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Monasterio de Santa María de Villamayor, Asturias

Viernes, 19 de enero de 2018

 

El pueblo de Villamayor, perteneciente al concejo de Piloña y en plena ruta del Oriente de Asturias ocupa un territorio poblado ya desde la Prehistoria  pues en lugar bien cercano  un grupo de arqueólogos halló en 1994 restos humanos de Homo Neanderthalensis con más de 43.000 años de antigüedad:  la Cueva del Sidrón, el mayor yacimiento de esta especie extinta del género Homo  conocido en la Península. La presencia romana queda constatada a su vez por el propio nombre de la villa que puede proceder de Villa Maiore, además de algunos restos arqueológicos como una lápida expuesta en la fachada de una de las  casas de Villamayor.

El estilo del monasterio de Villamayor semejante al Románico internacional del siglo XII induce a pensar que su fundación es anterior al primer documento conservado que menciona el monasterio plenamente consolidado y a cargo de una abadesa con fecha de 1231. Tal como ocurre con otros monasterios de la misma época, Cornellana por ejemplo, pudo tratarse de una fundación particular en régimen de herederos originada en la antigua villa tardorromana; una pieza empotrada en los muros en 1641 lleva grabada la fecha 1003, y parece ser ésta la fecha de fundación, pues así lo atestiguan los libros de cuentas de la parroquia que registran la obra de encastrar esta pieza en el muro de la iglesia. Alguna familia de la nobleza local como los Alvarez de Asturias, Señores de Noreña, a buen seguro fundó el monasterio aunque no existe plena seguridad al respecto. La regla de San Benito entró en vigor en Asturias en el siglo XI por lo que se asume que las monjas que habitaron este cenobio pertenecieron a esta orden.

Las reformas que emprendió a finales del siglo XIV el obispo ovetense don Gutierre de Toledo con intención de reencaminar la vida monástica, trajeron consigo la clausura de este monasterio y del cercano de Soto de Dueñas, pasando a formar parte de San Bartolomé de Nava y entregando Villamayor a la orden del Císter. En 1402 regresaron las monjas benedictinas a l monasterio por influencia del obispo don Guillermo de Verdemonte, poco favorable a la orden del Císter y además con la anexión en 1441 de Soto de Dueñas. Poco después, en plena época de bonanza para el cenobio benedictino,  la reforma de la orden emprendida por los Reyes Católicos con el fin de centralizar las instituciones monásticas pone fin a su andadura al anexionarlo a San Pelayo de Oviedo quedando deshabitado en 1603.

El monasterio de Villamayor contaba con dos iglesias, la de Santa María como iglesia conventual, y muy cercano el templo de San Pedro, que cumplía funciones de iglesia parroquial y que no ha llegado a nuestros días por haber sido demolida en 1929 para construir la parroquia actual, aunque los estudios arqueológicos muestran que correspondía a una construcción altomedieval al estilo del siglo XI, quizá el origen de todo el conjunto al que se agregó con posterioridad la de Santa María al consolidarse la vida monástica. De hecho, la primera iglesia fue sujeto de más atenciones por parte de las monjas de San Pelayo cuando el conjunto conventual pasó a formar parte de éste, que la propia iglesia de Santa María que contemplamos hoy día, y que  ya en el siglo XVI en palabras de la comunidad de Oviedo amenazaba ruina.

En 1761 el obispo don Agustín González Pisador reclamaba atención a San Pelayo sobre el peligro de derrumbe que amenazaba la iglesia de Santa María, aconsejaba derribarla hasta el arco toral cerrándola así y conservándola como ermita, obra que no se realizó como así muestran  algunos dibujos decimonónicos, progresando su ruina hasta que tras la invasión francesa la nave termina de hundirse. En 1814 se utiliza el lugar como cementerio y en 1910 se construye una escuela adosada al ábside utilizando posiblemente  los paramentos de la nave. Del edificio románico original han llegado a nuestros días la cabecera, el tramo de arranque de la nave y la fachada meridional.

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La iglesia de Santa María consta de nave única y ábside semicircular al modo benedictino del Camino de Santiago en el siglo XII y similar a otros templos vinculados a este convento como San Juan de Amandi o Santa Eulalia de Ujo.  Al interior se accede a la cabecera a través de un gran arco triunfal de medio punto con roscas dobladas y guardapolvo ajedrezado, que reposan sobre capiteles de entrelazos vegetales, con hojas planas y nervadas de ápices curvados. Decoran el ábside dos líneas de imposta, de billetes la superior y trifolias la inferior, demarcando dos paños horizontales.  El paño inferior presenta arquería ciega compuesta de ocho arcos de medio punto que reposan sobre columnas pareadas las del centro del tramo recto, rematadas por capiteles troncopiramidales adornados con motivos vegetales y zoomórficos. El paramento superior adorna únicamente con vano de medio punto.

