
REFLEXIONES ROMÁNICAS XVI: Más allá de las formas románicas
Autor: Jaime Cobreros. Enero, 2009
Conforme avanzaba en el estudio del arte románico, hace ya años, hubo dos cosas en el mismo que comenzaron a llamarme la atención: la utilización
arquitectónica del concepto de arco de medio punto en las tres dimensiones espaciales y la extraordinaria rapidez de difusión de lo que se conocía, y
conoce aún habitualmente, como románico pleno.
Contemplando la planta de una sencilla iglesia románica de nave única me
percaté de que su plano no era otra cosa que la reproducción de un arco
de medio punto. Al proyectar sobre esta planta el alzado de un arco de
medio punto se lograban la nave y ábside prototípicos del templo románico
más sencillo. Cuando la tipología de templo era de mayor complejidad por
la construcción de naves laterales a la central, el románico adoptaba el
desarrollo basilical (los templos románicos centrados son escasos) de modo
que las naves eran separadas por arquerías también de medio punto paralelas
al eje central.
Por el estudio del simbolismo sabía que el arco de medio punto reunía en
sí dos símbolos básicos: la circunferencia y el cuadrado que simbolizan
respectivamente el Cielo y la Tierra. La circunferencia sugerida por el
arco semicircular y el cuadrado (o rectángulo, cuatro lados ambos) limitado
por las dos columnas, la base sobre las que éstas se apoyan y la línea
imaginaria que separaría la semicircunferencia y el cuadrado. Arco de medio
punto, símbolo de la cúpula celeste, del Cielo, sobre cuadrado, símbolo
de los cuatro elementos, cuatro direcciones, cuatro estaciones - creación,
espacio, tiempo -, símbolo de la Tierra. El Cielo sobre la Tierra. El centro
no visible de la semicircunferencia se encuentra en el punto medio de la
línea imaginaria que une ambas figuras simbolizando a Dios creador, invisible
como el mismo centro pero necesario para la existencia de la circunferencia
y de la Creación.
Por todo ello el arco de medio punto resulta el más natural de entre todos los tipos de arcos desde que fuera descubierto por los etruscos.
Arcos de medio punto lanzados mediante piedras cortadas y pulidas (sillares), perfilándolos nítidamente. Gracias a arcos así construidos el románico
se manifiesta como una arquitectura de coherencia total entre sus formas expresivas y los principios que las fundamentan. Adecuación desconocida en los
distintos estilos arquitectónicos precedentes y posteriores al románico. Esta clara diferenciación del románico respecto al resto de estilos hace que el
románico se yerga como un arte único sin otro de entidad equiparable. El arte románico supone una ruptura con todo lo anterior, pues si bien es evidente
que los hombres del románico utilizaron estructuras arquitectónicas de estilos anteriores, el sentido, intencionalidad, conjunción y aparejo de tal
estructuración arquitectónica resultan inéditos hasta la aparición del románico.
Formas
Principios
Intencionalidad
Pero su total coherencia otorga al románico algo aún de más calado: la
plasmación arquitectónica del orden natural de las cosas. Y esto supone
que tras mil años de historia, el cristianismo crea por primera vez un
verdadero arte sagrado, no sólo religioso como hasta entonces. La orientación
de los templos románicos según las principales direcciones del cosmos -
cabecera a oriente, por donde sale el sol vivificador cada día; pies a
occidente, por donde se oculta - que los dispone según el orden cósmico
de la Creación, incorpora de este modo el microcosmos personal de cada
hombre al macrocosmos creado y, a través de éste, al mismo Metacosmos o
Dios creador. De ahí el carácter sagrado (más totalizador y envolvente
que el religioso) del arte románico.
La consagración final del templo por la autoridad espiritual competente certificará su adecuación con la Creación, estando el templo
entonces en condiciones de recibir y cobijar al Creador mismo. Los templos así dispuestos sitúan al hombre en resonancia con el universo y, por tanto,
con su Creador.
Mediante el uso deliberado de un simple elemento constructivo como el arco
de medio punto aplicado en las tres direcciones espaciales, los hombres
que concibieron el románico consiguen mostrarnos hoy la coherencia, dimensión
trascendente y verdad intrínseca de su arquitectura. De ahí la naturalidad
del arco de medio punto, así como su sencillez y belleza extremas. De ahí
la verdad y profundidad del románico y la especial atracción por el mismo
que en nuestros días experimentan miles de mujeres y hombres sensibles.
