41. La mujer adúltera
© FRANCISCO JAVIER OCAÑA EIROA

El Arte Románico es simbólico en su estructura general. Establece los principios del mal y del bien, a los que añade el del perdón y arrepentimiento, como condiciones diferenciadoras de salvación y condenación en referencia al mundo escatológico. No establece baremos intermedios, sino modificadores de las malas conductas, para confeccionar un mundo de perfección al que deben aspirar y practicar todos los creyentes.

Ese simbolismo va a conducir al arte cristiano a ser representado por medio de fórmulas visuales adecuadas a los propósitos de quienes las formulen. Primero se crea la categoría de lo que es bueno y malo, para después pasar a su representación simbólica.

Los textos bíblicos son el hilo conductor. Lo son como interpretación alegórica de los sacramentos y la liturgia, donde el pan se convierte en carne de Cristo y el vino en su sangre. Donde los misterios de la fe se desarrollan como comics en los tímpanos y fachadas de las iglesias, exaltando el sacrificio de Isaac a categoría suprema de fe, o la Anunciación como paso decisivo de la Redención.

Pero también existen unas categorías menores, más domésticas, como son la extensa franja de actitudes diarias que el creyente debe adoptar para llegar a igualarse a los santos, y conseguir la salvación eterna, máximo simbolismo al que se puede aspirar dentro de la religión.

El Arte Románico en sus distintas formulaciones escultóricas fue fundamentalmente didáctico, obediente en el papel que se le otorgó de difundir, por medio de sus representaciones todo el caudal teológico y práctico del buen camino. Lo hizo por medio de símbolos que, en muchos casos, no eran totalmente percibidos, pero que trataban de hacerlo con modelos claros y sencillos.

Eso es lo que ocurrió con una escultura de la catedral de Santiago denominada secularmente como La mujer adúltera. Está ubicada en el tímpano izquierdo de la entrada sur a la catedral, en la fachada de Platerías. Siempre se la ha comprendido con esa calificación por ser categoría que le atribuyó un clérigo como castigo de su esposo, obligada a besar dos veces al día la calavera de su amante.

La adjudicación de la bondad o maldad religiosa de los hechos la realizaban los clérigos que, apoyados en la interpretación de los textos evangélicos, sancionaban o premiaban las actitudes de los creyentes. Lo hacían por medio de la indicación a los escultores de las distintas representaciones de vicios y virtudes. En otras ocasiones sancionaban lo que veían en una interpretación personal que después se convertía en obligatoria para todo el mundo que se acercase al motivo. Eso es lo que lo ocurrió a la imagen de la que nos ocupamos.

El primer dato medieval, y el único, en el que aparece así citada es en el Códice Calixtino, en el Libro V Cap. IX que refiere la descripción de la puerta meridional. Al relatar los tímpanos, concretamente el de la entrada izquierda dice “… Y no ha de relegarse al olvido que junto a la tentación del Señor está una mujer sosteniendo entre sus manos la cabeza putrefacta de su amante, cortada por su propio marido, quien la obliga dos veces por día a besarla. ¡Oh cuán grande y admirable castigo de la mujer adúltera para contarlo a todos … ”.

La cita en si, y la figura arqueológica, han sugerido casi hasta la actualidad unicidad de criterio, que se diría hoy de “pensamiento único”, en cuanto representación del mal lujurioso del engaño marital.

La crítica general lo ha aceptado como un exemplum literario que fraguó el cronista del Códice, transposición y trasunto normalizado de la literatura a la arqueología, en unión docente interesada de los peligros de ese tipo de trasgresión de la conducta humana. Todo dentro de los efectos de literatura simbólica y representativa.

La mujer adúltera de la fachada de Platerías.
Catedral de Santiago.

