Amigos del Románico
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Crónica de la V JdRL: “Entre el Camp de Túria y la capital”
Martes, 27 de julio de 2010

El asedio militar y las cabalgadas de las huestes del rey Jaime I lograron que la mayoría de las alquerías, villas y castillos, que la propia Balansiya, se rindiesen al rey cristiano presentando en muy pocos casos batalla abierta. En realidad, esto no significaría para los vencidos mucho más que rendir cuentas a otro señor. Será en el siglo XIV que las tierras vayan pasando progresivamente a manos cristianas y la población musulmana se vaya desplazando a las zonas más agrestes y a las aljamas de las villas, siempre bajo la atenta vigilancia cristiana. Así, las villas siguieron su actividad en manos cristianas, pero la mayor parte de estas alquerías fueron abandonadas, y de ellas no queda mucho más que la torre “de tiempo de los moros”…

Bofilla

Junto al barranco del Carraixet, en una plataforma natural que, por la abundancia de agua del entorno hace pensar más en la huerta que en el perfil de la comarca de Camp de Túria se excava en la actualidad el despoblado de Bofilla. Datada en el siglo XI, el día 7 de abril de 1238 la alquería musulmana se rinde al rey Jaime I. Cuatro días después, el Conquistador toma posesión de una tierra que ya nueve meses antes había donado a la Orden de Calatrava. La rendición permitirá a sus pobladores seguir con la vida habitual hasta que, en torno a 1377, se les obligue a trasladarse a la aljama de la vecina Bétera. Será el fin de Bofilla: su sitio se destinará al cultivo, en su tiempo más reciente fue campo de algarrobos y almendros antes de que en 1984 lo adquiriese la Consellería de Cultura.

Los Amigos del Románico fuimos la primera visita que accedió al interior de la torre, inaugurada oficialmente el día anterior a nuestra visita, gracias a la cortesía de Elia Verdevio, concejal de patrimonio de Bétera. Josep Maria Burriel, arqueólogo de Bétera y Moncada y responsable de la excavación, que fue quien nos recibió. El repaso de la historia de la alquería comenzó por una observación: “alquería”, de Al-Qariya, se define según la RAE como “1. Granja o casa de labranza situada lejos de una población. 2. Conjunto de estas casas”. Matización hecha por nuestro anfitrión, la alquería es el núcleo de población más reducido, sólo la segunda acepción es correcta en tanto en cuanto a su concepción como núcleo urbano.

No se han hallado les barreres, el muro perimetral que, más que sugerir, exige la torre con su presencia, cuya función defensiva queda fuera de toda discusión -fuese de los cristianos, de las incursiones de otros pobladores musulmanes o de la propia vigilancia interior-. Ya fuese empalizada o tapia, la verja de alambre que protege la excavación restituye el contorno aproximado de este muro. Las dos hectáreas, que pudieron llegar a albergar unas 2.000 almas, aún no han sido completamente excavadas, pero ya han sacado a la luz baños, pozos y viviendas. Así lo atestigua la Casa 13: excavada por completo, la reconstrucción del arranque murario hace legible la distribución de la vivienda en torno a un patio.

Y sobre una base de mampostería se alza la torre Bofilla: 20 tapias, unos 17 metros de altura, con un muro en talud (1’5º de inclinación) de 2 metros en su parte más gruesa. Distribuido en tres niveles interiores y una terraza, con aspilleras abiertas en cada uno de los lados de cada forjado interior, la azotea se rodea de un muro corrido que abre un vano en el centro de cada uno de sus lados donde se situarían cadalsos de madera. El albacar, un pequeño recinto cerrado que albergaría a la población no defensiva en caso de ataque y los animales, protege la base en el lado del acceso al interior, que se abre a unos 3 metros de altura, completando la pequeña fortaleza que protegería a la población en caso de ataque. Cabe mencionar una ornamentación excepcional en dos franjas que rodean la torre simulando sillería sobre el enlucido de la torre.

