
Cuando las piedras hablan II: San Vicentejo
Mayo de 2009
Por José Alberto de Quintana de León
Introducción
Me llamaba. Hacía tiempo que no sentía esa sensación. Desde que escuché
las piedras de Eunate, de Siones de Mena, de San Baudelio de Berlanga de
Duero y de San Bartolomé de Río Lobos, no había vuelto a sentir la llamada
de las piedras. Esa llamada particular de un edificio que te invita mantener
un diálogo intenso. Y yo, no rechazo cierta clase de invitaciones.
Un día apareció San Vicentejo, en el Condado de Treviño. La intención de
conocer una serie de lugares con obras románicas en la zona me impulsó
a acercarme a Zambrana, donde hay un magnífico ejemplar de crismón románico,
a Uzquiano, donde se encuentra su portada, románica, y la más bella de
la parroquia de Ochate, trasladada hace unas décadas para salvarla de la
ruina de la iglesia de la localidad abandonada. La última parada del día
fue San Vicentejo.
Allí, ante el magnífico ábside, pude comenzar a descubrir el por qué de
la llamada. Se abrió en mi mente un nuevo camino hacia lo desconocido,
hacia un misterio sin solución que la historia nos oculta entre datos fidedignos
en los que no se tiene en cuenta lo que está escrito fuera de los documentos
oficiales. Y en éste, como en otros muchos casos, la historia está escrita
en las piedras.
Un poco de historia
No hay datos históricos sobre San Vicentejo durante el siglo XII, pero
ya estaba allí. En la Reja de San Millán aparece en el año 1025 un Guzquiano,
que puede ser el actual Uzquiano, y un Guzquiano de Suso, que bién podría
ser San Vicentejo. En el siglo siguiente ya se conoce cómo San Vicent,
denominación que se repite en el XVI.
Del edificio, las crónicas oficiales destacan la extraña articulación del
ábside, que carece de continuación en el románico español, ni siquiera
en la propia San Vicentejo ya que no se culminará el proceso iniciado en
el ábside dando una enigmática impresión de templo inacabado.
Es curiosa, sin embargo, la coincidencia que reseñan los entendidos entre
los capiteles de San Vicentejo con los de las iglesias de la Madeleine
de Vezelay, con los de San Lázaro de Avallon, San Lázaro de Autum y San
Lázaro de Cluny, todas ellas en la Borgoña.
¿Una iglesia inacabada?
Un repaso exterior al edificio de San Vicentejo nos deja una extraña sensación
de que no es precisamente una obra inacabada, sino que, deliberadamente
se ha construido así.
Hay una serie de sillares a todo lo largo de la obra distante del ábside
que recurren a una forma poligonal, haciendo que los colindantes tengan
que adoptar formas extrañas para acoplarse a ellos. Es, y era, mucho más
sencillo continuar una hilada con las mismas dimensiones sin necesidad
alguna de recurrir a esas irregularidades, a no ser de que quieran decirnos
algo.
Si, además, tenemos en cuenta la perfección con que encajan los sillares,
entre los que es imposible introducir una hoja de afeitar y que no presentan
un solo indicio de argamasa, llegamos a la convicción de que no es un templo
inacabado, sino que se le ha dado esa apariencia para llevarnos a algo
que, de momento escapa a nuestra mente. Me viene aquí el recuerdo de las
“inacabadas” tumbas reales egipcias en el Valle de los Reyes, en las que,
tras labrar riquísimas cámaras mortuorias, se continúa, en casi todas,
con un pasillo “inacabado” que conduce a ningún sitio, dentro de la montaña.
El exterior
En el exterior del templo llama la atención la ausencia de campanario.
Es lógico si la actual población de San Vicentejo nació alrededor de la
ermita. Como ocurre en San Bartolomé en Río Lobos, en San Baudelio de Berlanga…
¿para qué un campanario?
Cabe la posibilidad de que quienes ocupaban el lugar tuvieran medios propios
de defensa. Que incluso se ocuparan de la vigilancia de los caminos circundantes,
muy importantes en la época o de que, sencillamente, por razones que intuimos,
no desearan la presencia de extraños en la zona. ¿Para qué entonces una
campana?.
