Amigos del Románico
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Crónica de la VIII JdRL por tierras gallegas de A Mariña Lucense
Miércoles, 02 de junio de 2010

“Alabado sea Dios, que me permitió hacerme
hombre en este gran reino que llamamos Galicia”

Así reza el epitafio que se puede leer en la tumba de Álvaro Cunqueiro, uno de los grandes y más imaginativos escritores gallegos, nacido en la episcopal villa de Mondoñedo. Su monumento lo presenta sentado plácidamente mientras contempla la fascinante fachada catedralicia…

…pero no nos adelantemos. La cita era en San Martiño de Foz, a eso del mediodía. Como indicó Pablo Veloso, difícilmente los AdR podríamos ir más lejos en pos del Románico gallego: a poco que avanzáramos, el Cantábrico se impondría como brumosa frontera, poblada en la imaginación medieval por mágicas islas que aparecían entre la niebla para volver a perderse, dando lugar a leyendas que encantarían al mencionado don Álvaro y que estudió el riguroso profesor Diaz y Díaz.

Siempre es un placer revisitar San Martiño, iglesia encantadora y enigmática, a cuyo valor monumental se añadió la restauración de sus pinturas románicas, cumplidamente publicadas en ROMÁNICO. A pesar de los hiperbólicos contrafuertes que se le adosaron a finales del siglo XIX, su figura resulta armónica y prometedora ya desde la distancia.

Don Antonio, el párroco, nos dio todas las facilidades para visitar y fotografiar el templo. Nuevamente las hipótesis surgieron: ¿es aquél capitel una imagen de herrajes? Si es así, ¿qué sentido tiene? También hay que defiende que se trata de helechos jóvenes al comienzo de la primavera, lo que podría interpretarse como una alusión al eterno ciclo de muerte y resurrección, tan propio de civilizaciones de base económica agraria.

Burla, burlando, hubo que salir pitando, ya que habíamos quedado con Simonetta en Mondoñedo e íbamos justos de tiempo.

Tomándonos una cañita, hicimos las presentaciones, mientras yo conseguía que Simonetta Dondi dall'Orologio nos contara algo acerca de su apasionante genealogía, ¡que por algo es marquesa! Con calle dedicada a sus antepasados en la bellísima Padua y retratos familiares salidos del pincel de un genio como Tiziano, ella y Antonio entablaron una entretenida conversación sobre los secretos de aquella ciudad universitaria, una de las primeras del Véneto que recibieron el eco del Renacimiento de la mano maestra de Donatello. Luego, para rematar la faena, caminamos hasta O Valeco, donde -a la moda de Lugo- nos dieron de comer como si después tuviéramos que colocar un arbotante en la vecina fábrica catedralicia.

Llegó el momento de que Simonetta nos abriera la puerta de su catedral. Mientras ella cogía llaves en el Museo, yo fui montando el trípode. Un clérigo se dirigió hacia mí con cara de pocos amigos, mas ya yo había pactado con Simonetta el tema del las fotos, por lo que se fue más o menos conforme. La parte de la cabecera tiene una serie de capiteles figurativos con escenas de ambos Testamentos, formando un ciclo iconográfico coherente, como ya hace años fue estudiado en un trabajo dirigido por Serafín Moralejo.

Subimos luego al Museo, situado sobre las naves laterales, al haber sido cubiertas. Resultó un interesante e instructivo paseo entre arbotantes y piezas diversas, sacras y profanas. Extraños relojes de sol con pólvora incluida, grabados, tallas, ropajes litúrgicos conforman una rica colección que no debería pasar desapercibida a ningún visitante. Simonetta nos despidió con un cariñoso arrivederci a presto!

Cada una de las jornadas compartidas con los AdR gallegos que han tenido a bien acudir a alguna de las convocatorias ha constituido un enorme placer. Pero la que ahora comento tiene algo muy especial. Antonio Moure, que hace unos años descubrió su vocación artística, dedica parte de su tiempo libre a la confección de unos peculiares libros medievales en barro. Son auténticas joyas, codiciadas por coleccionistas, como se comprobó en la exposición realizada en Monforte de Lemos; allí no quedó ni una sola pieza por vender. Antonio ha recibido encargos -algo que no le hace especial gracia- de muy alto nivel. Pues bien, con gran sorpresa para mí, a los postres Antonio extrajo una preciosa caja de madera indicándome que la abriera. ¡A mis ojos se ofreció una increíble reproducción de uno de los milagros narrados en el Liber Sancti Iacobi!

Ha transcurrido ya una semana y todavía no comprendo -juro que no es falsa modestia- por qué se me ha considerado merecedor de poseer semejante joya, con la que me apresuré a ser fotografiado. En Galicia somos pocos los AdR. Menos todavía los que acuden a las jornadas. Pero de que hemos establecido unos fraternales lazos no cabe ninguna duda. Mi agradecimiento a todos los que han puesto su granito de arena para que cada vez que nos reunimos todo sea buen humor y camaradería.

Por Carlos Sastre

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