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Crónica de la III JdRL aragonesa: Al sur del valle de Ordesa
Viernes, 11 de junio de 2010

A la llamada de Antonio García Omedes era muy difícil resistirse. El sitio de reunión en sí mismo ya era motivo suficiente para ir hasta allí: Ordesa, pero cuando vimos el programa la decisión estaba tomada: Nos vamos con los AdR aragoneses a Vió y ermitas de Tella.

El sábado día 1 mayo a las 9:30 horas desde el parking del Hotel Ordesa salimos a “romanizar” un grupito de personas que apenas nos conocíamos. Como suele ser habitual en estos casos al acabar el fin de semana nos habíamos pasados direcciones y correos para seguir en contacto. Además se unió al grupo un par de espontáneos que, también amantes del románico, pasaban el fin de semana en el mismo hotel.

Las nubes, que nos acompañaron durante gran parte de la jornada, no hicieron más que contribuir a que las fotos salieran aún más bellas. Llovió en algún momento, realzando los brillos y las tonalidades de la primavera rabiosa que se está instalando en el Pirineo.

Tras parar un segundo en el mirador del Barranco de Añisclo, nuestra primera visita fue la iglesia de San Vicente en Vió. Lo primero que piensas es: pequeña, lombarda y selecta. Dentro, sus frescos (como en tantas otras, los originales arrancados y puestos a buen recaudo en un museo, en este caso el Diocesano de Barbastro), tardo románicos, de calidad, reflejan con una plasticidad propia de la época el Juicio Final. Allí un espectacular Pantocrátor preside dicho Juicio transmitiendo a los fieles la esperanza en la Resurrección, puesto que Él ya ha vuelto de su muerte corporal.

Antonio nos enseño que aún quedan restos originales de frescos, que quien los arrancó debió pensar que no eran demasiado importantes y dejó unas muestras con las que pudimos comparar las diferencias cromáticas. También nos hizo notar una pequeña ménsula con una imagen en un arquillo del ábside.

Como siempre pasa en estas salidas, entre los asistentes, hay gente tan interesante o más que los propios templos que visitamos. En este caso estaba entre nosotros D. José Luis Aramendia, quien apostillaba y ampliaba lo expuesto por Omedes. Allí se entablo una pequeña pero sabrosa conversación sobre si lombardo o lombardista: “Carece de lesenas y tiene esa pequeña imagen…” Desde ahora a San Vicente de Vió hay que denominarla Lombardista.

Tras esto empezamos a disfrutar algo que siempre que lo hacen los demás me da una envidia impresionante: ver románico a pie.

Dejamos los coches empezamos la ruta de las ermitas de Tella,

Un sencillo y entrañable recorrido por monte nos llevó primero a la ermita de San Juan y San Pablo. Arcaica, con puntos de mozarabismo y con una pequeña cripta que le reconcilia con la montaña. Lugar mítico, transformado por haber sido, con anterioridad, escenario de aquelarres y ritos paganos. Hoy sin duda de culto y devoción popular como lo demuestran la cantidad de ofrendas y peticiones a los santos milagreros.

A pesar de las razzias de Almanzor, que también anduvo por aquí, conserva su lipsanoteca fundacional.

Continuamos la marcha “Por encima de las zarzas y por debajo de las nubes” emulando los conjuros de las brujas que dicen que por allí vivían. En unos cuantos pasos y unas cuantas palabras sabiamente puestas por el profesor Aramendia, llegamos a la ermita de la Virgen de Fajanillas. Sólo el ábside es del XII, pero el entorno, el sitio por sí mismo, ya merece la visita. También ésta suscita entre los paisanos una gran vocación, como lo demuestran la profusión de flores y lo bien cuidada que está.

Aunque en principio pareciera que sólo de piedras nos alimentamos los AdR, no es tal. Comimos muchísimo y bien en Labuerda, tarde eso sí, muy tarde, pero sobretodo porque la jornada no había acabado, nos esperaba una visita a San Vicente en la misma localidad.

Efectivamente alejada del casco urbano la parroquial se asomaba curiosona en un claro entre árboles, impaciente por ver quien subía a visitarla. Una auténtica delicia. Equilibrada en sus medidas, aunque una labor de ”empeora” en el XVII hace que su puerta dé la sensación de descentrada.

Antes de llegar a ella pasamos por el esconjuradero, que como su nombre indica es un lugar donde el pueblo se reunía con el mosén a “conjurar” las tormentas, invitándolas a descargar en los pueblos limítrofes con la siguiente invocación: “En San Vicente y Labuerda no apedregarás, pero cuando llegues a Araguás : Zis! Zas!” Claro está, habría que oír el conjuro de los de Araguás.

Al exterior, Antonio nos hace observar los tres diámetros de su ábside escalonado. Pasamos dentro con la llave que Miguel, un paisano encantador, nos facilita. En principio la espectacularidad de las sombras del templo, sobrecogen al visitante. Cuando encienden las luces un retablo gótico (sí, si gótico) acapara toda nuestra atención. Es buenísimo .Y ya cuando Miguel nos relató como lo salvaron de caer en las manos republicanas en la guerra del 36, cobra aún más valor.

San Vicente quizá no sea la iglesia con mayor valor románico que vimos en esta jornada, su interés radica en las historias humanas cargadas de recuerdos y bombas que este personaje fue relatando: una huida con su hermanito a “corderetas” en los hombros de su tío, o el hallazgo en una zanja de una imagen románica decapitada del Santo patrón… son realmente las cosas del otro lado del románico (su vida y sus gentes) que lo ponen en valor.

Acabó aquí el día en cuanto a visitas, la cordialidad estuvo con nosotros y entre los manjares que en el hotel Ordesa nos sirvieron.

Al día siguiente había continuación con románico de la zona, se visitó la iglesia de San Saturnino de Oto y la ermita de San Blas en Broto, pero aleccionados por la propia organización un grupo de irreducibles optamos por visitar dos joyas que la mayoría ya conocía. L´Ainsa con su plaza medieval perfecta y bellamente trazada y su Colegiata. Llama la atención su torre de grandes dimensiones, lo que hace presagiar una iglesia de mayor tamaño. Al contrario, al entrar la sencillez de su nave única de buenas proporciones te sorprende. La cripta a pesar de estar totalmente reconstruida troca el lugar en un bello y acogedor espacio, con mucho interés.

Ermita de San Emeterio en Samitier: una iglesia fortaleza que, agarrada a un risco, lucha contra el vértigo que produce el farallón de 400 metros de caída, sobre el que está apoyada. La dificultad de su acceso la convierte en fruto prohibido. La satisfacción de alcanzarla no nubla la categoría del templo. Sus constructores, auténticos ingenieros del espacio, desarrollaron una obra vertiginosa en un terreno agreste, donde tan sólo estar de pie implica riesgo. Levantar esa obra allí sólo se entiende con la forzosa participación de grandes maestros y mejores artífices.

Nos esperaba una sorpresa más en el hotel: una comida de especial diseño para los AdR. Un detalle entrañable, que puso fin a una cálida jornada envuelta en nubes y peñas, esas que por su belleza los hombres primitivos las consideraban moradas de los dioses. En Ordesa, bajo el Tozal del Mallo, tuvimos la sensación que no las han abandonado.

Por Lola Valderrama

Ver noticia publicada en el Diario del Alto Aragón: http://www.diariodelaltoaragon.es/NoticiasDetalle.aspx?Id=629061

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