Los sillares están plagados de marcas de cantería de diversas formas y
de una calidad exquisita. No voy a entrar en lo que significan dichas marcas
ya que es absurdo continuar una polémica que no llegará nunca a su fin
entre los que declaran abiertamente el carácter de destajo de las marcas
y los que sostenemos que nada tienen que ver con la paga a los canteros
que los labraron. Como muestra, hay en la parte superior del ábside una
marca que comienza en un sillar y termina en el contiguo, lo que nos dice
que la marca es posterior a la colocación de los sillares. Dado que la
marca de cantería en cuestión se repite a lo largo de todo el edificio,
nos afianza en la creencia de que el origen de dichas señales está aun
por descubrir.
En el exterior se han perdido la mayoría de las posibles figuraciones que
podrían existir en los canecillos. Sólo tres están decorados, dos en el
lado sur y uno en el norte. Los demás, restaurados, han perdido toda traza
de posibles figuras, aunque también es posible que hayan carecido siempre
de ellas. Así mismo, se aprecia en algunos lugares trozos de la imposta
con taqueado jaqués que en su día debía rodear todo el edificio.
El óculo
Tres modillones cilíndricos abocinados al interior. El más interior de
ellos labrado en una sola pieza. Perfecto en su ejecución. ¿por qué los
exteriores van tomando una forma de pera invertida?¿vamos a creer a estas
alturas que los maestros canteros no sabían hacer las cosas bien? Habrá
quien diga que el efecto era conseguir un derrame interior de luz específico,
pero entonces sería en más interior de los círculos el que tomase la forma.
Cada vez que veo algo así me acuerdo de Santa María de Eunate, en Navarra,
en la que, al mirar desde dentro hacia el techo te das cuenta que el octógono
que forma su planta es totalmente irregular. No hay un lado igual a otro.
¿No sabían hacerlo bien? Claro que sabían, lo que ocurre es que así está
bien, aunque no lo entendamos.
En el caso de San Vicentejo, podríamos hablar de la inclusión hermética
del principio de los elementos en el huevo cósmico, pero… ¿sería mucho
hablar?
La portada
Una portada pobre con relación a la riqueza del ábside, siempre y cuando nos limitemos, como ha hecho una gran mayoría de entendidos a comparar todo con el ábside. Yo, que no soy entendido y que me limito a hablar con las piedras, he escuchado otras cosas. Y allí veo la presencia de varias columnas, una de color rojizo, preciosamente labrada en el lado en el que hay una estrella de seis puntas, el Sello de Salomón. Y en el otro lado me encuentro la estrella de cinco puntas, la Estrella de David. Quizá esa simbología me esté remitiendo a las columnas del templo de Salomón, a Jakin y Boaz, como señal inequívoca de que atravesando esa puerta se encuentra la sabiduría. Nuevamente me doy de bruces con unas señales herméticas que apuntan en un sentido claro de lugar de iniciación.
El ábside
El ábside de San Vicentejo es una obra maestra del románico alavés. Una
visita al lugar diría mucho más de lo que yo pueda decir aquí, por eso
me voy a centrar en una serie de representaciones que generalmente escapan
a la vista y que están ahí, a la vista de todos.
En primer lugar, hacer hincapié en que los maestros canteros sabían hacer
las cosas bien. Hiladas de piedra del mismo tamaño recorren los paños,
las columnas y todos los posibles accidentes que quieras encontrar en el
ábside. Todo es perfecto, todo es simétrico. Columnas de trece sillares
sujetan los arcos protogóticos. Columnas de diecisiete sillares sujetan
los arcos trilobulados superiores. Entremedio un capitel hace la hilada
número quince.
Quizá estemos ante una representación simbólica del orden del universo
frente al caos. Quizá.
Señalar que los arcos que conforman los cuerpos del ábside y de abajo hacia
arriba son románico, protogótico y trilobulado mudejar. Todo ello junto
a los símbolos de origen judío en la portada nos remiten a un camino iniciático
hermético entre tres civilizaciones.
La pareja hermética
En el cuerpo central del ábside, entre los arcos en posición horizontal
y en el capitel de la izquierda se encuentra la misma representación: una
pareja en actitud amistosa en la que sobresale el gesto de ponerse, cariñosamente
la mano en la mejilla del otro (en la representación horizontal) y el hombre
a la mujer en la representación del capitel.
Como muy bien me indicó en su día el escritor soriano Ángel Almazán de
Gracia, la misma representación se encuentra en dos canecillos de San Bartolomé
de Río Lobos, centro iniciático templario en tierras sorianas.
