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Crónica de la Jornada por Soria de los ADR cántabro-astures

Lunes, 16 de julio de 2018

 

Hemos vivido un intenso fin de semana. Inmersión en el omnipresente Machado, en el calor de la meseta castellana, en las vísperas de las fiestas de San Juan, en la románica Soria.

El plan de las jornadas era igualmente intenso y completo. Se podría resumir diciendo que el primer día trabajaríamos el recinto amurallado, y el domingo, la ribera del Duero.

La cita de inicio de la visita nos situaba junto a la ermita de Nuestra Señora del Mirón. Desde ese mirador del Mirón, valga la redundancia, nos ofrecieron una introducción, tanto geográfica como histórica, y comenzamos nuestra andadura. Pudimos comprobar el tamaño de la ciudad antigua, pues recorrimos por las calles el aspecto imaginario de la muralla medieval, a través del típico trazado urbano de las rondas.

Comprobamos también la limpieza de la ciudad, así como la acertada señalización, tanto de los restos de la muralla, como de los hitos relacionados con Machado y Santa Teresa, también asociados con tierras sorianas.

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Nuestro primer destino nos llevó toda la mañana, como era esperado: Santo Domingo. Su portada bien merecía una profunda explicación, así como matizaciones y aportaciones de muchos a los comentarios de nuestro guía, a veces abrumado por los conocimientos de algún que otro participante en las jornadas.

Antes de comer, nos acercamos a San Juan de Rabanera, de la que apreciamos su exterior, ya que coincidimos con una boda, y no pudimos entrar.

La parada en el hotel Alfonso VIII sirvió para charlar amistosamente en la sobremesa, y retomamos fuerzas para la calurosa tarde que nos esperaba.

Continuamos, pues, con nuestro recorrido más o menos circular por el casco antiguo, visitando las ruinas de San Nicolás, incluida su pequeña cripta, no accesible al gran público. Desde allí nos dirigimos a la Concatedral de San Pedro. Allí pudimos admirar con detenimiento los detalles del claustro románico.

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Así, nos plantábamos en el río, casi. Como ya se hacía tarde, algunos se retiraron a sus alojamientos, mientras otro grupo se acercaba a las ruinas de San Ginés, bien pegados a los restos de la muralla. De ese modo, se concluía prácticamente ese recorrido circular pretendido al principio de la jornada.

Comenzamos el domingo descansados y citados junto al Duero, que iba a ser el protagonista de la mañana. San Juan de Duero nunca defrauda: admirar su famosísimo y variado claustro fue una delicia, mientras más de uno, y de una, buscaba el refugio de las sombras que proyectaban las esbeltas columnas. La estructura del interior y sus espléndidos capiteles también nos llevaron su tiempo. No faltaron abundantes fotografías para llevarse un recuerdo gráfico de la mañana.

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Emprendimos el tramo final: más de un kilómetro para alcanzar la ermita de San Saturio, por la soleada ribera del Duero. La recompensa estuvo en la gruta que acoge la iglesia, barroca por cierto, a la que llegamos. La temperatura del interior era como volver al otoño en un segundo. El paraje es espléndido. Nos imaginamos cómo podría ser ese entorno en el Medievo, recordando también tantos y tantos ejemplos que se conservan de templos románicos excavados en las grutas naturales en tierras del norte peninsular, especialmente.

Habíamos llegado al final de nuestro recorrido. El resto, una comida de despedida, ya fuera de la ciudad, como encrucijada de caminos, previa a la dispersión, hasta que otra Jornada nos reúna.

"¡Soria, ya!" era el lema de muchas banderas en las balconadas de la ciudad: grito reivindicativo de quienes buscan que se preste mayor atención a la situación marginal que sufre la capital del Duero. Damos fe, con nuestra visita, de que vale la pena redescubrir Soria.

 

Juan Oltra

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