El paisaje que contemplamos desde lo alto de la torre nos permitió hacernos una idea de la fama que alcanza la vigilancia desde las torres que tanto temían los cristianos en sus incursiones, y que tan poco sirvió a Abú Zayd en la defensa de su taifa.

Llíria

Abandonamos el despoblado para continuar nuestro camino. También la ya inexistente alcazaba de Llíria se rindió prematuramente al rey Jaime I, que hizo donación al infante D. Fernando. Una década después, la muerte del infante hace retornar el castillo edetano a las propiedades del rey, en 1249, momento en que se comienza la repoblación cristiana de la plaza. En este nuevo itinerario fue nuestro cicerone Josep Antoni Llibrer, profesor de historia.

A finales del siglo XVI se traslada la Plaza Mayor desde el núcleo medieval: se crea una Plaza Mayor nueva, con un nuevo Ayuntamiento y una nueva iglesia, la de Nuestra Señora de la Asunción, un ejemplo de arquitectura contrarreformista, que sustituirá las funciones parroquiales de la iglesia de Santa María que a partir de ese momento será conocida como iglesia de la Sangre, por ser la Cofradía de la Sangre la que ubique allí su sede. Dato curioso, la nueva iglesia no tuvo nunca un campanario, por lo que debió seguir haciéndose uso de las campanas de la antigua parroquia.

Los edificios medievales que encontramos a nuestro paso tienen el acceso en arco de medio punto y sostienen su cubierta a través de arcos diafragma, una tipología arquitectónica que crea un espacio cubierto muy diáfano, tipología de reconquista que introduce el Cister a través de los monjes guerreros que acompañaron al rey D. Jaime. Así es en el Forn de la Vila que encontramos en nuestro ascenso; algunos lienzos de muralla medieval subsisten adosados a viviendas, diseminados en torno al Hort del moro, lugar que ocuparía la morería de la que queda de forma residual parte del trazado urbano islámico y que nos deriva a la ermita que fue el Hospital del Bon Pastor. Sólo conserva tres de las cinco crujías -de nuevo arcos diafragmáticos- y encontramos en su ábside una pintura mural que se incluye en el estilo italogótico, de los escasos ejemplos que restan de la pintura del s. XIV en el Reino de Valencia. La pintura muestra la Anunciación en la parte inferior, y la Crucifixión en la parte superior, resolviendo así jerárquicamente y en una perfecta simetría la Historia de la Salvación, mostrando el principio y el fin. Con una distribución geométrica y un grado de detalle que nos va aproximando ya al naturalismo que se alcanzará en el siglo siguiente.

Llegados junto a la iglesia de la Sangre, encontramos el aljibe de la mezquita: tres bóvedas de cañón adosadas comunicadas por arcos de medio punto en su centro. El aljibe quedaba soterrado junto al edificio para surtir de agua las abluciones de los fieles musulmanes y seguiría en uso en época cristiana. Desde 1273, Llíria pasará a depender de la Cartuja de Porta-Coeli que se hará cargo de la erección de la iglesia de Santa María: 12 metros de ancho y 31 en su longitud interior, se divide en seis tramos separados por arcos diafragma -de nuevo-. La iglesia se construirá sobre la mezquita mayor, uno de cuyos laterales fue utilizado en la nueva construcción, visible en la quinta crujía del lado del Evangelio. El acceso original al templo se produce por el centro del lateral Este, por la llamada Porta dels Homens. Destacamos aquí el hecho de que en el siglo siguiente, para agrandar la iglesia, se recurre a desplazar el muro en unos dos metros hacia el exterior, reponiendo el antiguo arco de medio punto en la nueva puerta. Así lo atestiguan unos pequeños sillares que cierran las huellas de la viguería de su posición original. También lo atestiguan las pinturas murales cercenadas, datadas entre 1330 y 1350, que se habrían sucedido a medida que se instauraban los beneficios; la presencia de estas pinturas justificaría la demora en la construcción de los propios altares que corresponderían a las capillas. Las figuras aparecen sobre fondo monocromo: en el lado de la Epístola, empezando desde los pies del templo reconocemos en un fragmento en la capilla I a San Esteban y a San Vicente en el arco y la bóveda respectivamente, en la capilla II a San Antonio y san Juan Bautista. La capilla III presenta la escena del martirio de San Pedro de Verona y el escudo y la tribuna la identifican como propiedad de la villa, y en la capilla IV se muestran escenas de la vida de Santa Bárbara, de gran devoción en la zona.