Representan a la pareja hermética, al matrimonio alquímico, a los amantes del tarot… Según Ángel Almazán, “es la expresión iconográfica de La Iniciación de A-Mor que se encuentra
en la vía húmeda de la alquimia, en la vía izquierda del Tantra, en el
cantar esotérico de algunos trovadores…”
Lo que refuerza la idea de que nos encontramos ante un lugar de iniciación.
Un símbolo extraño y conocido
Difícil simbiosis la de extraño y conocido, pero todo tiene su explicación.
He encontrado un símbolo parecido en Eunate, en Río Lobos, en San Juan
de Duero, en San Miguel de Estella y sé que hay uno igual en San Juan de
Aberin.
Existe así mismo en algunos enclaves templarios franceses, y ahora lo encuentro
más esquematizado en San Vicentejo ¿es todo casualidad? Yo hace ya mucho
tiempo que no creo en las casualidades.
El graffiti de Chinon
Lo mismo que ocurre con el símbolo anterior ocurre con el graffiti que
se encuentra a su lado. La misma representación está en San Bartolomé de
Río Lobos y en Chinon. Pero lo importante es que este tipo de graffiti
ya aparece en las estelas celtas encontradas en la Galia. Ángel Almazán,
en su libro “Esoterismo Templario” Ed. Sotabur amplía la información sobre
éste y otros símbolos.
Pero… ¿de qué nos está hablando todo esto? ¿acaso pasaron los templarios
por San Vicentejo? Pues la verdad es que no hay prueba documental alguna
que relacione a los Caballeros del Temple con San Vicentejo y, particularmente,
soy de la opinión de que no es necesario que se acercaran. De lo que si
nos está hablando todo esto es del carácter esotérico, hermético e iniciático
de éste enclave. Y nos habla de que, anteriormente a la construcción de
la actual ermita, el lugar ya era sagrado, era un lugar de poder en el
que se celebraban ritos ancestrales. Quizá, con la llegada del catolicismo
se sacralizase con la edificación de un templo cristiano. Eso si en origen
San Vicentejo se planteó como templo cristiano, claro.
El sillar del cuatro en cifra
En el mismo ábside se encuentra un pequeño sillar plagado de “cuatros”.
El cuatro en cifra está considerado una marca de cantería de maestría.
Es curioso que el maestro cantero utilizara un sillar tan pequeño para
colocar tal profusión de marcas. O no.
Pero lo verdaderamente extraño es que la misma señal, el cuatro en cifra
aparezca en el cuello de la figura de la esposa del alquimista colocada
en posición horizontal. Quizá eso llame la atención a los que apuestan
que esa representación está reutilizada y proviene de otro lugar.
El interior
En el interior de San Vicentejo volvemos a ver claramente el simbolismo
de la obra inacabada. La riqueza y profusión de representaciones escultóricas
en capiteles y canecillos interiores, va desapareciendo según nos acercamos
a los arcos fajones del ábside hasta desembocar en la ausencia total de
elementos decorativos hacia el fondo oeste de la construcción.
La intuición nos lleva al mismo resultado. No es una obra inacabada sino
hecha así en el conocimiento de que el camino iniciático interior no acaba
nunca. La obra acaba con la realización personal completa y el edificio
con todas sus enseñanzas no es más que un simple instrumento para lograrlo.
Es la única construcción que conozco que tiene una serie completa de canecillos
por el interior. Es como si quisiera darnos a entender que el verdadero
templo está en el exterior y que el interior no es más que todo el universo.
Es cómo si tratamos de buscar las soluciones fuera, sabiendo que están
todas dentro de nuestro ser. Hermetismo puro en todos sus detalles.
Tiene San Vicentejo dos credencias laterales a las que faltan las columnas
que las dividían. En la del lado correspondiente al Evangelio se observa
la representación de un ojo en cada una de ellas con restos de una policromía
en rojo y negro que hace ya tiempo ha desaparecido.
El ojo tiene mucho que ver con San Vicentejo como veremos en el apartado
correspondiente al “otro óculo”. En cuanto a la policromía de los lienzos
interiores del edificio, ha desaparecido casi por completo. Se aprecia
en algunas de las paredes restos de ella y, en concreto, la representación
de algún motivo floral. En concreto lirios.
