
Declaración de intenciones.
Autor: Florentino Nevado. Octubre 2005
Confieso
que soy un gran ignorante en lo que a Arte en general se refiere, y
al Románico en particular. Hasta hace algún tiempo no
conocía el significado de términos como arquivolta, canecillo
o nártex, y aunque acometía con gran ilusión las
descripciones de iglesias, se me tornaban al poco de iniciarlas en pesados
tratados de arquitectura plagados de tecnicismos extraños que
me hacían imposible recrear mentalmente la pieza. En cambio,
siempre me he considerado un buen entendedor del lenguaje universal
de los sentimientos, y poseedor de una empatía suficiente para
hacer mías las impresiones experimentadas por otro ante la belleza
o el equilibrio mostrados por una obra de arte. Podría decir
pues que, si bien me sería difícil identificar una construcción
de la que tengo una explicación pormenorizada, sí que
podría hacerme una idea de su porte, de la minuciosidad y maestría
de su escultura, del empeño y habilidad del artista por comunicar
sus intenciones, si mi interlocutor me revela el acopio de sensaciones
que le ha causado la contemplación de una creación.
Como
Amigo del Románico, me consta que me aproximo más al compañero
egoísta que nos quiere únicamente por los beneficios o
el bienestar que le procuramos, pero sin corresponder con ningún
esfuerzo por su parte. Reconozco así la deuda con el Románico,
puesto que lo justo sería lanzarme a su estudio y divulgación,
en agradecimiento a los buenos recuerdos y emociones que me ha proporcionado.
Sin embargo, esta amistad desigual perdura sólo gracias al buen
amigo que nunca niega otra oportunidad para equilibrar la balanza, y
me presenta de nuevo otra sublime construcción de la que disfrutar.
Y es que creo que el Románico está hecho para mí,
para gente del pueblo llano -iletrado y humilde-, pero quizá
por eso abierto al mensaje, a captar lo transcendente bajo lo material
(como quien es capaz de "traspasar" lo limitado del icono
e intuir la grandeza, la infinitud de lo que representa). Como contrapunto,
surgido o no por evolución, el Gótico y su esplendor parecen
olvidarse del hombre ordinario, y apuntar con sus esbeltas torres a
un cielo tan anhelado que se hace más lejano cuanto mayor es
el esfuerzo por alcanzarlo. El hombre frente al Gótico se angustia,
empequeñecido por una majestuosidad y una idealización
a escala divina -celestial-, creyendo ingenuamente haber superado la
escala humana -terrenal- de la que el Románico hace exhibición.
Personalmente pienso que el arte sacro occidental ha sufrido un continuo
declinar, desde su inicio con los monumentos megalíticos hasta
las modernas y funcionales iglesias. ¡Que profundos sentimientos
o creencias llevarían a aquellos antepasados de hace cuatro milenios
a amontonar esas moles pétreas, aún hoy -con nuestra moderna
maquinaria- difíciles de manejar! La sencillez de esos monumentos
trasluce una fe tan firme como para mover no esas rocas, sino montañas
enteras. Avanzado el tiempo, la experiencia en el tallado de los sillares,
en los equilibrios de las fuerzas, en la utilización de elementos
arquitectónicos, hacen que el levantamiento de un edificio sagrado
sea más cuestión de técnica. Y llegados a nuestros
días, el cálculo de resistencias de materiales mediante
ordenadores resta bastante mérito a diseños tan atrevidos
como un Guggenheim de Bilbao o un Palacio de las Artes de Valencia (por
poner ejemplos profanos). ¿Qué hubieran podido levantar
nuestros canteros medievales de haber conocido y dominado el acero y
el hormigón? Aún con sus limitaciones, el cincelador trabajaba
con vocación de permanencia, con la voluntad de que su obra se
perpetuara en el tiempo, lo que con toda probabilidad acuciaba su buen
hacer.
Hemos dado en llamar Románico a la copia de componentes arquitectónicos
propios de la época romana. Quien sabe si acaso algo de la espiritualidad
de aquella civilización se coló en la imitación.
En el cartel de una reciente película de gladiadores reza la
máxima "Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad",
aludiendo a la devoción por la familia y al culto a los antepasados
de aquellos habitantes del Imperio; así también, el constructor
medieval pretendería generar un eco sin fin partiendo de un material
ya de por sí eterno, necesitado sólo de una adecuación
de su forma para proseguir su existencia con una nueva misión:
transmitir un legado.
Las tradiciones transmitidas de palabra suelen sufrir modificaciones,
se hacen añadiduras y se olvidan fragmentos, cada eslabón
de esa cadena enfatiza lo que considera primordial y menosprecia lo
accesorio. Si la tradición es escrita, los cambios en el uso
del lenguaje, los nuevos significados de las palabras, incluso las traducciones
o sucesiones de copias pueden modificar, si no pervertir, el mensaje.
El Románico transmite una historia fijada en piedra, incuestionable
por los escépticos, inmutable frente a interpretaciones. Podemos
dudar de su belleza plástica, pero no de la claridad de su mensaje:
la Historia de la Salvación que así se propaga no necesita
de una perfección técnica, cada figura tiene un equivalente
espiritual, una entidad con un lugar y un cometido en la Creación,
y todo está ordenado y regido por un plan que sobrepasa al espectador.
El anuncio del Románico es por ello universal, llega al hombre
medieval y al moderno por lo trascendente, a reyes y a villanos por
lo inabarcable, a todos lo niveles culturales por lo sencillo. Cuando
tengo la oportunidad de visitar un Templo de esta naturaleza siento
una predisposición a estar abierto a su discurso, pues el entendimiento
de éste y su aceptación es lo que da sentido a su construcción,
y con esa actitud el Románico nunca defrauda.
Volviendo
al terreno íntimo, este Arte interpela al hombre a muy diferentes
niveles. En una primera instancia incide en su capa exterior sensible,
causa sensaciones de armonía, de equilibrio en la ordenación
de los espacios, de expresividad reforzada por las desproporciones y
la estilización de las figuras. Si descubríamos asombrados
que un capitel en San Quince (Burgos) admitía hasta cuatro explicaciones,
también nos debería sorprender el mayor número
de percepciones diferentes que provoca según quien lo contempla.
Pero el Románico pronto se introduce en las dimensiones interiores,
despierta sentimientos (recogimiento, reconfortación); espolea
la imaginación, nos traslada a una época donde conviven
grifos y arpías con soldados y reyes magos, todos tan reales
como cotidianos; estimula el pensamiento y la memoria, restaura la herencia
de la que goza el Pueblo de Dios, comprometido con su transmisión.
En definitiva, el Románico nos llega al centro del corazón,
deja su huella en ese estadio interior común a todos los hombres,
demostrando su carácter integrador de toda la humanidad. Este
sí es un arte para la Paz.
