Amigos del Románico
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Crónica de la JdRL en Arévalo
Miércoles, 07 de abril de 2010

En la Plaza del Arrabal, sin de viento de levante ni de ninguna otra parte (gracias a Dios) pero con un frío de narices, dio comienzo a las once de la mañana del sábado pasado la JdRL en Arévalo de los AdR madrileños.

La inmensa mayoría de los AdR fuimos puntuales, un hábito del que podemos sentirnos orgullosos y una costumbre que no debemos perder, pero nuestro coordinador, Carlos Moreno, tuvo que resolver algunos “desajustes asistenciales” y reclamar nuestra comprensión y ayuda para conseguir que estas visitas tengan en el futuro el mayor éxito posible.

Finalizados los prolegómenos, tomó con firmeza la palabra D. Ricardo Ungría (sin H), Teniente de Alcalde y Concejal de Cultura de Arévalo, que comenzó por ponernos al tanto de la estrecha relación que habían tenido con Arévalo algunos grandes personajes de nuestra historia, como Isabel la Católica o San Ignacio de Loyola. Debo decir que, durante toda la visita, la política de Ricardo fue la de hablar de lo culturalmente relevante, ya fuera románico o no, algo que al menos a mi me pareció un acierto.

Enseguida nos dirigimos a la iglesia de San Juan Bautista, que normalmente permanece cerrada y en la que Ricardo disertó animadamente sobre algunos retablos… pero sin duda con lo que más disfrutamos fue con la magnífica talla de San Zacarías, una pieza borgoñona emparentada y de calidad comparable a las de San Vicente de Ávila e incluso de Santiago.

Nuestra siguiente etapa fue la iglesia de San Miguel, en la que pudimos admirar un retablo de transición entre el gótico y el renacimiento, y que Ricardo utilizó para explicarnos algunos detalles técnicos que denotaban la radical transformación que estaba sufriendo el arte en aquellos días. A la salida pudimos observar dos curiosos óculos, uno con una cruz patada y otro con una estrella de David, así como un osario… todos ellos detalles que pudieran indicar la pasada existencia en ese solar de una sinagoga. También pudimos contemplar, aunque un poco aprisa, la sencilla pero bien conservada portada mudéjar.

Tras San Miguel una visita al castillo (que nunca tuvo la forma actual) y de ahí a Santa María, también cerrada al culto, para admirar las pinturas del pantocrátor con su tetramorfos. Una oportunidad realmente para disfrutar, porque no tenemos muchos de esos cerca de Madrid… bueno, en realidad no tenemos muchos de esos cerca de ninguna parte…

Dejando atrás su ábside románico mudéjar de estilo vallisoletano, y a unos pocos metros, llegamos a la portada románica de piedra de San Martín, una iglesia que, según nos contó Ricardo, no ha tenido precisamente un pasado sosegado desde el punto de vista constructivo. De las varias anécdotas que nos relató, me quedé sobre todo con el hecho de que su famosa torre de los ajedreces no hubiera tenido nunca campanas, circunstancia que nos hace sospechar que pudiéramos estar ante un consentido minarete.

Tras admirar su seria galería porticada de piedra, que por cierto forma un excelente equipo con las torres de ladrillo (… madre mía, espero que nadie me excomulgue…), pusimos rumbo hacia El Salvador, pasando a toda velocidad por delante del ábside románico mudéjar de estilo toresano de Santo Domingo. Quizás aquí eché de menos un par de minutos para que alguien comentara sus diferencias con el de estilo “de tierra de pinares” de la iglesia de Santa María.

Una vez en El Salvador, templo que sólo se abre en Semana Santa, pudimos disfrutar, entre otras bellas obras, de las dos únicas piezas románicas que han sobrevivido a sus múltiples reformas: dos feroces bustos-capiteles trabajados al trépano que guardan el acceso al viejo ábside.

Con esto, Ricardo dio por finalizado su trabajo como guía, excelente trabajo por cierto y, tras recibir un merecido recuerdo en forma de revista “ROMÁNICO”, nos indicó donde tomar una cerveza antes de comer… como hacen los buenos guías,… una pena que ya íbamos mal de tiempo.

Sobre la comida tengo que decir que Carlos Moreno volvió a demostrar esa peculiar habilidad suya para “multiplicar los panes y los euros”, porque comimos de maravilla por un precio casi ridículo, sobre todo teniendo en cuenta que el precio incluía la visita a las iglesias y una propina para el guardés de La Lugareja.

Por cierto, que si no recuerdo mal la mayoría tomamos cochinillo, que es lo que se espera de los buenos visitantes en Arévalo… así que incluso eso lo hicimos bien.

Una vez bien comidos y razonablemente bebidos nos encaminamos a La Lugareja, que Juan Francisco, el guardés de la finca particular donde se ubica, tuvo el detalle de abrir para nosotros a pesar de no ser día de visita.

Y creo que este templo realmente sorprendió a más de uno. Esa altura y esa elegancia no es algo que pueda verse con demasiada frecuencia en un edificio medieval… murmullos de admiración… incluso algún contenido “caramba” se iban escapando según los AdR entraban por el acceso de la nave principal… que por cierto no suele abrirse.

Y como además nuestro compañero Simeón nos dio una charla sobre románico mudéjar, trufada de datos históricos que nos ayudaron a comprender mejor cómo llegó a nacer ese estilo, pues mejor que mejor.

En definitiva, un visita cultural muy interesante con un gran guía en la que, además, pudimos contemplar varias obras románicas (escultura, pintura y arquitectura) que no están habitualmente disponibles para su disfrute por el público. Y por si esto fuera poco el ambiente fue estupendo, comimos de maravilla y nadie murió de frío (… creo) así que…. ¿qué más se puede pedir?

Pues eso, para los organizadores, especialmente para nuestro coordinador local, un abrazo y muchas gracias.

Por Enrique Segura Lavalle

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