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Crónica de la IV Jornada de Senderismo Románico en Asturias
Martes, 23 de noviembre de 2010

Tal como los pronósticos meteorológicos aseguraban la víspera, el panorama no se mostraba excesivamente halagüeño para el grupo de AdR, que comenzaban su andadura en un paraje de la localidad de Soto de Dueñas, concejo de Parres (Asturias), junto a la pequeña estación de tren, mientras unas inmensas nubes negras, a las diez de la mañana, aún retrasaban el amanecer.

Una vez cruzado un vistoso puente sobre el río Piloña, que animaba a proseguir con buen ánimo la caminata de unos ocho kilómetros, el paisaje, de repente, se tornó sumamente hermoso: castaños, abedules, musgo, setas increíbles, bruma típica de los bosques norteños y la temible lluvia que nunca llegó, a pesar de haber hecho desistir del viaje, a buen seguro, a algunos amigos que con bastante buen juicio prefirieron quedarse en casa a caminar bajo una lluvia torrencial por la “Senda de la Reina”. Esta ruta se desarrolla por una antigua calzada romana conocida como “Camín de la Reina”, desde que Isabel II la recorrió para llegar a Covadonga.

Partimos de Soto de Dueñas, hacia Llames de Parres, transcurriendo la mañana paseando por el magnífico sendero que se iba elevando desde la vereda del río y la angustia -ante el inminente temporal- se tornaba en alegría y alivio al ir poco a poco casi saliendo el sol, mientras contemplábamos las campiñas verdes, las aldeas y el ganado, que salía a pastar, cruzándose en nuestro camino. Las estribaciones de la Sierra del Sueve dominaban el paisaje en las inmediaciones de la ermita de San Martín de Soto, donde hicimos una agradable pausa. Una interesante historia que contar, sin duda, la de este templo, cuyo origen puede ser prerrománico y que fue reedificado en el siglo XVI. En principio, estuvo relacionado con el monasterio de San Martín de Soto de Dueñas, ocupado por monjas benedictinas hasta ser clausurado ya en el siglo XIV. Posteriormente, serían los monjes benedictinos de Valdediós los que poblaron dicho templo hasta pasar, finalmente, en 1556 al señorío de San Pelayo, en Oviedo. La iglesia conventual se fue degradando entonces y sus materiales, incluidos algunos elementos románicos, fueron reutilizados para la rehabilitación de esta curiosa fábrica de San Martín de Soto. No nos fue posible entrar en ella, aunque su aspecto exterior invitaba a hacerlo a pesar de su aparente sencillez y nos pasamos un buen rato observando detalles como el alfiz que enmarca el arco de medio punto sobre las dos puertas, el relieve de la Cruz de los Ángeles sobre la clave del arco de la puerta occidental y algunos más con motivos heráldicos o un enigmático jarrón en la jamba derecha de la portada principal.

La genial idea de Javier de recolectar castañas por el camino tuvo excelente acogida por los miembros de la expedición, y a eso de la una del mediodía ya iba apeteciendo probarlas. Tuvimos la suerte de poder asarlas con “relativa facilidad” en el pueblo de Romillín, junto al edificio de una asociación cultural, donde hallamos felizmente una parrilla campestre. El mismo Javier se había provisto de una gran sartén, y tras una intensa y agotadora recogida de leña procedente de algunos arbustos cercanos resecos, la paciencia y perseverancia de los integrantes del grupo para atizar el fuego y mantener algunos rescoldos encendidos logramos unas perfectas castañas asadas al aire libre y recién recogidas, toda una delicia que no pudimos acompañar de buena sidra por falta de previsión.

Y tras esta pausa, que aprovechamos también para comer el bocadillo, continuamos caminando hasta llegar, por fin, a la hermosísima iglesia de San Pedro de Villanueva, en el concejo de Cangas de Onís, junto al Parador de Turismo. Antes de pasar a visitar el templo nos tomamos unas cervezas en la cafetería del Parador, pues llegamos bastante acalorados tras caminar durante algún tiempo a pleno sol. Definitivamente, el tiempo atmosférico más que una bruma otoñal mostró un ambiente casi estival.

El monasterio de San Pedro de Villanueva estaba ocupado por monjes benedictinos en el siglo XII. Una inscripción grabada en una teja que ahora se encuentra en el museo de la catedral de Oviedo, data el final de su construcción en el año 1223. La nave tenía cubierta de madera, pero en 1775 se construyó la bóveda actual. En el interior, un tramo recto precede a los tres ábsides semicirculares; en el muro del ábside central se abren arcos de medio punto que comunican las tres capillas. Esta zona conserva la bóveda de cañón original. Los capiteles muestran seres típicos de los bestiarios y combates entre hombres y monstruos, pelícanos en posición simétrica… un gran repertorio digno de admirar en el que destacan también algunas escenas como la caza del jabalí. Al exterior, una excelente colección de canecillos, algunos de los cuales muestran escenas eróticas que en ocasiones son difíciles de distinguir debido al desgaste o la rotura de la piedra y que siempre dan lugar a simpáticas especulaciones sobre su significado e intencionalidad.

Y para finalizar una breve descripción de la portada meridional, donde nos habíamos detenido un buen rato antes de entrar, admirando su monumentalidad y belleza. Lamentablemente en el siglo XVII la construcción de la torre, que sustituyó a la antigua románica afectó a algunos elementos de su estructura. Las arquivoltas muestran relieves de flores tetrapétalas y zig-zag. A la derecha, los arcos se apoyan en columnas con capiteles vegetales y, a la izquierda, algunos de los capiteles más bonitos que recuerdo haber visto: en los dos primeros la despedida entre la dama y el caballero, que parte con un azor o halcón a practicar la cetrería, con tierno beso entre ambos; en el tercero, aparece la dama en una graciosa posición con los brazos en jarra ante el castillo. Sencillamente inolvidables estas escenas tan vivas en piedra.

Un fondo impresionante para este ya de por sí lugar -que desciframos gracias a la placa orientativa en la explanada del Parador- : los montes de Covadonga y los Picos de Europa con sus cumbres coronadas de nubes.

En una plaza de Cangas de Onís nos despedimos como no podía ser de otra forma con unas botellas de sidra que con mucha soltura escanció Senén.

Por Cristina Sánchez Gómez

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