Posiblemente no he sido el único en haberme percatado de la unidad conceptual
arquitectónica del románico basada en el arco de medio punto, pero hasta
donde yo llego no he visto nunca expresadas las conclusiones que se pueden
extraer de la unidad total del románico, que, cuando menos, son las siguientes:
- Las formas arquitectónicas del románico (en adelante equivalente al mal
llamado románico pleno) evidencian la elaboración intelectual previa de
principios metafísicos, teológicos y cosmológicos. Es decir, un conocimiento
de lo sagrado, no sólo de lo religioso.
- Tales principios tuvieron que ser establecidos con un fin, con una intencionalidad.
- La intencionalidad de los hombres que concibieron el románico fue poner
a disposición de los hombres y mujeres de su tiempo un medio de transformación
que implicara a la totalidad del hombre: su cuerpo (sentidos), su psiquismo
(sentimientos, emociones…) y su espíritu (intelecto puro).
- La consecuencia de tal acto de caridad, de amor a los hombres, fue el salto civilizador cualitativo que tuvo lugar en los siglos XI y XII
(ver en esta web Reflexiones Románicas XI: Tensionamiento del tiempo y espacio románicos.)
- La arquitectura románica puso al hombre en sintonía con el universo, con
la Creación. La escultura románica, como se verá más adelante, puso al
hombre en camino del conocimiento profundo de su Creador.
Cluny es central para estudiar el arte del siglo XII" (Émile Mâle,
1922)
La intencionalidad y los principios que pusieron en pie el románico exigen
de partida un grupo cohesionado de hombres sabios y santos. Hombres con
conocimientos profundos de teología, metafísica, cosmología y de ciencia
antigua o sagrada manifestada en otras tradiciones distintas a la cristiana.
Dentro de la Cristiandad de la segunda mitad del s. XI sólo la Orden de
Cluny, considerada el "Arca de la sabiduría", contaba con hombres
así y con la autoridad espiritual necesaria para agruparlos y complementarlos
en una aventura intelectual de titanes, inédita hasta entonces en el cristianismo.
Cluny, además disponía para entonces de la más extraordinaria y eficaz
red de difusión imaginable, tanto por su extensión como por su densidad
y penetración. El número de monjes con los que la Orden contaba a finales
del siglo superaban los 50.000 repartidos en 1.500 monasterios.
Cluny era ya el motor más potente y eficaz de la acción civilizadora de la Cristiandad impulsada por el Papado. No se ha de olvidar las relaciones
estrechísimas entre la Orden y el Papado (de las abadías benedictinas saldría más de un Papa; como el preclaro Gregorio VII el reformador, monje
Hildebrando). Cluny contó además para su empresa con dos vectores inigualables: las peregrinaciones (acogió bajo su manto la más popular de todas,
la de Santiago, llegando a impulsar la primera guía práctica del Camino) y las cruzadas, "ese inmenso arranque de caridad".
Llama la atención sobremanera la rapidez con la que Cluny enfila la materialización
de su proyecto, una vez elaborados y dispuestos los principios teóricos.
Asombra hoy la diligencia y seguridad con la que son realizados los primeros
templos románicos. En una generación (unos veinte años en el s. XI) son
más del centenar los templos erigidos a lo largo y ancho de la Cristiandad.
Resulta evidente que el proyecto constructivo románico intelectualmente
está elaborado en su totalidad, desde la cabecera hasta los pies, desde
la iglesia rural hasta la gran catedral. De ahí que pueda decirse que en
toda piedra románica, sea sillar o talla, está contenido todo el románico.
Y no conviene olvidar que el volumen de obra construido en siglo y medio
por los constructores del románico supera a lo construido en cinco siglos
por el Imperio Romano.
El conjunto de la obra románica evidencia un canon románico de tres premisas:
- Utilización del arco de medio punto como estructura arquitectónica fundamental
y del concepto del mismo como planta de los templos.
- Utilización de la piedra de sillería (piedra escuadrada y pulida) en la totalidad del templo, incluido su abovedamiento.
- Utilización de la piedra tallada con el fin de mostrar un mundo icónico desconocido hasta entonces para la totalidad de los cristianos.
