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Crónica de la XXIII JDRL de Asturias/Cantabria: Edades del hombre e iglesias de la Ojeda

Lunes, 19 de noviembre de 2018

 

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Aguilar de Campoo… , o mejor dicho, aprovechando la   exposición anual de Las Edades del Hombre, que se celebra esta vez en la referida localidad  palentina bajo el lema MONS DEI (Monte de Dios), clara referencia a la montaña palentina cuyo epicentro no es otro que Aguilar de Campoo,  los astur-cántabros de AdR nos reunimos hace unas semanas ante la portada de la ermita de Santa Cecilia del homónimo lugar, dando comienzo   al itinerario oficial del referido evento de arte sacro.

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Aunque la mayoría  de nosotros ya conocíamos de antemano  el interior del templo, tal motivo no nos impediría, que,  aquella mañana soleada del inicio del otoño, sumáramos un buen número   de asistentes atraídos tanto por contemplar de nuevo uno de los capiteles del arco triunfal, -si no el mejor labrado del románico castellano, sí, por lo menos, uno de los mejores, hablamos, por supuesto, el de la Matanza de los Inocentes-, como también por ver las piezas sacras expuestas, traídas  para la ocasión desde distintos lugares de la geografía castellano-leonesa. Por lo tanto,   la jornada matinal reunía  todos los alicientes para resultar provechosa.

A ser el recinto de dimensiones reducidas,  la organización controlaba con meticulosidad el acceso  por que en el interior no coincidiera un número exagerado de visitantes.  Una profusión de tallas, cuadros, esculturas se sucedían bajo  un silencio impuesto por los vigilantes. Como era de esperar nuestra atención se alargó más de lo previsto no sólo ante el referido de los Inocentes sino también con otros capiteles, aunque cincelados con una técnica más tosca, no dejan de ser interesantes: el sacrificio de Isaac, la venta de José por sus hermanos, lides de guerreros, animal diabólico acosando a un personaje recostado, guerreros en fila y lucha de un guerrero contra un cuadrúpedo.

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No transcurrió más de una hora cuando nos dirigimos, dando un paseo, hasta la Colegiata de San Miguel, ubicada en un lateral de la espaciosa plaza de la villa. La entrada al recinto litúrgico no nos resultó esta vez tan lenta como la anterior, sino más fluida, ya que la capacidad de acogida de visitantes es mucho mayor, nos sentíamos menos agobiados. La distribución por compartimentos de todo el recinto religioso realizada para repartir las piezas religiosas trasmitía una impresión de estar en uno de tantos museos diocesanos de provincias. A parte de exponer un mayor número de obras artístico-religiosas,  a los románicos nos impelía la curiosidad de admirar la pila bautismal de la iglesia parroquial burgalesa  de Redecilla del Camino. La localizamos en el centro de una salita que concitaba el interés de un buen número de visitantes.  El artífice esculpió entorno de la copa la figuración de la Jerusalén celeste apocalíptica, ornando toda su embocadura con cenefas de mimbres entrelazados y separando las murallas superpuestas con hiladas de zig-zag, líneas sogueadas y bandas de perlado.

Algo más cansados esta vez, finalizamos el recorrido oficial de las Edades del Hombre volviendo de nuevo a la plaza bajo un sol radiante. A la mayoría del grupo, la exposición en general nos había suscitado un sabor agridulce.

Como todavía nos quedaba tiempo suficiente hasta la hora del almuerzo unos cuantos nos dirigimos a la Plaza de la Cascajera, lugar ideal para tomar el aperitivo, junto al paseo que discurre por la margen derecha del Pisuerga. Tuvimos suerte de encontrar acomodo en una de las terrazas de los dos bares instalados en este recinto tan apacible y pintoresco.

Mas el imperativo de la hora y las ganas ya de comer nos apremiaron  a encaminar nuestros pasos al restaurante “Casa Cortés”, en donde ya nos esperaban los AdR del País Vasco, que habían empleado la mañana  visitando algunas  iglesias románicas del contorno. A pesar del elevado número de comensales no fue un hándicap para los camareros, que demostraron ser unos verdaderos profesionales.

