EL ORDO PROPHETARUM: UNA CITA INELUDIBLE
Carlos Sastre Vázquez. Enero 2008

El pasado día 30 de diciembre, cinco miembros de Amigos del Románico nos encontramos a las puertas de la catedral de Santiago de Compostela, invitados por Mercedes Pintos y Manuel Castiñeiras a disfrutar de la representación del Ordo Prophetarum, recreación de una obra teatral del medioevo sobre la que se informó en esta misma página web.

Lo primero que hay que decir es que, a diferencia del resto del público, pudimos pasear tranquilamente por los alrededores del templo mientras se organizaba una enorme cola que, partiendo de las puertas de Platerías atravesaba toda la plaza del mismo nombre. Este fue el uno de los privilegios, ya que los organizadores nos aseguraron que habría cinco plazas reservadas para nosotros.

En cuanto traspasamos el umbral, allí estaban nuestros dos anfitriones, quienes nos dirigieron a nuestras localidades. ¡Cuál no sería nuestro asombro al comprobar que eran los asientos que se reservan a las autoridades en los actos solemnes, como la ofrenda al Apóstol u otras celebraciones similares. ¿Ventajas? Además de ser infinitamente más cómodos que los duros y fríos bancos de madera en los que se acomodó el resto del público, estábamos situados casi debajo del cimborrio. ¡Jamás antes había tenido la oportunidad de contemplar tan cómodamente el baldaquino barroco! Minutos más tarde, comprobaríamos que la tercera de las ventajas consistía en casi poder tocar a los actores.

Momento de la representación del Ordo Prophetarum

Mientras nos entreteníamos contemplando capiteles medievales y triunfos barrocos, de pronto comenzamos a oír un cántico que procedía de nuestras espaldas. Nos dimos la vuelta y contemplamos un solemne desfile de personajes que venían desde el Pórtico de la Gloria, allá, en la penumbra. La Procesión de los Profetas había comenzado. Hacia nosotros avanzaban los músicos de la arquivolta, portando el organistrum, las arpas, salterios, cítaras, violas, laúdes. Con ellos venían los testigos de la llegada de Cristo: profetas (Daniel, Habacuc, Isaías…), reyes y reinas (Nabucodonosor, Reina de Saba), y personajes de la Antigüedad griega y romana: la Sibila Eritrea, Virgilio.

Todos ellos pasaron a nuestro lado y fueron ocupando sus respectivos lugares: los músicos en semicírculo (Francisco Luengo, el responsable de los arreglos musicales, siguió aquí la sugerencia de Serafín Moralejo: “el arco central –id est, la arquivolta con los ancianos apocalipticos- se tumbaba hacia atrás, adoptando una posición horizontal”. Mutatis mutandi, estamos ante lo que J.Neils imagina para la asamblea olímpica del friso jónico del Partenón1), y el coro en sendos bancos corridos paralelos.

Como maestro de ceremonias, el director del canto, el único vestido con ropas contemporáneas, cuyo cometido es introducir a los diversos personajes. Recita unos breves versos de presentación, en lengua gallega, y acto seguido los va convocando para que dé su testimonio. Moisés, Jeremías, la reina de Saba, desgranan sus versos, dando fe de que el recién nacido es el propio Dios.

Durante unos tres cuartos de hora, se repiten de manera monótona, con una cadencia propia de la música del siglo XII, los recitativos del director y de los diversos personajes, con breves intervenciones de los músicos.

Instrumento de cuerda utilizado en la representación del Ordo Prophetarum

El clímax llega cuando el praecentor llama a la Sibilia Eritrea, quien se creía había profetizado la angustia de la Virgen durante la Pasión de Cristo, y los horrores del Juicio Final:

Sibila, desvela ya verdad:
¿qué signos de Cristo presagiaste?

Se oyen, entonces, sonar trompetas desde lo alto. Todos nos damos la vuelta y vemos a dos ángeles que, desde la tribuna sobre el Pórtico de la Gloria, llaman a Juicio Final. Este recurso es uno de los golpes de efecto más afortunados del espectáculo, ya que recogen la tradición medieval que comparaba las partes altas de la iglesia con el cielo2.