Si antes se ha hablado de la necesidad del uso del arco de medio punto por ser la estructura arquitectónica que se adecuaría plenamente a los
principios de los hombres que concibieron el románico, la utilización de la piedra fue debida por tratarse del material también más natural, más
resistente, apto y noble de la Creación para participar el hombre en la obra realizada por el Creador. Los constructores del románico construyen
para la eternidad. Lo dice claramente el Maestro Arnald Cadell dejándolo así grabado en un capitel del claustro de San Cugat del Vallés. Las piedras,
los sillares, que simbolizan el corpus mysticum o unión orgánica de todos los cristianos, han de estar perfectamente pulidas y ajustadas como lo
están los hijos de Dios en comunión con Él y entre ellos mismos.
La piedra tallada, por su parte, representa la coronación del proyecto de Cluny de disponer a los hombres en el conocimiento de Dios, como se verá
más adelante.
Sorprende la eficiencia de la Orden cluniacense para formar en tiempo tan
breve un número considerable de constructores con óptimos conocimientos
en los distintos oficios arquitectónicos y escultóricos. Resulta un verdadero
misterio.
Se sabe que en el s. XI sólo en algunas áreas del arco mediterráneo occidental
pervivían desde la época romana los oficios de constructores en piedra
sillar, así como escultores que tallaran la piedra. Es lógico pensar que
Cluny aprovechó este saber residual con objeto de activarlo, modernizarlo
y multiplicarlo según un plan previsto. Parece que los primeros pasos de
los escultores del románico pudieron darse en Languedoc con Toulouse como
foco activo principal, pues allí abundaban construcciones y restos tallados
romanos. Casi al mismo tiempo emerge en Borgoña la escultura, convirtiéndose
la propia Abadía de Cluny en el otro gran foco.
Parece indiscutible que es Cluny la que forma a constructores y tallistas en diversos puntos dotándoles
en cada oficio de una formación de gran calidad, así como de la conciencia de la función que han de desempeñar en una sociedad en ebullición, plena de
vitalidad renovadora. De este modo debieron constituirse las primeras fraternidades de constructores, compuesta cada una de ellas de un maestro
constructor, de diversos compañeros constructores y de jóvenes aprendices.
Es importante para conocer en profundidad el románico prestar la atención
que se debe a estas fraternidades. Considerarlas, como se hace hoy "tallares",
"grupos" o "gremios" es rebajar su sentido, como sucede
actualmente con tantos conceptos debido al reduccionismo de Occidente en
los últimos siglos con todo lo que hoy le sobrepasa. La fraternidad es
una unidad autosuficiente detentadora y transmisora de los conocimientos
del oficio, así como de conocimientos de orden espiritual y cosmológico,
éstos últimos posiblemente semejantes a los que los griegos llamaron los
Pequeños Misterios.
Las fraternidades de constructores románicas tuvieron necesariamente un
carácter iniciático. Lo tuvieron en el mundo clásico, en otras tradiciones
y en las fraternidades del gótico que las reemplazaron. La ejecución de
la "obra maestra" que otorgaba al compañero constructor el acceso
a maestro no sólo suponía la demostración de la maestría máxima en su oficio,
sino también su cualificación espiritual y un grado superior de conocimiento.
¿Fueron iniciados los maestros constructores del románico en los Grandes
Misterios, es decir, en los relacionados con el Ser? No existe prueba alguna
pero su dominio del símbolo así lo sugiere.
Principios
Formas
Simbolismo
Recorrido el camino de las formas a los principios y de éstos a su intencionalidad,
es el momento de iniciar el retorno para volver a las formas.
Cuando se piensa en las formas talladas románicas conviene percatarse de
que los hombres de la segunda mitad del s. XI fueron los primeros cristianos
que en siglos podían contemplar imágenes fijas y en cuantas ocasiones lo
desearan. Hasta entonces sólo los códices miniados ofrecían figuraciones
a un número restringido de personas.
La imagen puesta a disposición de quien quisiera mirarla, observarla detenidamente o estudiarla supuso la culminación y justificación final del más
colosal edificio intelectual y teológico concebido por el hombre occidental. Los teólogos del s. XI consideran la necesidad de mostrar la belleza por
sus distintos grados y lo que los mismos representan. Hugo de Saint-Victor explica en su Didascalion los tres grados de la belleza: la belleza
visual, le belleza espiritual y la belleza perfecta de Dios. Con la contemplación de la belleza visible se inicia la ascensión mística hacia la
contemplación divina. Así, las imágenes evidencian la visión armónica y jerarquizada del universo y de la Creación. La figuración románica (sea esculpida
o pintada) estimula la progresión "vertical" o realización espiritual del creyente en su camino hacia la deificación o unión con su Creador.