El lirio cuyo origen está en los que brotaban en las gotas de leche que
caían en tierra de Hera mientras el resto formaba la Vía Lactea, símbolo
de pureza, como flor real que con su aroma aleja a las serpientes, símbolo
de Gabriel, ángel de la Anunciación, de San José, de Joaquín y Ana, padres
de la Virgen María, símbolo de la sabiduría y el valor, símbolo griálico
en su calidad de cáliz, símbolo del conocimiento místico y esotérico y
símbolo de la pálidez de la muerte.
El impresionante lienzo oeste de San Vicentejo no tiene nada. Es un inmenso
frontón plano en el que no hay rastro de decoración alguna. Quizá en algún
tiempo tuviese policromía. Hoy sólo asemeja un inmenso espejo al que da
vértigo mirarse.
La linterna que no aporta luz
Fue al mirar al cielo. Desde el interior de San Vicentejo se aprecia una
cavidad techada que no parece tener utilidad alguna. Acceder allí sería
una labor extremadamente difícil a no ser que se contara con una escala
de cuerdas o, en su tiempo pudiera haber un acceso interno por los muros
como ocurre en Santa María de Siones.
La verdad es que recordó, salvando las distancias, a Siones, a San Baudelio,
a Eunate… a esos lugares en los que toda la importancia se circunscribe
a un pequeño habitáculo en el que el iniciado pueda introvertirse en busca
de su yo personal, místico, divino y humano.
La cavidad, por encontrarse en el centro del techo, por estar perfectamente
labrada, por estar casi escondida en la penumbra del templo, por no facilitar
luz alguna al interior, por la altura, por su difícil acceso es francamente
enigmática. Pero es uno más de los enigmas de San Vicentejo.
El otro "óculo"
En el triángulo que forma el frente del cuerpo de la nave sobre el tejado
del ábside hay un pequeño óculo. Una ventana abierta al este.
Pero son los sillares que conforman el exterior de éste óculo lo que nos
plantea el primer interrogante. Los sillares están dispuestos de tal forma
que, desde el exterior dibujan un enorme ojo. Hubiese sido muy sencillo
seguir la tónica del edificio y continuar las hiladas de sillares en sentido
horizontal para enmarcar así el óculo, por lo que está claro que la intención
era que se notara que era un ojo.
Desde el interior la misma disposición del tejado del ábside le da la misma
apariencia de ojo y aquí no se ha modificado la rectitud de los sillares.
No hacía falta.
El óculo se abre directamente al este, por lo que la luz que penetre, a
la salida del sol dará sobre el siguiente arco fajón, muy próximo… o en
la pared del fondo, que como inmenso espejo, desparramará la luz por todo
el templo.
Pero el ojo tiene dos funciones claras. Desde dentro es una pupila de luz
que ilumina con la sabiduría, desde fuera es una pupila negra, un cañón
de energía.
Y la pregunta es inevitable ¿hacia dónde mira el ojo? La respuesta, muy
sencilla, encierra otro gran misterio: el ojo mira directamente a las ruinas
de la ermita de Burgondo, sobre el despoblado de Ochate.
A modo de epílogo
Nuevamente se apodera de mí esa sensación de haber llevado al papel las
palabras que me susurraban las piedras. Sé que, por proximidad, seguramente
volveré a San Vicentejo. Sé que aún mantenemos un diálogo abierto ya que
intuyo que las piedras no me han dicho todo, pero también sé que han sido
sinceras conmigo.
Cada vez es más fuerte la impresión de que San Vicentejo señala el lugar
que, un día, alguien sintió como de poder y desde entonces no ha dejado
de serlo. Me habla de simbolismo, me habla de iniciación, de sabiduría,
de poder.
Y la simbología no tiene una respuesta clara a los enigmas que plantea.
Eso explica la cantidad de respuestas que da a una misma figura. Pero hace
pensar a quién se hace preguntas y ahí es dónde se convierte en un camino
interno. Esa es su razón de ser. Las respuestas a las que llegue el iniciado
serán respuestas inequívocas. Quizá sólo para él, pero ese es el fin último
de todo éste embrollo.
Quién ha de saber, que sepa.
© José Alberto de Quintana de León, 2007
Mi agradecimiento a Julio Corral y a Antonio Arroyo, que me facilitaron
la entrada en la ermita de San Vicentejo, así como por su ayuda en desentrañar
sus misterios y su paciencia mientras hablaba con las piedras.
Y mi mas sincero agradecimiento a mi maestro Ángel Almazán de Gracia, porque
el camino es más llevadero cuando quién conoce, te lleva.