
Manifestaciones del pensamiento y del arte egipcios en el Románico
Mario Agudo Villanueva. Septiembre 2008
La luz
Cuando los primeros rayos de sol iluminan las aguas del Nilo, la
flor de loto abre sus pétalos llena de vida y color, marcando así
el despertar de la flora y fauna del milagroso valle que se extiende
a lo largo de las riberas de este enorme río. Al llegar el ocaso,
como si con la leve extinción de la luz del día se acabara la vida,
la flor de loto se cierra en espera de un nuevo amanecer. Este sencillo
ciclo natural hizo que los egipcios confirieran, no sin razón, un
poder vivificador a la luz y, por extensión, al disco solar, personificado
en la figura de Ra, unido posteriormente al carnero Amón, "el oculto",
venerado, junto con su esposa Mut y su hijo Jonsu, en Karnak.
La sala de hipóstila de este templo es un bosque pétreo formado por
134 columnas papiriformes, las doce centrales miden 21 metros de altura
frente a las laterales, de tan sólo 15. Esta asimetría no es casual,
con la diferencia de nivel se crea un espacio por donde la luz incide
directamente sobre los capiteles que representan la umbela abierta
del papiro, poniendo de relieve el poder vivificador del rayo solar.
Por el contrario, los capiteles de las columnas más bajas se mantienen
cerrados, pues no reciben el soplo vital del Creador.
No es el único milagro luminoso que nos ofrece el antiguo Egipto.
En el templo de Ramsés II en Abu Simbel, en los días equinoccionales,
a la hora del alba, el sol penetra hasta su sancta santorum inundando
de luz las estatuas de Amón, Harmakhis y el faraón. Pasados veinte
minutos, el habitáculo vuelve a oscurecerse, sin que los rayos del
sol hayan tocado la cuarta figura del conjunto, la de Ptah, dios de
las tinieblas.
No nos es lejano el mismo efecto producido en ambos equinoccios
en la iglesia de Santa Marta de Tera, donde el sol incide directamente
sobre un capitel que representa un alma ascendiendo al cielo, quizás
el de la propia Santa Marta o el fenómeno más conocido del capitel
de la anunciación de San Juan de Ortega, donde la luz, poderosa e
intangible, ilumina a la Virgen María y al arcángel, manifestando
la presencia de Dios, que a través de la fecundación de María se hace
hombre, participando así de la Creación.
El arte sagrado
Miles de años separan la arquitectura y escultura egipcias de la
Románica, pero no es difícil identificar un nexo de unión entre ambas,
su carácter sagrado. Los griegos dijeron de los pobladores del Nilo
que eran "los más religiosos de los hombres". No les faltaba razón,
pues la religiosidad inundaba cada aspecto de su vida cotidiana, que
discurría en una tierra llena de contrastes y amenazas, en la que
la naturaleza manifestaba el poder de la Creación.
El agua del gran río, con sus periódicas crecidas, proporcionaba
vida por doquier ganando terreno al estéril desierto, mientras la
luz, como hemos visto, insuflaba su espíritu vivificador haciendo
posible el surgimiento de la vida. Como señala Guénon "la naturaleza
entera puede comprenderse como un símbolo de la realidad sobrenatural".
La observación del orden natural de las cosas, del Espíritu manifestado
en los elementos, genera los símbolos a través de los que los egipcios,
como tiempos después los cristianos, se acercan al conocimiento de
la Verdad Divina.
El ciclo solar y el ciclo agrícola
Las creencias egipcias, en su extraordinaria complejidad, pueden
agruparse en dos ciclos, el solar y el agrícola, íntimamente relacionados,
como hemos visto. Cada uno de ellos se desarrolló por la vía de la
tradición popular y de la tradición sacerdotal, ésta última, de una
grandeza espiritual y metafísica incomparable, es la que analizaremos.
El ciclo solar explica como originariamente sólo existía un agua
en la que flotaban los gérmenes inertes de todos los seres. Son las
aguas del nun, que se personificó en el dios Nun, pura creación intelectual
que simboliza el caos. En el Nun residía el Espíritu, Atum, que en
sí mismo era la potencia de las existencias futuras. Éste remontó
sobre las aguas para manifestarse en el sol, del que se originó la
luz. Atum, diferenciado ya del agua primordial, recibió el nombre
de Ra (luego asimilado a Amón, uno de sus atributos, los cuernos,
son símbolos del rayo solar).
A continuación, Atum-Ra creó, mediante la palabra, la Gran Enéada,
considerada como los miembros de su propio cuerpo. Según los textos
sagrados "he creado todas las formas con lo que ha salido de mi boca,
cuando aún no había ni cielo ni tierra", por tanto, ninguna cosa existe
antes de ser nombrada, he aquí el Verbo Creador. Los dioses creados
por Atum rigen el universo por él organizado y sometido a una disciplina
y orden al que ellos mismos obedecen y que forman las leyes sobrenaturales,
naturales y morales.
