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Crónica de la I JdRL en Aragón: Jacetania y el Serrablo
Lunes, 19 de julio de 2010

La perfecta organización -y no digamos la documentación- que disfrutamos los afortunados viajeros de este encuentro vasco-aragonés de AdR (con compañeros de otras regiones), la había basado Lola Valderrama en tres patas importantes: la presencia de Jose Luis Solano para desentrañar los secretos de San Juan de la Peña, el fichaje del profesor David Simon para hablarnos de “su criatura”: el sepulcro de Doña Sancha, y la guía apasionada por el Serrablo de Antonio García Omedes, autor de la documentación de apoyo, mientras que Lola se lo curró con la de San Juan de la Peña.

Pues bien, aún tuvimos la fortuna de añadir a este trío y disfrutar de la compañía de un cuarto personaje: la profesora Ana Isabel Lapeña, que nos presentó los misterios de Santa María de Santa Cruz de la Serós. Podemos decir que tuvimos en cada lugar el guía ideal si pudiéramos elegir. Con estos cuatro “elementos” bien creeríamos que hicimos el viaje “bajo palio” pero es de justicia recordar que la procesión fue un éxito porque la celebrante Lola, micro y papeles en mano, sin desmayo, nos enseñó el truco de esa norma que dice: la puntualidad es cortesía de AdR. Falta añadir: porque cumplimos las citas al trote ligero. No hay más que señalar un dato: el pacto que debió hacer en alguna tasca del casco viejo con una lamia, para que las tormentas descargaran mientras comíamos y mientras viajábamos de vuelta, de manera que ni una gota nos impidió cumplir el apretado programa.

La visita a San Juan de la Peña se desarrolló más en las partes menos visitadas habitualmente, ya que el claustro es la estrella rutilante del enclave, pero hay mucha historia entre sus muros y oír a Jose Luis enseñarte los lugares pendientes de excavar y el trabajo que actualmente se hace con los enterramientos, te hace sentir partícipe de esa aventura.

Las explicaciones sobre las abundantes falsificaciones documentales a que se veían abocados los monjes para defender las propiedades en disputa con otros poderes, el origen en la Sala de los Concilios, el poder del monasterio, que obligaba a tener como precedente el haber estado en San Juan para llegar a obispo, o el monopolio de la sal, de gran valor en la época, nos sumergía en unos tiempos en los que el entorno hacía fácil situarse.

Ni las razias de Almanzor ni los varios incendios han hecho perder el encanto y la magia que destila el entorno. La presencia real y el panteón le colmó de privilegios, hasta su posterior decadencia. Visitamos la reducida iglesia mozárabe, nos detuvimos en la iglesia románica o iglesia alta, donde la bóveda es la propia roca y hasta pudimos debatir sobre los “errores” seguramente intencionados en la imposta ajedrezada de sus ábsides.

También admiramos los detalles finísimos o llamativos de la tracería gótica de paso al claustro y en éste, ¿qué vamos a decir? Pues la frase recurrente ante tanta belleza que soltamos los AdR por esos mundos de Dios: “tengo que volver”, al punto que alguna fogosa romaniqueadora lo quiere de epitafio. Que tiemblen sus enemigos.

Santa María de Santa Cruz de la Serós y Jaca

Ana Isabel nos pone en situación cuando nos explica la importancia de Doña Sancha, que es como una superestructura por encima de los reinos, que llega a regir el obispado de Pamplona, sin haber siquiera tomado los hábitos. La llegada de los monjes de Cluny a San Juan de la Peña impone la salida de las monjas benitas, que se instalan aquí -Serós vendría de sorores, hermanas- y a partir de 1070 adquieren gran influencia.

La contemplación de su crismón, anterior al de Jaca, con la inscripción y esa flor un tanto misteriosa, nos conduce finalmente a la controvertida cámara alta, de la que, ante la falta de acuerdo de su finalidad, nos deja a la imaginación de los AdR un amplio campo para divertirnos seriamente.

Tras las fotos y la breve visita a San Caprasio, un tanto a la carrera llegamos al hotel en Jaca, que nos recibe en fiestas. Amenaza la tormenta, que descarga mientras comemos en buena armonía. Si nos adelantamos a la hora concertada podemos tener la visita al museo de Jaca sin una multitud que se aproxima, por lo que cumplimos y Belén nos hace una ilustrada exposición de los tesoros que acaba de estrenar al público. También allí, Ana Isabel nos tutela y nos indica un curioso frontal con una escena poco frecuente de la iconografía mariana. Aquellos que no pudimos ir a la Asamblea nos vemos recompensados con esta visita y no digamos nada si luego nos espera nada menos que David Simon a la puerta de las Benitas para explicarnos minuciosamente las distintas caras y la historia del sepulcro de Doña Sancha, que podemos fotografiar a placer dentro de las limitaciones espaciales.

Encantados de acertar con el gusto de David por el txacolí y el queso, unos pocos novatos nos acercamos a la iglesia de Santiago a admirar su hermoso capitel y aún queda un ratito para repetir visita al museo y a la Catedral, apurando todo el tiempo posible.

Omedes nos enseña el Serrablo

Poco espacio me queda para toda una jornada recorriendo con los AdR aragoneses unos parajes bellísimos donde la iglesia parece un elemento imprescindible: Lasieso, de Ramiro I, final del recorrido de la influencia lombarda hacia poniente, una cercana necrópolis y algún nuevo dato que investigar; Lárrede, donde sus frisos de baquetones en lo alto de la torre nos confunden, al ser lajas con perfil redondo, sus arcos de falsa herradura, híbrido lombardo con forma mozárabe, quizás realizado por repobladores traídos de Siria, por lo que tiene connotaciones islámicas; Busa, fotogénico desde cualquier ángulo, con su proa levantada y en perfecta armonía con el paisaje.

Su inscripción en el arco de acceso y su ventana tan asturiana son detalles que nos impactan; Orós (hermosas cerezas) donde podemos ver de nuevo los vanos rehundidos habituales en todas ellas y la moldura a nivel del suelo para arrancar el muro; Oliván, con esas dos naves partidas por el gran arco y finalmente la segunda “niña de los ojos” de Omedes (la primera estaba dale que te pego al lápiz y la lámina, que parece que dibuja mejor que su padre), nos referimos a Gavin, un remate fantástico a tan bellos parajes, el eslabón perdido para nuestro guía, con su esbelta torre con curiosa decoración circular enmarcada bajo los arcos de su ventana, pero lo que nos deja a todos asombrados es ese arco de herradura de una anchura igual al grueso muro que conduce al pie de la torre, cuya vista interior y el acabado de su cúpula es una verdadera obra de ingeniería (es decir, de ingeniosidad). Es el enlace entre lo visigodo y la forma específica de hacer de la región. Y que conste que algo aportamos tan numeroso grupo, casi 60 visitantes: hay que pedir a los expertos que examinen esos restos de pintura que vimos en el muro norte, precisamente el que está enterrado en varios metros por el exterior. Ya tienen deberes.

Por Fernando Garcia Gil.

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