
V Fin de Semana Románico: Las Galerías
Porticadas, espacio de libertad en tierras de Segovia
(del 21 al 23 de Septiembre)
No hay quinto malo...

Crónica de Julián Castells, AdR
El hotel no tiene un gran cartel que nos haga saber
que está ahí; el hotel, Plaza Acueducto se llama, está al ladito de otro
cuyo nombre es Acueducto; al hotel se llega por una calle cuya entrada
luce una placa de dirección prohibida. Pues eso, incidencias mil en la
llegada. Pero todos llegamos.
Tras la alegría del reencuentro con los conocidos y de las
presentaciones personales con los que participaban por primera vez, un
pollo, ¡¡de corral y en pepitoria decía el menú!!, “deleitó” nuestros
paladares y sació nuestro apetito, fuera por comerlo, fuera por quitar
las ganas de comer. Nos acompaña de nuevo Helena a quien conocimos en
Barcelona; su voz sigue siendo estentórea cuando clama y toda ella está
en ese momento en que debe uno comérsela para no arrepentirse después de
no haberlo hecho.

¿Quién podía esperar semejante inicio del recorrido que nos llevaría,
por tierras segovianas, a admirar el Románico porticado? Quiosqueros
reconvertidos desde la Dirección del periódico y la Jefatura de
Redacción (insignes Ignacio y Lola), pertrechados con los consiguientes
chalecos reflectantes por aquello de los peligros del tráfico, nos hacen
entrega de la más candente actualidad (siglos X-XIII) en los diferentes
reinos hispánicos. El Codex Chronicorum, Liber Periodicorum de las
Centurias Romanicantes, nos informa puntualmente de las andanzas de
Fernán González, Ramiro II, Sancho el Mayor de Navarra, etc., etc., con
alardes tipográficos, literarios y fotográficos.
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Sotosalbos es nuestra primera etapa. La torre, típica segoviana, nos
muestra el camino. Maximina nos abre la iglesia y vemos los restos
residuales de pinturas en el ábside. La galería porticada, adornada en
la cornisa del alero hasta la extenuación, nos muestra la sociedad de la
época y le eterna lucha del bien y el mal completando la catequesis con
los capiteles de los arcos.
En Duratón, es Fidel quien tiene la gentileza de
franquearnos la entrada. La galería porticada nos muestra, con similares
tallas y mismo tema, dos capiteles que destacan sobre los demás: el
paradigma del mal, representado en ocho arpías, y la salvación del
hombre, el triunfo sobre ese mal, en el que representa el nacimiento de
Jesús. En el interior continúa la catequesis con los capiteles,
numerosos, que sustentan el arco triunfal y los nervios de las bóvedas
del ábside. Curioso abovedado.
Sepúlveda se muestra acostada sobre la ladera del
cerro y San Salvador, enhiesto en la cima del otero, la corona. Obdulia,
la encargada de la oficina de turismo, abre la iglesia para nosotros.
Contraste total entre la arquitectura perfecta de un románico pleno y la
escultura, tanto interior como en la galería, que nos recuerda el
prerrománico e incluso nos lleva a las costas irlandesas. No sucede
igual con la escultura del exterior, más asimilada a la arquitectura. En
el ábside, la inscripción con la era en que se construyó la iglesia,
presenta un crismón que trae de cabeza a Juan Antonio pues le ha tirado
por tierra una teoría bien montadita que tenía ya sobre determinados
crismones. ¡Mira que si resulta ser de cualquier grafitero medieval!
Sin salir de Sepúlveda, la iglesia de San Justo, convertida en museo,
nos muestra sus delicados capiteles (alguien me comenta que los leones
afrontados pueden haber sido modelo del perro de la película La Historia
Interminable). Ana nos explica, con saber y profesionalidad, también con
muchos nervios según nos dice, los avatares por los que pasó el
monumento.
Se hace tarde y el estómago reclama su cuota de tiempo y viandas. Nos
dirigimos a Sacramenia donde un suculento cordero asado, acompañado de
la perenne ensalada, regado con vino de la tierra, nos espera para
saciar nuestro apetito. Y bien a gusto que lo saciamos. El restaurante
Maribel, con Luisa dirigiendo las operaciones, nos dejó un inmejorable
recuerdo.
Tras la opípara comida, la iglesia del que fuera
monasterio bernardo de Santa María la Real nos sorprende por su magnitud
y perfección constructiva. Mientras nos dirigíamos a Sacramenia desde
Sepúlveda, habíamos recordado el inmerecido destino del claustro y sus
más nobles dependencias, hoy en Miami, lejos de la tierra donde se
construyeron, mal reconstruidas y realizando funciones para las que no
fueron hechos (recordamos también la expatriación del extraordinario
ábside de la que fuera iglesia de San Martín de Fuentidueña). Ahora, el
extraordinario espíritu de cooperación de Ricardo, el guarda de la
finca, nos permite ver el lugar, hoy verde pradera, donde se levantó el
claustro, la sala capitular y el refectorio de monasterio.

