de la Encomienda, los 32 asistentes a esta jornada estaban esperando, a las diez y cuarto de la mañana la llegada de la coordinadora, encargada de recoger a José Mariano Pérez, en el centro de Valladolid. Guiados por este párroco, las puertas de la iglesia de San Juan Evangelista, se abrieron de par en par para mostrar a los asociados una sorpresa guardada con mimo, entre altos edificios fruto de la expansión urbanística de Valladolid, hacia este barrio dormitorio.

El edificio, construido a mitad del siglo XIII mantiene una estructura románica de gran belleza, y todavía hoy se puede disfrutar de la huella cisterciense y jacobea. José Mariano Pérez, como entusiasta enamorado de su lugar de trabajo, nos desveló que la iglesia perteneció a la encomienda de San Juan con señoría en Wamba, y que es una de las mejor conservadas del románico vallisoletano.

En su interior, inevitablemente, su Cristo nos llamó la atención y fue uno de los elementos más retratados por las cámaras de los asistentes, tras despedirnos del párroco, y dejarle preparando las numerosas comuniones que tiene durante esta época, tomamos los coches y nos acercamos a Simancas, donde nos estaban esperando en la oficina de turismo, para indicarnos cómo llegar a otra de nuestras citas: la iglesia del Salvador, que estaba ya preparada para acoger las comuniones y donde Ana, la guía de la localidad, nos explicó el interior de este edificio que, aunque rehecha en el siglo XVI y muy voluminosa, fue alzado sobre otro templo de factura románica del que se conserva su espectacular campanario, con una torre de planta cuadrada, que fue coronado en época renancentista en ladrillo. Desde el interior pudimos ver las enormes columnas de las que arrancan los nervios de las bóvedas, o como la torre fue rota para colocar un órgano. Ya en el exterior observamos el voluminoso cuerpo de las naves góticas que ha absorbido, prácticamente, a la torre. Tras una visita al mirador, para ver el Pisuerga, tomamos de nuevo los coches, algunos con deliciosas magdalenas recién adquiridas, para seguir nuestra ruta.

Por estrechas y hermosas carreteras, el viaje continuaba, guiado por un cicerone de lujo, José Luis Beltrán, un amigo del románico vallisoletano, que nos llevó raudos y veloces hasta Wamba. Allí el delegado de patrimonio de la Diócesis, José Luis Velasco, iba a ser el encargado de deleitarnos con esta maravilla mandada construir por los reyes asturleoneses en el siglo X para dar cobijo a los monjes mozárabes que huían de Al-Andalus. En primer lugar en el exterior nos fue mostrando los detalles que nos permiten apreciar la cabecera mozárabe, que en el interior se sustenta sobre arcos de herradura, mientras que el románico se aprecia en el cuerpo de la iglesia, que es de la época en que los caballeros hospitalarios establecen aquí su residencia. De esta época era también la portada más importante, por la que entramos en el templo.

Sentados en los bancos recibimos la amplia información que ofreció el delegado de patrimonio, mientras con las cámaras inmortalizábamos el momento, la luz, el tiempo, y la magia del románico.

En el interior de la nave lateral pudimos ver parte de las pinturas que decoraban la iglesia y que todavía se conservan, así como el baptisterio y la "palmera pobre", como la llamó Velasco en comparación con la soriana de San Baudelio. Una columna muy desgastada, que sostiene una bóveda de palmera que se denomina el árbol de la vida y a la que se acercaban los vecinos de la zona, porque pensaban que tenía poderes curativos.

Nuestra última imagen del lugar, fruto de la premura con la que debíamos partir a nuestro siguiente destino fue el osario, que contiene más de mil calaveras humanas y todo tipo de huesos, de forma más o menos apilada.

A la carrera, prácticamente, los amigos del románico llegamos al último destino de la mañana: San Cebrián de Mazote. Allí entramos en la iglesia de San Cipriano, un templo de planta basilical de tres naves y que se levanta como uno de los principales ejemplos del arte mozárabe en la región. Allí, a pesar del retraso, una amable Carmen nos explicó el templo, uno de doble ábside contrapuesto, como necesitaba la liturgia mozárabe. Separando ambos ábside la nave central se cubre con una armadura atirantada y las laterales a una vertiente, mientra que los ábsides laterales se cubren con bóveda de arista y el centra con bóveda de gallones. Los arcos de herradura y la luz del templo nos permiten viajar en espacio y tiempo hasta el siglo X, cando se levanta, en sillería y mampostería este templo. Entre los capiteles descubrimos verdaderas obras de arte, labrados a trépano, que derivan del orden corintio y que tuvieron que ser realizados en la primera mitad del siglo X, aunque algunos podían ser reaprovechados de época visigoda.

Intentando cuadrar el horario y buscando el merecido sosiego, entre tantos pueblos, fuimos hasta Villardefrades, donde encontramos sustento, dedicación y calma, en la mesa que nos habían preparado en el restaurante Latarce. Atentos a nuestras peticiones y haciendo disfrutar a nuestro paladar y nuestro estómago, el menú casero nos permitió recuperar fuerzas con callos, truchas, menestras o solomillo, entre otras joyas, en este caso culinarias. Con el sabor a la comida realizada con mimo y al trato amable del servicio de este restaurante, elegimos que el propietario fuera la mano inocente que nos permitiera sortear el libro El alma de las piedras. Arquitectura medieval, que recayó en la papeleta de Jesús Ribate, de Burgos, quien lo colocará, tras disfrutar con su lectura y estudio, en su biblioteca.

En ocasiones a Valladolid se le acusa de tener poco patrimonio románico, pero los AdR pudimos disfrutar con un gran legado histórico.

La tarde nos guardaba aún nos obras de arte en piedra, así que pusimos rumbo a la primera de ellas, el Monasterio de la Santa Espina, donde uno de los profesores de la Salle, nos condujo por las diversas estancias, cuidando de no estropear la iglesia para la boda que se iba a producir posteriormente. Entre sus estancias se conserva aún, con gran detalle, la huella que dejaron en el siglo XII la fundación cisterciense, aunque lo que se conserva es del siglo XIII. En aquella época se hizo el cuerpo de la iglesia con tres naves, hasta el crucero, porque después fue remodelado en estilo gótico. Pero el románico aún se conserva, con gran belleza, en el acceso al claustro y la sala capitular, de época tardorrománica, que nos permiten disfrutar de hermosos ventanales, la crucería sobre columnas exentas, o el silencio y sosiego que se encuentra en esta estancia, frente al ruido de los estudiantes que se estaban examinando durante nuestra visita.

Tras el sosiego del monasterio tomamos el coche rumbo a nuestro último destino: la ermita de la Anunciada de Urueña, edificada sobre la iglesia de un monasterio mozárabe del siglo X y siendo el único ejemplar de estilo románico lombardo catalán de toda Castilla y León.

El responsable de la oficina de turismo nos hizo una visita guiada por la misma, explicándonos el interior que se estructura mediante planta basilical de tres naves y cabecera de triple ábside, con la torre cimborrio sustentada sobre trompas, como uno de los elementos más característicos del templo. La imagen románica de la Virgen de la Anunciada, patrona de la localidad, nos permitió disfrutar de la escultura románica. Tras la marcha del informador turístico, disfrutamos de los exteriores y elegimos su lado norte para hacer la foto de grupo y que fuera el lugar desde el que nos despidiéramos. Algunos decidieron desde aquí regresar a su hogar, otros nos fuimos encontrando por la villa amurallada de Urueña, villa del Libro y lugar donde encontrar sosiego a las altas temperaturas con las que nos recibió el corazón de Castilla.

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