Tras una sobremesa donde reinó la camaradería entre vascos y astur-cántabros,- incluyendo los sorteos de los regalos-, comenzaría las visitas vespertinas en dos grupos, acompañados cada uno con los guías de la Fundación Santa María la Real y del Patrimonio: Cristina y César.

La primera parada fue en la iglesia de Santa María de Cozuelos, enclavada en una propiedad privada de la comarca de La Ojeda. Gracias a su titular el edificio  se ha conservado sin ningún añadido que hubiera desfigurado la armonía arquitectónica de finales del siglo XII. Recorrimos el recinto interior atendiendo las explicaciones muy ilustrativas de la guía y, a la vez, fijándonos en las águilas explayadas esculpidas en los capiteles que daban la sensación de echarse a volar en cualquier momento. En la nave adyacente al muro norte se ha instalado, con buen criterio, una sala con la exposición de algunas de las piezas del desaparecido claustro monacal (los capiteles de las Marías ante el sepulcro y el Pesaje de las almas), como también otras de un edificio mozárabe del siglo X (canecillos, capiteles, molduras), que según las fuentes existió en el mismo lugar. En el umbral de la puerta meridional se lee una inscripción: Nicolao me fecit.

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Tomando la dirección norte llegamos en un santiamén a la ermita de San Pelayo con la puerta abierta,  decimos abierta porque siempre permanecía cerrada en otras ocasiones; no así, por lo visto, durante la celebración de las  Edades del Hombre que permanecen con las puertas abiertas de par en par la mayoría de las iglesias palentinas. Una medida acertada y muy bien acogida por los visitantes.  Cristina, nos hizo ver la importancia de este reducido edificio tanto del ábside semicircular con arquillos lombardos como el recinto del altar  en cuya bóveda perduran unas pinturas románicas -bastante deterioradas, a pesar de su reciente restauración- que representan a Cristo en majestad con algunos de sus apóstoles, y un obispo con el báculo en una de las jambas del arco triunfal. Una lápida testifica la consagración de la ermita en el año MCXIII (1076).

A corta distancia se encuentra la iglesia parroquial de Perazancas, nuestra siguiente parada. Lo más destacado es la portada:  de medio punto, con tres arquivoltas. La central se adorna con dieciséis personajes sedentes distribuidos de manera radial, alternándose músicos tañendo diversos instrumentos, y otros con cabeza de animal; escenas de lucha y posible representación de gremios y danzarines.

Antes de que se echara la noche, nos dirigimos a la última de la jornada:  San Juan Bautista de Moarves. A igual que la iglesia de Perazancas es la portada lo que atrae la vista por su maravillosa y profusa decoración. Es de medio punto con cinco arquivoltas, alternándose las roscas con molduras ajedrezadas, baquetones, y palmetas dobladas. Seis capiteles recogen la descarga de aquéllas Todas las cestas se  adornan con temas variados sobresaliendo el de Sansón desquijrando al león, los guerreros, los músicos, unos hombres abrazados y la danzarina. Las interpretaciones de las cestas historiadas son variadas entre nosotros y a cada uno le sugiere una propia.  Es en el friso, empero, donde está la excelencia del programa escultórico. En el centro del panel aparece Cristo en majestad, sedente y orlado de una mandorla de cuatripétalas, rodeadas de ondulantes tallos vegetales. En su habitual hieratismo  bendice con su mano derecha y con la otra sostiene un libro. Flanquean el clípeo un Tetramorfos. Al lado de éste se labra  un Apostolado, con seis personajes a cada lado.

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Tanto tiempo habíamos dedicado a la contemplación de la fachada, que casi nos cierran la puerta por haber finalizado el horario de visitas. Tras convencer al encargado de que sólo queríamos ver la pila bautismal accedió, con semblante contrariado, a nuestra petición. Un apostolado con el Pantocrator y la Virgen adornan toda la pieza de arenisca. Las figuras se separan entre sí por columnillas sogueadas rematadas por arcos de medio punto.   

Ya entre dos luces vinieron las despedidas porque ya era hora de retornar a nuestros respectivos hogares. Habíamos compartido no sólo las visitas con nuestros amigos vascos sino también, lo más importante, habíamos trabado lazos de amistad entre todos, como es una de nuestras premisas: la amistad. 

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