
La Nueva Percepción Simbólica
Autor: Malvís. Diciembre 2005
Los ecos producidos y, aún no apagados, por el artículo
Reflexiones Románicas IX que, dedicado a explicar el simbolismo
de un capitel del primer maestro de San Quirce, publicara el insigne
Jaime Cobreros en el mes de noviembre pasado, me dan pie - y hasta excusa-
para entrar a discutir el modelo de los cuatro niveles de interpretación
que la concepción teológica ha aportado al sedimento de
la percepción simbólica, incluso, al mundo actual.
Y al discutir este modelo de los cuatro niveles de interpretación
- literal o histórico, alegórico, moral y anagógico
o místico-, ubico al arte románico en el principio hermeneútico
que nos capacita, por antonomasia, para penetrar en el misterio de la
percepción simbólica.
Tanto San Agustín como Santo Tomás de Aquino, al referirse
a estos niveles, hablaban de la literalidad del texto (signo) como una
realidad material, la historia tomada al pie de la letra. Según
esta definición, aquí encontraríamos el sentido
del símbolo en su contexto histórico, con
un discurso "literal" que expande el entendimiento hacia una
mesura cuantitativa de conceptuación y racionalización,
pero que no se implica en una demostración auténtica de
la realidad porque no está comprometido con ella.

Es tan sólo cuando se emprende la tarea de separar y clasificar
el símbolo de lo que su propio significado soporta y sugiere,
cuando aparece un nuevo nivel que, basándose y presuponiendo
el histórico, lo trasciende. Es el conocido como nivel
espiritual.
Ahora bien, este sentido o nivel espiritual, tiene una triple división.
El primer estadio, nos llevaría al entendimiento alegórico,
en el que el discernimiento del significado del símbolo se logra
a través de la cosa significada. Aún no exige que entremos
en el proceso de conocer. Permanece en el mismo plano de la evidencia
y percepción, sin correspondencia alguna entre dos universos
pertenecientes a diferentes niveles ontológicos.

El segundo estadio es el llamado moral y, en el contexto cristiano,
es el que lleva a una mayor imitación a Cristo. Surge y se experimenta
como una revelación espontánea que conecta la vida interior
con la imagen exterior, más allá de la intención
consciente. No aumenta por el esfuerzo humano, sino que es concebido
como un don del alma que, al suponer una ruptura con nuestros supuestos
sobre la realidad, es difícil de aceptar.

Finalmente, solo aquellas raras almas que pueden penetrar más
allá de la percepción moral, les aguarda la percepción
anagógica o mística, en la que se produce la unión
del acto de la percepción con lo percibido, el signo con el símbolo,
el mundo y la psique, el observador con lo observado. El símbolo
no soporta o sugiere el sentimiento divino, sino que deviene en la divinidad
misma. En él, el grado de compromiso del observador con el símbolo
ES la "verdad" revelada a esa persona en ese momento. No precisa
esfuerzo intelectual alguno, sino que es llevado por el deseo de unión.
Es poder conmovedor. Es, en fin, enamoramiento.

A tenor de lo expuesto, podríamos simplificar el valor de cada
uno de los niveles de entendimiento de la concepción teológica,
de la siguiente forma: el histórico o literal, solo asume la
ciencia natural; el alegórico, es la verdad disfrazada por la
metáfora poética (del griego, allegoria) porque
acepta el misterio de la imagen simbólica; el moral, se acerca
a la profecía y a la fatalidad, pues se conmueve con el símbolo
y ejercita su libertad de elección; finalmente, el anagógico,
es la fusión con la "verdad" revelada.
Fijado el planteamiento, no podemos desconocer que el pensamiento positivista
moderno toma ahora el entendimiento histórico o literal (las
sombras de la caverna de Platón) por el mundo real, y reduce
el espiritual (las Ideas platónicas) a meras abstracciones. El
mundo de más allá de lo literal se vuelve sombrío
y supersticioso en tanto no pueda ser pasado por el análisis
racional. Por ello, el nivel anagógico de percepción simbólica
no va a tener cabida posible en el mundo actual. Sin embargo, en el
simbólico o alegórico, el hombre actual, huérfano
de totalidad, ante el gran desafío de reconquistar el lenguaje
multidimensional del símbolo y poder así recuperar su
equilibrio, va a encontrar un lenguaje medio, equilibrado entre el intelecto
puro y la percepción sensorial activando una "imaginación
cognitiva" que reflejará su mundo arquetipal.
Consciente de todo ello, es por lo que, pienso, el arte románico
está de moda. Y que su mundo literal, concreto, y material puede
y debe utilizarse como una "atracción" o "anzuelo"
para encantar y atraer a la gente a una percepción espiritual.
No olvidemos que el arte románico está lleno de símbolos
y que, como decía Plotinio, el hombre sabio es aquel que en una
cosa lee otra. Por todo ello, sugeriría que el arte románico-
y más concretamente su percepción simbólica anagógica-
actuara como tal anzuelo para personas hambrientas de un significado
más profundo. A partir de allí pueden comenzar a elaborar
una actitud de concientización que les capacitará para
moverse en un proceso de interiorización, de modo que puedan
integrar el significado de un símbolo, revolucionando los presupuestos
ortodoxos que separan actualmente el conocimiento del observador de
la concepción de la realidad de su experiencia.