Pero lo más sorprendente que encontramos en esta iglesia de la Sangre fue el artesonado mudéjar. Las placas, pintadas por manos sarracenas una a una, contienen motivos orientalizantes; podemos observar incluso inscripciones en árabe que prueban el origen de su factor. En el friso que subraya la unión de la techumbre y el muro encontramos escenas alegóricas, religiosas y cortesanas: sirenas, grifos y dragones, escenas de caza, justas y escenas de jardín.

La mejor apreciación que tendremos de este friso será accediendo al coro. Hubo uno anterior en el presbiterio, en el lado del Evangelio, pero en la segunda mitad del siglo XV se requirió un nuevo coro, más aún cuando en 1480 se funda una Capella de la Música, y el Consell dota además a la iglesia de un órgano. Al coro se accede por una escalera con decoración de casetones de yeso de motivos vegetales y en su parte anterior lo sostienen dos columnas pertenecientes a la sala hipóstila de la mezquita aljama. Este nuevo coro se ubicó a los pies del templo prácticamente al tiempo que se abría la portada gótica: el Portal Nou.

El Portal Nou concuerda con las directrices del gótico, si bien no en el uso del arco de medio punto en lugar del apuntado, que era lo usual, sí en un perfil abocinado que sobresale de la línea de fachada, las columnillas exentas y los moldurados en altorrelieve. La sobria iconografía de este portal se muestra suficientemente clara en su sentido amonestador y separa el pecado ajeno al edificio de la pureza que requiere rebasar la portada y acceder a su interior: cabezas de atlantes a modo de ménsulas, el mundo vegetal, animal y humano como representación del mundo terrenal y en un friso continuo rematado en sus extremos interiores por cabezas de lobo, principio del mal en su referencia a los cánidos, tanto domesticados como salvajes, nos hablaría de un principio de animalidad disimulada en el ser humano; el friso se flanquea por sendos leones vigilantes en los extremos exteriores. Los rostros masculinos aparecen deformados por el pecado y las figuras femeninas se localizan únicamente en el lado del Evangelio, el lado que en la distribución interior les corresponde, y la iconografía evidencia la consabida maldad innata en las féminas; el centro del pórtico lo preside una gárgola en forma de un león entronizado que apoya en la cabeza de un hombre sus patas anteriores, vigilante de quien se dispone a pasar el umbral, nos remite al Padre eterno y al Hijo encarnado.

Ya de regreso a la actual Plaza Mayor encontramos el palacio gótico que fue Ca la Vila Vella que nos muestra su portada, que quedó descentrada cuando el trazado urbano requirió en su momento la demolición parcial del edificio.

Valencia: la catedral

Por la tarde regresamos a Valencia, donde la Jornada tiene como colofón una extraordinaria visita a las cubiertas de la Catedral Basílica Metropolitana.

Para esta última e insólita visita contamos con el padre Jaime Sancho, Canónigo Conservador de la Catedral. El lugar de encuentro es la fachada barroca, la Puerta de los Hierros, fachada curvilínea que trataba de aprovechar el poco espacio que quedaba desde la desembocadura de la calle Zaragoza con la Catedral utilizando un juego de volúmenes que concediese espacio para la decoración frontal. Proyectada en 1703 por Conrad Rudolf, toman parte en su factura Francisco Vergara el Mayor, su hijo Ignacio Vergara y Francisco Stoltz.