Para que una figuración cumpla con tal función ha de tener cuatro niveles de entendimiento:
a) histórico o lo que literalmente representa la figuración.
b) moral o el bien y el mal que se expresa con tal imagen.
c) alegórico o el significado atribuido a la figuración.
d) anagógico o lo que la figuración simboliza para quien la contempla.
Los tres primeros niveles son propios de las figuraciones profanas y religiosas, mientras el cuarto lo es de las imágenes sagradas ya que la anagogía
dispone el espíritu a la contemplación de las verdades primeras.
El símbolo no es pues, como es entendido hoy por la casi totalidad de los
autores que escriben de "simbolismo románico", un signo con un
significado previamente otorgado. El símbolo comparte con el signo el conocido
como triángulo semántico (significante, sentido y referente), pero el símbolo
está dotado además de un cuarto elemento: el referente metafísico. El referente
metafísico dota a los tres elementos del signo de un principio único y
unificador. Es por este cuarto elemento como el símbolo se convierte en
agente informador y profundizador de la Realidad absoluta de la que derivan
el resto de realidades, sean tangibles o intangibles.
La captación del símbolo por el hombre a través de los sentidos moviliza su mundo psico-corporal
creando asociaciones espontáneas de recuerdos, emociones, imágenes, impulsos, reserva de significados más o menos rica más o menos culta, más o menos
codificada. Con esta primera respuesta al impulso simbólico el hombre pasa de su individualismo microcósmico a integrarse en el orden macrocósmico en el
que evidencia relaciones, analogías, correspondencias que terminan por abrirle la visión intelectiva de su espíritu a las verdades primeras o arquetipos
divinos y al mismo Principio o Realidad absoluta.
Los hombres que concibieron el románico eran conscientes de que lo verdaderamente sagrado sólo puede
ser comunicado mediante el símbolo. Así es por lo que expusieron los símbolos a plena luz para que la mirada de los hombres los captaran según su
condición intelectual y espiritual.
"El símbolo es el alfa y la omega de la experiencia espiritual, o mejor,
constituye todo el alfabeto de ese lenguaje misterioso comparable al de
los ángeles. No es solamente un leguaje, sino que llega a ser verbo transformador
de la tierra de sombras en una tierra de luz, es decir en una tierra transfigurada
(…) La imagen de piedra fija irrevocablemente un lenguaje que va a ser
comprendido según el estado de consciencia de quien lo observa" (M.-M. Davy).
Gracias al símbolo, al verdadero simbolismo, el románico habla a la totalidad
de los hombres y a la totalidad de cada hombre. Por la belleza visual se
dirige a los sentidos (estética), por la belleza espiritual al alma, a
los sentimientos y emociones (formas) y por la belleza luminosa de Dios
al intelecto (teofanía). El románico es el auténtico arte total, el único
arte total creado por Occidente desde su protohistoria.
El estudio del románico en el siglo XXI
Llegados aquí se me puede preguntar en qué baso cuanto expongo. Lo baso en la lógica y la coherencia. Se diga lo que se diga las disciplinas desde las que se accede al estudio del románico no son científicas. Sólo lo son las ciencias de la naturaleza. Las llamadas "ciencias del hombre", antes "humanidades", son ciencias blandas a las que no es posible aplicar la verdadera metodología científica.
Todo estudioso del románico sabe que estudia un material parcial, en estado posiblemente bien distinto del que tuvo en origen y con una mentalidad que dista de la de sus creadores. Por tanto, cualquier estudio sobre el románico es fundamentalmente interpretativo. De ahí que sean contados los casos relacionados con las humanidades que se puedan demostrar, como sucede con la ciencia, pero sí son muchas las cosas que se pueden mostrar proponiendo ideas dotadas de coherencia interna que salven airosamente el razonamiento a contrario. La hipótesis que abarque la totalidad de las distintas dimensiones del hecho románico, sea expuesta con rigor intelectual, posea coherencia interna y salve el razonamiento a contrario, será la hipótesis más verosímil sobre el románico. Pienso que la mía, expuesta sucintamente, cumple con esas condiciones.