Pero no se juzga en Platerías la lujuria en los términos clásicos medievales, que supondría una mujer semidesnuda a la que distintos animales repugnantes muerden sus órganos genitales, como sucede en el Pórtico de la Gloria, en la fachada de Santa María la Real de Sangüesa, o en San Miguel de Estella. Es el cronista del Códice (1140-1160), clérigo francés, quien introduce al espectador en la interesada interpretación de la figura, pero al que nadie le ha explicado que en 1117 hubiera una rebelión ciudadana e incendio de la Catedral, que debió dañar considerablemente ese lugar.

Esa figura sufre una enorme mutilación en todo su lado izquierdo para adaptarla al marco, aduciendo una segura y apresurada colocación en ese lugar para reponer los daños causados como consecuencia de la revuelta, aparte de entender su no conexión con el programa teológico del tímpano.

La belleza de la imagen, lo ceñido y aligerado de sus ropas, debió inducir a adjudicarle la idea lujuriosa relatada, sin apreciar cómo se había penalizado ese tipo de vicio en la escultura monumental a lo largo de las fachadas, arcos, arquivoltas, capiteles y aleros de tejados.

Desconocemos la idea del escultor de esa figura, y tampoco conocemos la simbología inicial. Sólo tenemos conocimiento de la categoría que un clérigo francés llegado a Compostela en peregrinación le atribuyo, siendo base de interpretación simbólica hasta la actualidad.

Es necesario comprender en el Arte Románico el carácter simbólico de la escultura, pero hacerlo adecuadamente en el marco preciso, lo que se hace harto difícil ya que el autor se llevó su simbología a la tumba. La interpretación es ya otro mundo.

Por eso nosotros nos quedamos, porque tenemos el mismo derecho a la interpretación que el clérigo, con la idea de la representación de la belleza y juventud frondosa de la mujer, que enfrenta la fea realidad de la muerte en la representación de la calavera; consejo y advertencia al género humano ya literariamente expresado “…cómo se pasa la vida y cómo se viene la muerte…“, en un proceso más profano y conmovedor que lo relatado en el Códice Calixtino. Belleza y juventud enfrentadas a decrepitud y muerte, sentido escatológico de la brevedad de la vida y el tránsito efímero.

Consideremos lo escrito como un corto ejercicio de bipolaridad simbólica interpretativa con fines más benévolos que los del cronista del Códice, para tratar de darle a la figura de mujer, y a su memoria, cristiana sepultura deseándole lo que los romanos hacían a sus muertos y ponían al final de las laudas sepulcrales: H. S. E. S. T. T. L. (Hic Situs Est Sit Tibi Terra Levis) - Aquí está enterrada que la tierra te sea leve).

Amén, que así sea.


01.- Causas de su aparición
02.- Modos, estudios y maneras
03.- La unidad medieval
04.- Herencias y realidades
05.- Un mundo en expansión
06.- Circunstancias y variaciones del nombre "Arte Románico"
07.- Atracción y deleite
08.- La España del Arte Románico
09.- Promotores y mecenas
10.- Artista y artesanos
11.- Clasificación del Arte Románico
12.- El Primer Arte Románico
13.- El Segundo Arte Románico
14.- El Tercer Arte Románico
15.- Las escuelas regionales
16.- El monasterio: Fundamento y desarrollo
17.- La arquitectura monacal
18.- La arquitectura
19.- Del buen cálculo de la obra
20.- El muro
21.- Los ábsides
22.- Las bóvedas
23.- El altar
24.- Las iglesias porticadas
25.- El claustro I
26.- El claustro II
27.- La puerta
28.- El tímpano
29.- Las portadas
30.- Los puentes
31.- El Pórtico de la Gloria
32.- La escultura I
33.- La escultura II
34.- Monstruos y animales
35.- Las sirenas
36.- Maiestas Domini y Tetramorfos
37.- El Agnus Dei
38.- La Psicostasis
39.- La Dextera Domini
40.- El crismón
41.- La mujer adúltera
42.- La pintura
43.- Las pinturas del Panteón Real de León
44.- La pintura en los altares
45.- Orfebrería
46.- Esmaltes
47.- Eboraria
48.- Theotokos, la Madre de Díos
49.- Libros iluminados: los Beatos
50.- A modo de conclusión
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