Fuentidueña es nuestra última etapa del día y el único lugar en que hubo
un conato de fricción por las fotos. Mientras terminaba la misa que se
celebraba en la iglesia en el momento en que llegamos, la escultura de
capiteles y canecillos exteriores concitó nuestra atención. Hay
capiteles, en las ventanas, de extraordinaria factura pero fue un
canecillo el que atrajo la atención de la mayoría de los viajeros;
pornografía explicita contiene su representación. Acabada la misa, las
feligresas, una tras otra, nos advertían de la prohibición de hacer
fotos en “su” iglesia (“el párroco no pinta aquí nada”, llegó a decir
alguna). No obstante la cordura se impuso y los “japoneses” impenitentes
pudieron dar rienda suelta a su ligero dedo. Satán y San Miguel en su
papel cada uno de ellos y venciendo siempre éste, al igual que San
Esteban, lapidado en un capitel contiguo, quedaron grabados en bites y
píxeles.
La vuelta a Segovia, con un sol incandescente
acercándose al horizonte de poniente, fue amenizada con algunos chistes
que iban tomando un tinte verdoso.

Tras una cena que tratamos de pasar por alto, los más valientes
recorrimos Segovia
contemplando a la luz, a veces semi, de la iluminación nocturna, a veces
a tentón, San Juan de los Caballeros, la Santísima Trinidad, San
Esteban, San Miguel, San Martín.

Lucían bien su elegancia románica y nos mostraban
zonas de su anatomía con especial luminosidad: San Juan, parte de su
galería, la Trinidad, su fachada occidental con su armoniosa portada,
San Esteban, su esbelta y alta, altísima, torre, San Miguel, ya no
románica, unos relieves del titular y otros dos santos de bella factura
y San Marín su portentoso y grandioso atrio.
El domingo, tras el desayuno, nos dirigimos a la
iglesia de San Millán donde Paco, el sacristán, a quien hemos hecho
madrugar, nos tiene la iglesia iluminada. Nos acompaña, en el recorrido
que realizamos esta mañana, D. José Antonio Ruiz Hernando, coordinador
de los tres tomos de Segovia de la Enciclopedia del Románico. Su
explicación de la arquitectura de la iglesia y en especial de la torre
nos ilustra con sabiduría y nos sabe a poco.

Nos dirigimos a la iglesia de San Clemente, hoy
cerrada al culto público (es la capilla del convento adyacente de las
madres Reparadoras), cuyas puertas nos abre la amabilidad de D. Jesús
Sastre, párroco de San Millán, de quien depende. Hermosas pinturas las
que se descubrieron no ha mucho en la capilla adosada a la iglesia que,
con la explicación de D. José Antonio (ya nos había ilustrado sobre el
edificio desde un lugar estratégico de la calle), muestran su discurso.

Igual sucederá en la iglesia de los Santos Niños Justo
y Pastor donde sus
portentosas y bien conservadas pinturas cobrarán vida
en sus labios. Hacemos entrega a D. José Antonio Ruiz Hernando del
crismón de Jaca en agradecimiento a su amabilidad.
Rafael, quien mantiene abierta a diario la iglesia, nos despide con su
simpatía y amabilidad habitual.
La hora de la despedida se acerca. Un rato después en
el hotel, la mayoría de los que hemos compartido estos momentos, nos
despedimos con el deseo de volver a vernos pronto.
Hemos recorrido unas tierras de gentes forjadas en la lucha contra el
enemigo (en la época románica lo tenían cerca), y contra una naturaleza
áspera y esquiva que rara vez compensaba el esfuerzo de su cultivo; pero
que fueron capaces de vivir, luchar, laborar y decidir cómo hacerlo con
la libertad que se concedían a sí mismos. En estas tierras, extrañamente
(o no tanto) sólo en ellas, se construyeron galerías porticadas; y, en
ellas, se tomaban estas decisiones. Fueron “espacios de libertad”.