Amigos del Románico
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Crónica de la Jornada de Románico Local en La Rioja
Domingo, 25 de abril de 2010

Un día claro y soleado, aunque harto ventoso, nos recibió a los treinta y ocho amigos del románico que nos reunimos a las diez de la mañana junto a la ermita de Santa María de la Antigua, en la riojana población de Bañares.

Tras los correspondientes saludos, besos y abrazos entre viejos y nuevos amigos, su párroco, persona de gran amabilidad, nos franqueó la puerta de la ermita y nos contó su azarosa historia.

Santa María no es sino una reconstrucción de otra ermita que se hallaba prácticamente adosada a la actual iglesia parroquial gótica. Entre 1975 y 1976 fue trasladada piedra a piedra hasta su actual emplazamiento, incrustándose en su interior dos arcos románicos procedentes del Monasterio de Santa María de Zaldo. Su orientación y planta original se alteraron deliberadamente para hacer patente su reconstrucción. De todas formas, tiene una portada con un tímpano representando una Epifanía de enorme interés.

Un breve desplazamiento nos llevó hasta Santo Domingo de la Calzada, donde el buen acierto de Roberto hizo posible que dispusieramos de tiempo para poder disfrutar de unos minutos de charla en torno a una taza de café.

A las once y media todos nos reunimos de nuevo junto a la puerta de la catedral, no sin haber fotografiado y admirado previamente el exterior de los ábsides.

En el interior, Doña Clara Fernández-Ladreda, (Licenciada en Geografía e Historia y doctora en Historia por la Universidad de Navarra, en la que desarrolla su labor docente e investigadora como profesora Agregada del Departamento de Historia del Arte de la Facultad de Filosofía y Letras), nos dio una “lección magistral” sobre la evolución histórica, arquitectónica y escultórica del monumento. Por sus labios pasaron las distintas fases constructivas de la girola y capillas absidales, con tal claridad y sencillez que todos los que la escuchamos volveremos a visitar la catedral calceatense con otros ojos, muy distantes de los de un simple turista. Nos explicó con profundidad los cuatro talleres escultóricos que trabajaron para decorar y enaltecer la cabecera: El primero, cuya obra está bastante maltratada por el tiempo, pero visible en los capiteles del exterior; el segundo, muy próximo a Leodegario, que nos dejó la que es posiblemente la primera representación hispana de la “Anunciación-Coronación de la Virgen”; el tercero, caracterizado por las cabezas alargadas de ojos grandes y almendrados; y el cuarto taller (relacionado con el que trabaja en los frisos interiores de Santiago de Agüero), que aquí nos ofrece un conjunto escultórico muy ambicioso y complejo en lo alto de los pilares de la girola.

Después de permanecer dos horas allí, durante las cuales nuestros espíritus se sintieron sumamente gozosos, pero nuestras manos literalmente se congelaron, salimos de la catedral para dirigirnos a Nájera, donde nos esperaba la comida en el restaurante La Judería, lugar muy bien elegido por encontrarse a unos cincuenta metros del Monasterio de Santa María la Real, que sería nuestra siguiente visita. La comida, como siempre por estas latitudes: sabrosa, abundante, barata y regada con vino, que para eso estamos en La Rioja. Como curiosidad mencionar que, al no caber todos en el comedor principal, cuatro de nosotros hubimos de hacerlo en la planta baja; eso sí, siendo visitados a los postres por todos los “amigos del humo” que bajaban a charlar con nosotros mientras daban gusto a su vicio. Roberto obsequió a Doña Clara con un libro de arte medieval y sorteó otro ejemplar entre el resto, siendo agraciado con el mismo Ángel Bartolomé que, a buen seguro, disfrutará largo y tendido con su lectura.

A las cuatro de la tarde traspasábamos las puertas del Monasterio de Santa María la Real para admirar y enaltecernos con la visión del excepcional sepulcro de Doña Blanca de Navarra. Doña Clara, dando de nuevo sobrada muestra de sus dotes pedagógicas, nos volvió a dar otra lección de historia y arte con su descripción minuciosa. Se trata de la lauda o tapa que cubría el desdichado cuerpo de la princesa, muerta al dar a luz al futuro Alfonso VIII de Castilla, que se puede fechar con cierta seguridad entre 1156 y 1158. Parece ser que el maestro director fue Leodegario, aunque trabajaron en la obra varios escultores, uno de ellos el que después va a Santo Domingo de la Calzada. Sorprende la delicadeza de su talla, con la presencia de la difunta muerta y dos ángeles que elevan al cielo su alma, mientras a los lados su esposo y su hermana son consolados respectivamente por los cortesanos y damas de la corte.

También pudimos admirar la hermosa virgen románica que está situada en el centro del retablo mayor y el maltratado sepulcro de D. Diego López de Haro, fechado hacia 1200 y reutilizado en 1367 para enterrar a Garcilaso de la Vega.

Corriendo y con prisas, que ya se hacía tarde, salimos para Tricio donde nos esperaba Erica para enseñarnos la ermita de la Virgen de Arcos.

Su exterior no denota la sorpresa que esconde dentro: está construída con restos romanos, las columnas son trozos de fustes imperiales que por su grosor deben proceder de un templo de enormes dimensiones, los arcos son de época visigoda aprovechando salmeres romanos, el subsuelo es un cementerio paleocristiano, el muro norte es románico, la cabecera conserva pinturas góticas del siglo XIV y las yeserías son barrocas. En resumen, un pastiche sumamente curioso y armónico.

Acabada esta visita y dado lo avanzado de la hora, llegó el momento de la despedida. Unos más lejos y otros más cerca, todos debíamos volver a nuestros hogares. De nuevo saludos, besos y abrazos y ¡Hasta la próxima!

No quiero acabar esta crónica sin dar las gracias a todos los participantes por la compañía y buen humor que reinó en todo momento, especialmente a Roberto por su buena organización, al párroco de Bañares, a Erica y finalmente nuestra especial gratitud a Doña Clara Fernández-Ladreda por su humanidad, sencillez y las magistrales explicaciones y lecciones de historia y arte, no exentas de toques de buen humor, que nos impartió en la catedral calceatense y en Nájera.

Muchas gracias a todos.

Por Jesús Ribate

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