Amigos del Románico
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Crónica de la jornada románica por Tudela y Monasterio de la Oliva
Viernes, 03 de diciembre de 2010

“Gran éxito de crítica y público”. Así suelen calificar las crónicas a los estrenos teatrales o a los eventos taurinos cuando el resultado de la faena roza la perfección. No se me ocurre una expresión más adecuada para resumir la jornada románica vivida el pasado 13 de noviembre por tierras de la Ribera navarra.

Por primera vez, se nos había convocado a los asociados del País Vasco, Navarra, La Rioja y Aragón a una jornada conjunta, que era también la presentación oficial de los nuevos coordinadores de Navarra y Aragón: Antonio Dabán y Pedro Sanz Quibús respectivamente. Creo hablar en nombre de todos los AdR al agradecerles su generosidad por entregar su tiempo y sus conocimientos en beneficio de todos nosotros.

La respuesta a esta novedosa convocatoria fue espectacular: 92 entusiastas venidos de toda España (sí, digo bien, pues hubo representantes desde Cádiz a Cataluña, desde Madrid a Valencia) nos reunimos en la puerta del Juicio Final de la Catedral de Tudela para iniciar una jornada que nos llevaría desde la riqueza monumental de Tudela a la paz monacal del Monasterio de la Oliva.

Como siempre, besos y abrazos. ¡Qué alegría la del reencuentro con los viejos amigos de tantos otros días románicos! Alegría también de comprobar que siempre hay caras nuevas dispuestas a unirse al grupo cada día más numeroso de los “Amigos del Románico”.

Sonaban las diez campanadas en la torre de una iglesia vecina, cuando el grupo se dividió en dos partes siguiendo las indicaciones de Lola Valderrama, y las explicaciones de nuestras amables guías, Delia y Amaya.

¡Y qué hermosa es la puerta del Juicio Final! Auténtica Biblia en imágenes, clara advertencia eclesiástica en piedra de los beneficios del Bien y los castigos del Mal. Por sus dovelas sabiamente esculpidas desfilan ante los ojos del espectador atento multitud de imágenes de los vicios y virtudes, salpicados de detalles costumbristas de un gran realismo y de una extraordinaria perfección formal.

Una vez dentro de la catedral, pudimos admirar la luminosidad, la belleza, la sencillez cisterciense y la grandiosidad de un espacio que desde la primitiva cabecera románica camina hacia el protogótico. Nuestros ojos románicos no pudieron, sin embargo, dejar de apreciar las tres joyas góticas de las que se enorgullece la catedral. Nos referimos, claro está, a los tres retablos extraordinarios que adornan la capilla mayor y las dos capillas laterales. El retablo de Sta María, el de Sta Catalina y el de la Esperanza.

¡Y qué decir de la escultura de la Virgen Blanca! Esta contundente figura en piedra, con policromía original, es un ejemplo magnífico de imaginería románica. La Virgen-trono, hierática y frontal, nos ofrece sin embargo un gesto de ternura inusual: esa mano que toca al niño, que establece contacto, que dulcifica y moderniza la imagen es algo que nos habla ya de un tiempo nuevo, de una forma diferente de ver la religión y el arte.

Hermosísima también la portada sur de la catedral, cuyos capiteles ofrecen una talla de gran calidad, tanto como las arquivoltas de abundante decoración, vegetal, romboidal y de zigzag. Lástima que en la última gran restauración de la catedral haya quedado olvidada y nos muestre su belleza escondida bajo una capa de suciedad fruto del paso del tiempo y de la contaminación.

Tras la vista a la puerta norte, y al cercano tímpano de S. Nicolás de Bari, finalizamos nuestro recorrido contemplando el magnífico claustro de la Catedral.

La belleza del conjunto y la calidez de un radiante sol otoñal sólo se vieron empañadas por la tristeza de contemplar el imparable deterioro de algunos de sus capiteles. ¡Ojalá las autoridades acometan pronto la urgentísima restauración pendiente desde la gran reforma de 2006 y que se vio postergada por falta de medios! Ojalá, también, que nuestra jornada sirva como acto reivindicativo de dicha restauración, tal y como lo presenta Diego Carasusán, el amable periodista del Diario de Navarra que nos acompañó durante la visita, y que plasmó el resumen de nuestra jornada en un reportaje a toda página en el periódico del día 14.

Acabada la visita y tras la tradicional foto de grupo, disfrutamos de un tiempo libre que algunos utilizamos para visitar la también espectacular iglesia de La Magdalena, otros para revisitar el claustro, hubo algún caso aislado de aperitivo… En fin, cada uno como tuvo a bien, solo o en compañía.

Con la británica puntualidad que caracterizó toda la jornada, nos encontramos de nuevo en el restaurante Iruña, donde dimos buena cuenta de un sabroso menú y nos entregamos a la charla y a la alegría que siempre une a los viejos amigos y acoge a los nuevos, quién sabe si futuros socios.

A los postres se procedió al ya tradicional sorteo que, en esta ocasión, ofrecía cuatro lotes de “productos” AdR: camiseta, llavero, bolsa y agenda. Gran alegría para los agraciados, como es lógico, y pequeña decepción en los no agraciados, como es lógico también.

Para la tarde de esta radiante jornada, Tudela cedió su protagonismo al monasterio de La Oliva, donde nos esperaba su prior, Fray Daniel Gutiérrez, para contarnos la historia del mismo y alguna de sus características arquitectónicas y escultóricas. El estilo del monasterio, conocido como “estilo de la Oliva”, impresiona por su sencillez y su sobriedad, por la evidencia que nos deja del tránsito del románico al gótico ojival y por la espiritualidad que rezuman sus vetustos muros.

Tras el recorrido por algunas dependencias, la antigua cocina, el claustro (curiosamente orientado al norte), la sala capitular, etc., nos dirigimos a escuchar una charla del Prior sobre la vida monástica. Tras la charla, en la humilde opinión de esta cronista, más doctrinal que puramente informativa, nos dirigimos a la última etapa de nuestra jornada: el canto de los monjes en la iglesia. Concretamente, el canto de Vísperas, que durante media hora nos trasportó a un tiempo distinto, detenido, a esa especial liturgia de las cosas que acompaña a los monjes del Monasterio.

Y como todo ha de acabar, ahí terminó nuestro recorrido por tierras navarras. De nuevo besos y abrazos, deseos de reencuentros, saludos para los ausentes, algo de la melancolía que siempre acompaña a las despedidas, a la que contribuyó sin duda la noche que nos aguardaba fuera de los muros del monasterio y que nos fue dispersando a nuestros diferentes destinos.

Por Ángeles Leal

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