El Arte Románico llama hoy poderosamente la atención por el admirable canon de belleza y equilibrio que muestran sus formas, teniendo en cuenta la
escasez de medios de los que disponía para llegar a resultados de tal armonía.
Hoy añadimos a ese equilibrio la belleza de los paisajes donde instalaban sus construcciones: en hermosas y solitarias geografías, en lo recóndito
de valles silenciosos y apacibles, en atractivos altozanos, o en las recónditas plazas de las villas.
Lo hacían buscando la funcionalidad que refiere la Regla de San Benito, que demandaba que en un monasterio hubiera todo lo necesario para que el monje
no tuviera que salir a buscarlo y así no poner en peligro su alma. Como dice mi buen amigo Ramón Molina, monje del monasterio benedictino de San Salvador
de Leyre en Navarra “... agua y soledad no faltaban ...” refiriéndose a la fundación altomedieval de su cenobio.
La primera como elemento primordial de la vida, y la segunda como búsqueda deseada para la práctica de la oración en el solaz de la tranquilidad,
lejos del bullicio de la civilización activa que distrajese la norma de vida que se habían impuesto: la consecución en comunidad de la Jerusalén celeste.
Después habría que adecuar los edificios a las necesidades de esa colectividad de hombres o mujeres que las habitarían con pobreza y humildad, para
comenzar su vida cenobítica en la precariedad de módulos sencillos, pero funcionales que resistieran el paso del tiempo.
Hoy todavía nos sorprende que, a pesar del paso de los siglos, podamos disfrutar de la atmósfera que los monjes gozaron cuando decidieron la ubicación
de sus templos; porque todavía están en pie los edificios, y aunque algunos en ruinas otros realizan aún la función para la que fueron creados hace
cientos de años. Se debe añadir a tal situación la presencia de un hábitat que apenas ha sido modificado: la naturaleza que acoge tan bellas
edificaciones. Allí sigue, perenne, atractiva, expresivamente viva la obra medieval para disfrute de quien la visita.
La vida del hombre moderno está sometida a prisas, al ajetreo de un trabajo ferozmente competitivo y brutal que devora la capacidad humana de sosiego
y comprensión. Todo camina tan aprisa que no hay tiempo para la reflexión, para el recreo tranquilo y apacible del legado de su propia historia. No es
capaz de comprender más que el presente intentando afianzar el futuro en una vorágine que le hace perder la conciencia de su pasado. Por eso necesita de
referentes que, sin despreciar el presente ni el futuro, le haga comprender el pasado, cuanto más remoto mejor.
San Pantaleón de Losa. Las Merindades, Burgos.
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Tengo la impresión que ese es uno de los éxitos del atractivo del Arte Románico en la actualidad, el que pueda hacer comprender la vida desde un punto
de vista de mayor equilibrio, como el que tienen esos edificios antiguos que a pesar de tener existencia en una civilización tan avanzada como la nuestra
siguen presentes para nuestro goce, pero sobre todo para mostrar el camino de la historia y de lo poco que somos en el transcurrir de los tiempos.
Esta íntima asociación de atracción y deleite tiene que ver mucho con el redescubrimiento de la naturaleza como bien del ser humano, a modo de una
segunda época romántica, de un renacimiento de los valores naturales impulsados por el bienestar de la contemplación y el disfrute de lo eterno. No
diría yo que el éxito del Arte Románico esté emparejado con el del turismo rural o el Camino de Santiago, pero no están en coordenadas distintas, pues
si uno de esos placenteros turistas o caminantes trata de descansar incluirá en su alivio la visita de los alrededores del lugar, y con toda seguridad
encontrará una iglesia románica dispuesta para redondear su jornada. Si llega al atardecer a un monasterio, le explican bien el monumento y puede oír el
canto gregoriano de Vísperas en el atardecer del día, habrá completado la ecuación de atracción y deleite de la que estamos hablando.
Este profesor, que escribe después de 30 años de trabajo de campo y de más de 250.000 kilómetros recorridos en busca de iglesias románicas, sigue
todavía emocionándose cuando vive personalmente las coordenadas que señala para los demás. Puede aumentarse más la emoción al tener la oportunidad
de residir con una comunidad de monjes durante algún tiempo, comprobando “in situ” una lección de historia inolvidable para mucho tiempo. En una
reciente estancia en el monasterio de Silos, dos entrañables amigos se sorprendían, como neófitos que eran en esa vivencia, de que allí nadie se metiera
con nadie y de que existiera fraternidad en el trato, independientemente de la idea política, religiosa o situación económica que se disfrutase.
Quizás sea ese el mundo que muestra el Arte Románico y el de los monasterios, que sin cambiar valores eternos sobreviven con toda su integridad humana,
arqueológica y geográfica a los despropósitos de la vida actual. Ojalá que este arte, u otro cualquiera, sirva para no perder de vista el equilibrio
necesario en el ser humano y no consentir la rebarbarización del hombre.
Podemos constatar al menos que el Arte Románico ha contribuido a ello en la medida de sus posibilidades con el esplendor de sus edificios y sus
localizaciones, que a todos nosotros solaza cuando alcanzamos el disfrute de esas piedras milenarias.