Recorramos brevemente la historia catedralicia: la toma de posesión de Balansiya por Jaime I el día 9 e octubre de 1238 supone la purificación de la mezquita para la primera misa. El obispo Andreu Albalat será quien, en 1262, inicie la construcción de la Catedral de la capital el Reino que se iniciará por la Puerta de la Almoyna. La Puerta de los Apóstoles dataría ya de 1300, y en la década de los cincuenta del siglo XIV la Catedral se considera concluida. También en este siglo se inician la Sala Capitular, actual Capilla del Santo Cáliz y el Miquelet, que se concluirá ya en el s. XV. A efecto de unir ambos a la propia Catedral, en 1459 Francesc Baldomar y Pere Compte reciben el encargo de añadir un tramo más a ésta, y en 1566 Gaspar Gregori traza la Obra Nova, una tribuna elipsoidal en la parte del ábside que linda con la Plaza de la Virgen. Después de la adición de la fachada barroca de Conrad Rudolf a principios del XVIII, en 1771 los arquitectos Antonio Gilabert y Lorenzo Martínez, conforme al Academicismo imperante en ese momento, reciben el encargo de renovar la apariencia de la Catedral. El interior se cubrió hasta enmascarar por completo la fábrica gótica con la sola excepción del cimborrio; en el exterior se eliminaron pináculos y elementos salientes y se convirtieron en tejado las terrazas. También el siglo XIX hizo una aportación muraria para ocultar las irregularidades en la Plaza de la Almoyna y los desperfectos resultantes de la invasión francesa, y la aparición de los historicismos planteó un neogótico en la ornamentación. El arquitecto Joan Segura del Lago iniciará la repristinación que concluirá Fernando Chueca Goitia, iniciada con la retirada de los tejados y desescombro de las terrazas, la demolición de las Casas de los Canónigos en la calle del Miquelet… poco a poco los años 70 vieron cómo la Catedral se iba aproximando a su imagen primigenia.

Una vez en el interior de la Catedral nos dirigimos a la Capilla de San Dionisio y Santa Margarita, presidida por el retablo de los dos santos titulares, obra de Vicente Maçip. Es ésta una de las dos capillas que recuperaron el gótico original en la repristinación. En el lateral de esta capilla se abre un vano en arco de medio punto, a una cierta altura del suelo, que se cierra con una reja de hierro, y desde esta puerta arranca una empinada escalera de caracol que nos lleva, a través de una de las agujas, a las cubiertas.

De las reformas anteriores que trataban de enmascarar la arquitectura gótica resta, por ejemplo, el muro decimonónico que tiene por única función ocultar las capillas absidiales. Evidenciamos los recursos de conservación más tradicionales, como las losas que refuerzan la de impacto del agua que vierten las gárgolas del cimborrio; junto a las mejoras de las últimas intervenciones, como los filtros para los rayos UV que desde las vidrieras protegen el interior catedralicio.

Accedemos por la misma aguja a la cubierta de la nave central. La terraza revela cada uno de los paños de las bóvedas que cubren la nave aprovechando la propia pendiente para derivar las aguas pluviales a los canales, falsos arbotantes, que flanquean cada uno de los tramos. Después de asomarnos a la Plaza de la Reina desde el remate de la fachada barroca, iniciamos el descenso para concluir nuestra visita en la Sacristía Mayor. En su acceso, dos canales labrados en vertical en el sillar llaman la atención. Son las guías de la puerta “caladissa”, un sistema antiguo pero eficaz, que se decide incorporar durante la Guerra de Germanías (1520) por si llegaba a hacerse necesario; así, por los canales y mediante pesos se bajaría una reja o rastrillo para aislar la Sacristía. El interior es una amplia sala cuadrada, cubierta por una bóveda octopartita cuyos nervios tienen un arranque mensulado. En uno de los muros, a 5 metros de altura, encontramos el acceso al Reconditorio, la llamada “cámara secreta”, que conserva otro de los escasos ejemplos de pintura del s. XIV.

Y es con la visita a la Sacristía que damos por concluida la V Jornada de Románico Local de Amigos del Románico.

Por Noelia Giner Zafra

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