Durante el s. XX ha primado el análisis de las formas románicas. Si queremos (y debemos, pues está por hacer) estudiar la totalidad del hecho románico hemos de pensar en la síntesis de los elementos de que dispongamos. Pero los elementos analizados hasta el momento son insuficientes, ya que se trata fundamentalmente de estudios sobre las formas románicas, sean éstas arquitectónicas o escultóricas y pictóricas. El estudio formal deparará todavía descubrimientos interesantes y hasta importantes, pero poco van a añadir al conocimiento de la esencia del románico. Estamos muy cerca del techo de las investigaciones formales y conocemos su límite. Sin embargo, lo medular del románico, sus principios, su intencionalidad, su simbolismo, permanecen casi inéditos.
Ha llegado el momento de abrir el zoom con el que se estudia el románico
y pasar del teleobjetivo centrado en las formas al gran angular que consiga
abarcar en su campo la totalidad del hecho románico. Abrir el gran angular
significa ampliar las áreas de conocimiento de los que vayan a estudiarlo,
pues su bagaje actual resulta manifiestamente insuficiente.
Para comprender la dimensión real del hecho románico son necesarios conocimientos pluridisciplinarios más amplios de los que hasta ahora ha partido el estudioso del mismo. Así, resultan imprescindibles conocimientos sobre antropología religiosa, religiones comparadas, patrística, teología católica, metafísica, simbolismo, "compagnonnage" (su traducción por "compañerismo" referida a las fraternidades de compañeros constructores no tiene el mismo sentido en español que en francés)… Y también es necesaria la adquisición de conceptos como los de arte sagrado, theosis (o unificación de la criatura con su Creador), Tradición primordial… Para ello es imprescindible el conocimiento de la obra de M.-M. Davy, René Guénon, Frithjof Schuon, Titus Burckhardt, Anada K. Coomaraswamy, Jean Hani, Abbé Henri Stéphane y Jean Botella. Estos conceptos están a punto de desaparecer del conocimiento del mundo occidental. En los último veinte años ha descendido de manera drástica el número de los que los conocen, cultivan, reflexionan y escriben sobre los mismos.
Cuando se tiene conocimiento de lo que de verdad supuso y supone el hecho
románico, el mismo se ve como una "ganancia" esencial con respecto
al resto de estilos artísticos creados por Occidente. Si en su día el románico
supuso una obra de auténtica caridad en todos los sentidos y para la totalidad
de los hombres como nunca se ha visto en la historia de la civilización
occidental, hoy todavía el románico sigue siendo un "bien común"
para los hombres de hoy y para la totalidad del ser humano.
El románico no se puede valorar como uno más de los estilos artísticos, ni solamente por sus formas, ni por la emoción estética que crea, ni por la emoción religiosa que despierta. La atracción que hoy origina el románico en miles de hombres y mujeres se debe fundamentalmente al racionalismo de su arquitectura y al misterio de su escultura simbólica. La tensión dialéctica de tal binomio hace intuir en el hombre la existencia del Misterio. El románico pone al hombre ante el Misterio. Al solo ante el Solo.
El quedarse en el "disfrute" del románico, como es habitual oír
hoy (está de moda disfrutar con cualquier cosa) es detenerse en la epidermis
del románico en una civilización en caída libre. Decidirse a caminar hacia
el tuétano del románico es marchar por un camino progresivamente más luminoso.
Manifiesto urgente
Por todo lo expuesto, considero que:
- Urge redefinir el concepto de arte románico por higiene intelectual
- El románico debe ser liberado de adherencias como las del "primer románico", "románico mudéjar" o "románico
cisterciense".
- Los conocimientos desde los que actualmente se accede al estudio del románico resultan insuficientes. Urge incorporar nuevas disciplinas que permitan contemplar el hecho románico en su totalidad.
- La civilización occidental ha involucionado hacia su autodestrucción al extremo de arrancar sus propias raíces. Todavía perviven conocimientos imprescindibles para el estudio del románico que pueden perderse en una generación al desaparecer los que los cultivan. Urge avivar tales conocimientos imprescindibles.
Algunos textos relacionados
- En diversas Reflexiones Románicas he tratado estos temas, de forma especial en las siguientes: I, II, VIII, IX, X y XIV. Así mismo, lo he hecho en el nº 1 de Románico en el trabajo "Simbolismo el león románico". La Introducción de mi "Guía del románico en España" (Anaya, 2005) desarrolla también la misma perspectiva sobre el románico.
- M.-M. Davy: Initiation a la symbolique romane. Flammarion, 1977 (existe traducción al español)