La Sibila, cubierta su cabeza, como la estatua a la que da vida, "cual venerable matrona que nos llegara del Ara Pacis3", está encarnada -como nos señalaría después del espectáculo Manuel Castiñeiras- por una cantante que también es actriz, Maria Giménez. Y de sus dotes nadie podrá dudar: su terrible canto es acompañado por una gesticulación que impresiona, especialmente si la tienes frente a ti, apenas a dos pasos. Su rostro sombrío es una prístina referencia a la imagen de la melancolía que produce la sabiduría en exceso.

Los responsables del Ordo compostelano optaron para el canto de la Sibila por el texto de las Cantigas de Santa María, "De como Santa María rogue por nos o seu Fillo eno día do Juyzio". Pasamos sin solución de continuidad del siglo XII al XIII, del latín al gallego-portugués. El cambio en la partitura es también evidente.

El personaje de la Reina de Saba en la representación del Ordo Prophetarum

La Sibila, en un crescendo temático, recita los signos del Juicio inapelable y señala, tras cada estrofa, a uno de los personajes para que repita el estribillo, que también es súplica:

Madre de Deus, ora por nos teu Fill’essa ora
(Madre de Dios, ruega por nosotros a tu Hijo en esa hora)

De este modo, el recitativo se convierte en coro, la música cada vez más intensa, mientras la sibila continúa pidiendo clemencia a la Virgen:

Y aquel día, cuando Él estuviera airado,
haz que recuerde cómo en ti estuvo abrigado.
Cuando veas las huestes de los santos espantados
muéstrale las tetas santas que Él hubo mamado

Versos que se ilustran en las propias Cantigas y que responden al nuevo papel de María como intercesora. Nos refieren, además, la manera franca y directa que el hombre medieval usaba para dirigirse a los Cielos ¿Quién osaría hoy hablarle a la Virgen en semejantes términos? Quizás entre sus pecados no estaba el de la hipocresía…4

Detalle de las Cántigas de Santa María

Finaliza el espectáculo con todos los actores en pie, desplegando sus filacterias, junto a los emocionados AdR. Es el momento propicio para fijarse en su aspecto. Las vestimentas replican las que portan sus originales escultóricos, pero ahora con todo su vibrante colorido, el que perdieron las estatuas cuando el cabildo tomó la desgraciada decisión de permitir al Victoria & Albert Museum de Londres realizar un molde. Sus rostros tienen una mirada que transciende nuestro ámbito, expresión que nuevamente se inspira en los rostros del Pórtico.

Como guinda, la posibilidad de revisitar el Pórtico para contemplar a los actores del drama, de nuevo petrificados: ¡es ya más de medianoche! Luego, Mercedes Pintos y Manuel Castiñeiras nos invitaron a pasar hasta los improvisados vestuarios, en una dependencia claustral, donde pudimos contemplar a los actores despojándose de sus elaborados maquillajes.

El Códice Calixtino refiere que la catedral convocaba en el siglo XII a "gentes de todas las lenguas y naciones". En aquel entonces llegaban para ganar su salud espiritual. Hoy ese Babel se junta para fotografiar con el móvil las evoluciones del botafumeiro. ¡Ojalá que al menos una vez al año la catedral vuelva a presentar aquel carácter ecuménico y gentes de todas lenguas y naciones se reúnan para asistir a un espectáculo en el que nuevamente resuenan los ecos de la Edad Media!

NOTAS

1. F. Luengo “Ordo Prophetarum compostelano”, en Ordo Prophetarum. Drama litúrxico do século XII, Vigo, Consello da Cultura Galega, 2006, p. 33. J. Neils, The Parthenon Frieze, Cambridge UP, 2001.

2. J. Tripps, "From Singing Saints to Descending Angels: Medieval Ceremonies and Cathedral Façades as Representations of the Heavenly Jerusalem", Arte Cristiana, 98 (2005), pp.1-13

3. S. Moralejo, "El Pórtico de la Gloria", FMR, 21 (1993), p. 31.

4. Sobre la Virgen mostrando sus pechos en el arte medieval y el precedente pagano de tal práctica, son más que recomendables estas dos estupendas lecturas: A. Domínguez Rodríguez, " 'Compassio' y 'Co-Redemptio' en las Cantigas de Santa María. Crucifixión y Juicio Final", Archivo Español de Arte, 281 (1998), pp. 17-35. S. Ryan, "The persuasive power of a mother's breast: the most desperate act of the Virgin Mary's Advocacy'", Studia Hibernica, XXXII (2004-5), pp. 35-56.

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