El Arte Románico tuvo en los monasterios a los mejores aliados del
estilo, y a la vez, un especial desarrollo de vida religiosa.
El monasterio es un proyecto de servicio eclesiástico. San Benito lo
declara como “Domus Dei”, la casa de Dios. Semeja a la diáspora
apostólica en la divulgación de la fe, ya que se realiza por medio de la
evangelización de mundos nuevos, dentro de formulaciones puramente
espirituales. Pero a la vez es un proyecto funcional de infraestructura
y acomodo.
Su construcción como realidad religiosa habrá de atender al espíritu de
los propios y de los ajenos. Deberá cuidar su espíritu material, pero
también la transmisión evangélica, el cuidado de la fe, que es lo que
buscaban encontrar los monjes en los lugares apartados donde querían
fundar un mundo diferente al que abandonaban.
EL monasterio es un mundo cargado de espiritualidad, arte, economía, y
poder. Se convertirá en el dinamizador local
de las atonías geográficas y sociales en el mundo en que se instale, de
redimensionarlas y potenciarlas. Consiguiendo el beneficio económico de
la zona se perpetuará la existencia del monasterio, pues lo invertido
debe dar rendimiento propio para tratar de ser autosuficiente, como
indica la Regla de San Benito.
Llegaron a ser verdaderos centros de poder, con repercusión en las
sociedades civiles donde se asentaban. Modificaban el hábitat de la
comarca. Eran un elemento fundamental en la interacción social del
momento entre la monarquía, los nobles, y el pueblo, con influencia en
las esferas políticas a causa de la realidad de las fundaciones y
donaciones, las maniobras para mantenerlas y mejorarlas, los logros
económicos, la ansiada independencia eclesiástica con respecto a los
obispos y el Papa.
La relación de los cenobios con la nobleza casi siempre fue de buen
entendimiento, porque quien quiere crecer, debe buscar el amparo de
quien puede colaborar en su elevación, algo que fue bien entendido desde
el principio por los poderes eclesiásticos. Sin esa ayuda es difícil
comprender el nivel que alcanzaron.
Los beneficios podían venir a través de la colaboración directa de la
fundaciones o también de exenciones de impuestos, así como de la
protección jurídica y personal. Los monjes ofrecían oraciones por
protección y amparo económico. Los nobles lo concedían a cambio de
oraciones y plegarias por sus almas. Intercambiaban el cielo por la
tierra en un pacto existencial de subsistencia para poder perpetuarse
sin dificultad. Fundan y dotan casas en vida, pero también en mandas
testamentarias que refieren los documentos como “pro anima”, “pro salute
anima”, siendo asilos en la vejez y panteón en la muerte.
Pero gran parte del poder e influencia social directa estaba
fundamentada en la actividad y explotación agropecuaria, dinámica
inherente a la colonización de nuevas tierras, la mejora de los recursos
existentes, roturación tierras incultas y el aprovechamiento recursos
hidráulicos.
El sistema de ocupación de las tierras venía otorgado por las
propiedades de la propia fundación del monasterio. Su explotación en
principio correspondía a la labor de los monjes en su sentido del
trabajo y la oración como método de salvación y de subsistencia de la
comunidad. Con el tiempo, y por la abundancia de los terrenos que se
iban adquiriendo, permutando o comprando, fue necesario servirse de otro
tipo de mano de obra, e incluso arrendar parte de sus tierras de labor.
Había también terrenos en los campos cerrados por la tapia del
monasterio que proporcionaban los alimentos suficientes para la economía
doméstica, completada con establos, molinos, fraguas, talleres y todo
tipo de servicios necesarios para desarrollar la vida económica de la
comunidad.
Santo Domingo de Silos, Burgos. Monasterio y pueblo
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Existía también dominio territorial sobre diversidad de tierras lejanas
en las que cultivaban viñas, recogían forraje, alimentaban ganado,
curtían pieles en batanes, molían harina. Todo lo que les proporcionara
suficiente alimento si la comunidad necesitara más de lo que la humilde
huerta del monasterio pudiera proporcionar. El sistema de control de
esas propiedades alejadas se hacía mediante prioratos o granjas regidas
por monjes, que rendían puntuales cuentas al cenobio al que pertenecían.
Lo cierto fue que gran parte de la vitalidad económica de los reinos
cristianos medievales estaba en manos de los monjes. Llegaron a ser
auténticos imperios económicos. Todo producía ingresos en un tipo de
sociedad que rechazaba el lujo y negaba el despilfarro en la clásica
dicotomía de las órdenes monásticos donde os individuos son pobres bajo
voto, y la comunidad inmensamente rica. A principios del siglo XIII la
abadía francesa de Morimond llegó a poseer 1600 hectáreas, 700 bueyes y
2000 cerdos.
No todo fue economía y poder en los monasterios. También atendían las
necesidades religiosas y culturales propias y del entorno. Nadie puede
negar la labor asistencial a la fe que desarrollaron, ni la salvaguarda
de los valores culturales.
Aplicaron la cultura como una necesidad interior en el estudio de la
filosofía, la literatura o la teología, pero también cuidaron de que
tuviera repercusión en las escuelas que fundaban en sus cenobios para
promoción de las gentes que con ellos habitaban o se acercaban a sus
monasterios. Fueron durante mucho tiempo los únicos centros de enseñanza
en muchos kilómetros cuadrados a la redonda hasta la llegada de las
universidades y las escuelas catedralicias, enlazando con los tiempos
modernos en la multitud de jóvenes que ingresaban para recibir
enseñanza, y que después de recibirla profesaban como oblatos o se
marchaban. Las obras de arquitectura, escultura o pintura que poseía el
monasterio fueron cauce de influencia y desarrollo de nuevas metas en
las regiones limítrofes.
Pero no todos los monasterios eran iguales. Los había grandes y
pequeños, poderosos y dependientes, con dispar influencia en la
sociedad. No fueron lo mismo Silos, Las Huelgas o Sahagún, que los
innumerables, perdidos de nombre y olvidados monasterios que dependían
de ellos, como si de una explotación agrícola más se tratase. La
historia de los monasterio la conocemos por los grandes, pero la gran
existencia de los pequeños viene a refrendar la importancia del
movimiento. Nada que no sea parecido a lo que sucede hoy en día con las
entidades monacales..
Por los grandes es por los que podemos reconstruir la historia del
monacato, por sus documentos, por sus posesiones, por lo que ellos
aportaron a la historia, la cultura y la civilización a la que
pertenecemos.