El carácter cíclico de los fenómenos naturales llevó a los egipcios
a desarrollar otro ciclo, íntimamente relacionado con el anterior,
de carácter agrícola. Osiris, gran rey que había sustituido a Geb,
dios de la tierra, en el mundo terrestre, enseñó a los hombres la
agricultura y les dio el trigo, la cebada y la vid, por ello fue considerado
dios de la vegetación y la fertilidad. Celoso de esta prosperidad
y bondad, el estéril Seth, su hermano, antigua divinidad del desierto,
lo engaña para encerrarlo en un cofre y arrojarlo al Nilo. Osiris
se ahoga y aparece en Byblos, Siria, donde fue rescatado por su esposa,
Isis, que como diosa maga y encarnación del agua fue capaz de devolverle
a la vida. Seth descubre la maniobra de su cuñada y se hace con el
cuerpo para descuartizarlo y distribuirlo entre sus cómplices.
Finalmente, Isis consigue reunir todos los trozos, salvo los órganos
sexuales, pero gracias a su hechicería y con ayuda de Anubis, Thot
y Nephtys, hizo un cuerpo eterno, la primera momia, dotado de vida
eterna, pero alejada del mundo terrenal. No contenta con eso, Isis
se las ingenió para ser fecundada por Osiris. Fruto de esta relación
nació Horus, que terminó por vengar a su padre matando a Seth. Los
hermanos Osiris y Seth representan dos principios irreconciliables
y complementarios: la vida y la muerte, encarnados en la vegetación.
Al fin de su ciclo, las semillas quedan enterradas de nuevo en la
tierra, desde donde volverán a germinar para crear vida. Esta relación
recuerda el relato veterotestamentario de Caín y Abel, que tiene una
gran equivalencia simbólica con el egipcio.
Modelos iconográficos
De la representación del mito de Osiris en el arte egipcio surgieron
modelos iconográficos que, cargados de otros sentidos, llegaron a
servir como motivos para el cristianismo. Tres son los principales:
la lucha contra el dragón, la Virgen con el niño y la psicostasis
de San Miguel. Seth es representado con figura humana y cabeza de
un amenazante animal, en ocasiones hipopótamo o cocodrilo. En su lucha
contra Horus, encarnado por el halcón, se plasma el combate entre
el bien y el mal. En innumerables pinturas, relieves o esculturas
egipcias podemos encontrar al faraón alanceando a cocodrilos o hipopótamos,
encarnadores de fuerzas maléficas, por ejemplo, la estatuilla de Tutankamón
conservada en el Museo de El Cairo. Posteriormente, con la llegada
de griegos y romanos, esta representación cambia, adoptando formas
híbridas que muestran a un caballero con el equipo militar romano
enfrentándose a la misma bestia. En el arte copto y cristiano primitivo,
se mantiene esta imagen como simbolización de la lucha contra el mal,
que se plasma finalmente en el relato de San Jorge y el dragón.
Otra representación muy extendida fue la de la Isis lactante, que
podemos ver en múltiples templos, incluso de época grecorromana, como
el Mamisi de Edfú. Allí, la esposa de Osiris, sentada en un trono,
amamanta a su hijo Horus, protector del faraón, como puede apreciarse
en la foto que acompaña al artículo. Aunque el hecho de que la Virgen
amamante al niño Jesús es algo natural, no deja de sorprender que
esta misma iconografía ya fuera vigente centenares de años antes.
Por último, Anubis, el "perro vigilante", dios de la momificación,
acompañaba al difunto en el pesaje del alma, requisito indispensable
para acceder a la vida en el más allá. Lógicamente, no hace falta
explicar el paralelismo con la escena de San Miguel pesando las almas,
pues incluso en la disposición de los protagonistas, es prácticamente
idéntica.
Muchos otros aspectos del arte egipcio traspasaron las fronteras
espaciales y temporales de la tierra de los faraones, como es el caso
del Ankh o cruz de la vida, símbolo de eternidad; el ojo vigilante
y protector de Horus, la representación del alma del difunto como
un ave o el disco solar que dioses como Re-Horakhty o Hathor portaban
entre cuernos sobre su cabeza son algunos ejemplos que nos brinda
una civilización de una espiritualidad religiosa y excelencia material
inigualables.
Bibliografía
"Egipto, 7000 años de arte e historia", Giovanna Magi. Ed.
Bonechi, 2008.
"Guía del Románico en España", Jaime Cobreros Aguirre. Ed.
Anaya Touring, 2005.
"Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada", René Guénon.Ed.
Paidós Orientalia, 2002.
"Historia de las Religiones", Carlos Cid y Manuel Riu. Ed.
Óptima, 2003.
"El Gran Templo de Egipto, Karnak", Nuria Castellano. En
revista de Historia National Geographic. Número 5.
"El Mito de Isis y Osiris", Maite Mascort. En revista de
Historia National Geographic. Número 21.
"La Gran Divinidad Egipcia. Re, el Dios del Sol", Maite
Mascort. En revista de Historia National Geographic. Número 37.