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Exteriormente se eleva sobre un zócalo y aparecen limitados ambos lienzos con impostas a semejanza del interior, dos robustas columnas alcanzan la cornisa elevándose desde el zócalo. Un rico repertorio de canecillos y metopas completan una estructura equivalente a las mejores construcciones del Románico internacional.

Dos talleres trabajan simultáneamente, uno de ellos continuador de la tendencia preciosista original del entorno ovetense y de influencia francesa , y un segundo del denominado taller de Villaviciosa cuyos relieves más notables se encuentran en los templos mencionadas con anterioridad de Amandi y Ujo.

El primer taller guardaba sin duda relación con el que trabajó los relieves de  San Pedro de Villanueva, Soto de Dueñas y elaboró las piezas conservadas en San Miguel de Cofiño, que no se descarta que pertenecieran a Villamayor. Elaboró este taller las piezas exteriores de la cabecera, la portada meridional y el arco triunfal. Destaca el detalle y el naturalismo. Predomina la temática vegetal idealizada característica de la segunda mitad del siglo XII y primeras décadas del XIII, estética  cercana a la humanización y sensibilidad que anuncian el gótico.

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La portada meridional destaca en arimez bajo un tejaroz con cornisa y canecillos. Presenta arco de medio punto con tres arquivoltas lisas y guardapolvo ajedrezado, asentadas las dos roscas externas sobre columnas acodilladas coronadas con capiteles de fina labra. Los capiteles de las jambas decoran con elementos vegetales y pareja de aves que parecen águilas, símbolo de divinidad desde tiempos antiguos. Este modelo de procedencia borgoñona llegó a través del Camino de Santiago a los talleres ovetenses y resalta a su vez en los capiteles de la ventana del ábside, al interior y exterior.

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En un sillar a la derecha de la portada aparece en bajorrelieve y muy erosionada la escena de la “despedida del caballero”, habitual en el repertorio ovetense y símbolo de los ideales del amor cortés y la cultura caballeresca, destacando el papel de la aristocracia feudal en una etapa histórica en que las Cruzadas a Tierra Santa y la lucha contra el Islam eran temas habituales en los cantares juglarescos.

Los capiteles troncopiramidales que coronan las columnas adosadas al ábside muestran unas estilizadas aves afrontadas y con la cabeza vuelta entre palmetas y volutas que pudieran emular aves del paraíso según la tradición clásica. Bajo la cornisa un rico repertorio ornamental de treinta y dos canecillos con cabezas zoomorfas, zancudas de fino plumaje, atlantes, modillones de lóbulos… Las metopas destacan por el virtuosismo de una labra similar a  la de la Cámara Santa de la Catedral de San Salvador.

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El  interior del ábside muestra la participación de los talleres que intervienen en la comarca de Villaviciosa y la ruta que siguen los peregrinos que viajan desde León hasta Oviedo. Aparte de las similitudes en estilo las marcas de cantero coinciden con las existentes en Ujo y Amandi, así como en Lugás, Valdedios, Cenero y Serín. La arquería mural se sustenta en capiteles de talla bastante esquemática. Seis de los capiteles consisten en gruesas hojas lanceoladas dobladas con un fruto esférico en el vértice. En el capitel geminado del lado del Evangelio parejas de aves afrontadas que pican un extraño árbol, y que puede estar relacionado con un mensaje salvífico de las almas en el paraíso. En otros dos capiteles aves de largo cuello y un sapo o pez y que tal vez evoca el ibis, que según los Bestiarios medievales consume carroña y peces muertos simbolizando el placer mundano. Felinos afrontados de cuerpo contorsionado para adaptarlo al espacio del capitel, y cabezas de felino devorando el propio capitel, que pueden simbolizar el bíblico Leviatán, tal vez derivado de leyendas galas que recorren la geografía románica hasta la costa asturiana.

Bibliografía:

Enciclopedia del Románico. Fundación Santa maría la Real de Aguilar de Campó.

Románico en Asturias. Mª Soledad Martínez Álvarez. Ed. Trea.

 

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