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Crónica de la JdRL de primavera: por Terras de Ribadavia e Leiro

Miércoles, 09 de marzo de 2016

 

Escribo desde la distancia geográfica y ya, por desgracia, de los días. Pues hubiera deseado ser Chronos para jugar a frenar el tiempo, para detener las manillas de los relojes y así apurar aún más unos días ya inolvidables. Pido al lector que me permita sincerarme. Esta crónica va más allá de una simple redacción sobre una jornada local. Para mí ha sido más, mucho más. Veinticuatro horas que se transformaron en seis intensos días, jornadas en las que he aprendido a desayunar dos veces, a saborear empanada de maíz, a reírme de la vida; jornadas en las que he vuelto a saber lo que es acariciar un gato, en las que me he sentido arropado de infinitas maneras y no sólo por las sábanas de la cama; jornadas disfrutadas con personas especiales y queridas, de risas provocadas y otras venidas, de doma de animales desconocidos y de doma de personajillos como yo; de miradas destinadas a muros y personas que siento ahí, de conocerse y conocer en torno a una mesa con filloas y licor de café; jornadas que ya quedan en mi memoria y que, como decía, ojalá se repitieran una y otra vez.

Era un viernes 26 de febrero cuando, temprano, partía en tren camino de Santiago de Compostela. Mucho era lo que tenía en la cabeza, demasiada tensión mezclada con inevitables nervios. La última vez que pisé mi quería Compostela fue hace siete años, y era consciente de que mi vuelta resultaría algo dura al hacerlo sin un ser muy querido que la edad y la enfermedad quisieron arrebatarlo de mis brazos. Por suerte, otra gran persona me esperaba en la estación. De su mano y a la carrera, subimos hacia el casco viejo para conocer un ambiente que no me es del todo ajeno. Me sentí un privilegiado en la Facultade de Xeografía e Historia, lo mismo que durante la comida, en la que flotaban por el aire los aromas de las viandas y las palabras de una buena conversación.

Una visita relativamente rápida a la catedral, y una, si cabe, más rápida explicación de la fachada de Platerías a un ocasional grupo de turistas que tuvieron la suerte de cruzarse con mi anfitriona, pusieron nota final a unas horas regadas por el cielo. No había tiempo para más. El tren a Vilagarcía de Arousa no esperaba a rezagados que versan de románico. Así pues, con la maleta, los ordenadores, la cámara, un paraguas mojado y una bufanda de lana enganchada con las varillas, partimos con rumbo a la ría de Arousa. Allí nos esperaban. Y Allí nos encontramos todos. Cálidos abrazos, y un café con una providencial cara sonriente dibujada en la crema, fue lo primero con lo que Pontevedra me obsequió. Y mi periplo no había hecho nada más que comenzar.

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Omitiré las horas previas a nuestra salida, ya el sábado, rumbo a Ourense. Pues de buena mañana, aunque atormentada y tormentosa, el bus contratado por Augusto partió rumbo a nuestros destinos románicos previas escalas intermedias y una parada técnica sorprendida por la nieve. La ida se presentaba larga, pues la distancia así lo requería. Pero finalmente no fue así, y conversaciones y confidencias personales quedaron en la parte trasera del autocar. Al menos hasta que llegamos al primer destino: San Xes de Francelos, recoleta iglesita reconstruida en el siglo XVI, pero con una bella portada occidental prerrománica, como prerrománicos son algunos restos reutilizados en los muros, donde destaca, también a los pies, una ventana con celosía calada.

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Calados por la lluvia, partimos hasta Ribadavia, donde se visitaron tres templos a ratos bañados por el sol, y a ratos por ese arte gallego que es el líquido elemento. La primera, Santa María de Oliveira. Sencilla, recoleta, con un jardincillo a su entrada. La segunda, Santiago, más atractiva y con un óculo a poniente y unos capiteles bastante interesantes. La tercera, San Xoan, similar y no por ello carente de atención. Las tres, muy gallegas, muy románicas, muy bonitas.

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Era menester recuperar fuerzas y entrar en calor. Y sabe Dios que lo hicimos. Un sabroso cocido llenó el estómago y el espíritu. Aunque a este humilde escritor lo que le hizo enrojecer no fueron los garbanzos, los grelos y el sabroso chorizo cebollero, sino las risas acontecidas durante los sorteos que se realizaron a los postres. Y después, la mejor sobremesa: San Cristobo de Regodeigón, muy interesante, y Santo Tomé de Serantes, de la cual sobran las palabras descriptivas en torno a su volumen y calidad escultórica. Para mi gusto, la mejor iglesia de todas las vistas en la jornada local.

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La noche se fue cerniendo poco a poco sobre las casi cincuenta personas que disfrutamos el 27 de febrero de tan magnífica jornada. Atrás quedaron las tierras orensanas y la nieve. No así la lluvia, que todavía rondaría a este cronista durante el día siguiente, domingo. Por fortuna, mucho mejor hizo el lunes, el martes y casi diría que el miércoles. Aunque, seré sincero: teniendo en cuenta lo que me fue enseñado y por las personas que lo hicieron, esos tres días tuve más de un sol, por lo que la luz habría sido radiante de igual forma aunque el temporal hubiera descargado con furia.

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Hubo más románico, más excursiones, más comidas, más cenas, más meriendas y más gatos. Conversaciones, risas y llantos. Felicidad y paz. Café frente al mar, y al abrigo de Valle Inclán. Pero todo esto es privado. Sólo diré, haciendo mías unas palabras de Rosalía de Castro, que:

Cando penso que te fuches

negra sombra que me asombras

ó pé dos meus cabezales

tornas facéndome mofa

Cando maxino que es ida

no mesmo sol te me amostras

i eres a estrela que brila

i eres o vento que zoa

Si cantan, es ti que cantas

si choran, es ti que choras

i es o marmurio do río

i es a noite i es a aurora

En todo estás e ti es todo

pra min i en min mesma moras

nin me dexarás nunca

sombra que sempre me asombras.

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Javier de la Fuente, AdR 237

 

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