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Crónica de la VI Jornada de Románico Local de Castilla y León
Miércoles, 24 de marzo de 2010

Siendo Extremadura una región maravillosa digna de explorarse de norte a sur, los vestigios de románico que posee están casi todos ellos en la provincia de Cáceres, y algunos de ellos en la ciudad de Plasencia.

Ana Hernando, con muy buen criterio, decidió organizar el primer encuentro del año de los socios castellano-leoneses-cacereños en esa ciudad, en recompensa y devolución de las múltiples ocasiones en las que los socios de AdR de Cáceres se acercan al territorio de Castilla y León para compartir las jornadas de románico allí organizadas. Lo que no sabía ella es que eligió el mismísimo día en que se predijo una ciclogénesis explosiva (o “tormenta perfecta”) sobre la zona oeste y noroeste de la península (Portugal, Galicia y Extremadura). También sin saberlo, y dado que nuestra zona es casi yerma en manifestaciones románicas, yo invité a todos los socios de AdR de Andalucía y de Badajoz a acercarse a Plasencia para compartir con ellos esa jornada y nosotros dos, Elena y yo, fuimos desde Cádiz.

El encuentro se produjo debajo de la arcada del Ayuntamiento en la Plaza Mayor de esta monumental ciudad. La airosa sede municipal es un coqueto edificio con traza renacentista del XVI. Nos presentamos en total veintidós AdR, la mayoría de ellos de Castilla Y León, algunos extremeños, algunos madrileños y nosotros dos. Un numeroso grupo teniendo en cuenta las previsiones meteorológicas. Ana había conseguido una perfecta guía local llamada Mercedes que pronto se puso a explicarnos de forma muy amena la historia de la ciudad y los pormenores y anécdotas de su centro histórico, todo ello aderezado con intervalos de lloviznas y ventolinas. Pero la ilusión por saber y conocer era superior a las molestias de la meteorología. Fundada por Alfonso VIII en 1186, esta monumental ciudad se encuentra al abrigo de unas murallas del siglo XII que fortifican esta parada de la Vía de la Plata, histórica calzada romana que sirvió siglos después para peregrinar a Santiago a los hombres del sur. Otro motivo más para visitarla en este año Jacobeo.

Antes de empezar con el románico, recorrimos la Plaza Mayor, donde observamos, como primera anécdota de la jornada, la casa con la fachada más estrecha de toda España. O el abuelo Mayorga, pintoresco personaje muy popular en la ciudad que, encaramado a la torrecilla campanario de su Ayuntamiento, marca desde su atalaya, a ritmo de campanadas, el acontecer diario de la gente placentera. De allí nos dirigimos a ver la fachada sur de la iglesia románica de San Martín (siglo XIII) donde nos hicimos la foto de grupo, en la que no salgo pues tras hacer personalmente la primera, pedí a un viandante que nos hiciera la completa, lo que intentó muy gentil pero infructuosamente, pues parecía volver a casa tras una noche de charanga y copeo y su pulso no era exactamente el fotográficamente más correcto. Plasencia tiene varias iglesias románicas, aún reformadas en estilos posteriores, pero que desde el exterior nos permiten contemplar un románico pleno, tardío en muchos casos. San Martín es una de ellas. Sólo mantiene como vestigios románicos dos sencillas portadas tardías con arcos ya apuntados en el muro exterior de sus fachadas norte y sur, y una curiosa ventana aspillera cuyo arco está directamente formado por los dos pequeños capiteles de las dos columnillas que la enmarcan.

Después, camino de la catedral, observamos también otra sencilla portada románica tardía que permanece desde el XIII en la fachada norte de la iglesia de San Esteban, con capiteles con decorados vegetales, junto a un extraño edificio del XX construido en cemento imitando medievalismo, cuya larga chimenea en esquinera era la salida de humos de una churrería ubicada en la planta baja, edificio que se encuentra adosado a esa iglesia de San Miguel ocluyendo su torre y su muro norte.

De allí nos fuimos al conjunto de las catedrales donde para cualquier visitante la emoción estaría en observar el interior de la catedral nueva recién restaurado y el nuevo aspecto del inmenso retablo, donde la reaplicación del pan de oro le ha devuelto una brillantez que no todo el mundo aprecia. Pero para nosotros, el misterio estaba en comprobar cómo en la pared contraria al retablo, muro que comparte la nave inacabada de la catedral nueva con el postizo altar de la catedral vieja, se aprecian las columnas y el arco fajón de la nave vieja, considerablemente más baja que la nueva, a pesar de ser aquella bien alta. Pero como no era menos de esperar, lo más atractivo de nuestra visita al conjunto catedralicio fue la sala capitular del XIII y su cúpula de inspiración bizantina, cuya torre gallonada (Torre del Melón) tiene estructura similar a la Torre del Gallo de Salamanca y a las de Zamora y Toro. También es digna de mencionar de la catedral vieja su portada con seis arquivoltas de medio punto que apean sobre columnas románicas y capiteles historiados con motivos zoomórficos y vegetales, destacando la presencia de puntas de diamante en las aristas de las jambas, típicas en esta comarca. Y la torre campanario.

La siguiente parada la hicimos en la iglesia de San Nicolás, románica tardía del XIII, cuyo sacristán nos la enseñó con la misma pasión como si de una hija suya se tratara. Destaca por la robustez y envergadura exterior de la nave. La portada septentrional, con cinco arquivoltas apuntadas sobre columnas con capiteles románicos (y sus jambas decoradas con diamantes) es lo más singular de su exterior. Y una maravillosa pila bautismal románica, lo más singular de su interior. De allí, hasta la hora de la comida, nos acercamos a tomar una cerveza al Parador Nacional, que se ubica en el convento de Santo Domingo, fundado por los Zúñigas a mediados del siglo XV.

La comida fue fantástica. En el restaurante “El Rincón Extremeño”, en una callejuela cercana a la Plaza Mayor, un simpático camarero, incisivo y sagaz, nos sirvió unas excelentes viandas mientras nos amenizada con sus comentarios la mesa y la sobremesa. Compartimos varios entrantes típicos extremeños (morcilla patatera, migas extremeñas y revuelto de la casa), un primer plato de sopa extremeña (con jamón, huevo y pan) y un solomillo ibérico en salsa con patatas panaderas como segundo plato. Para acabar, postres caseros de la casa, entre los que el más pedido fue la cuajada. Fue un rato muy ameno y agradable, donde charlamos largo y tendido mientras restaurábamos nuestros estómagos. Nosotros departimos con Santiago y Cecilia, con José María Palacios y con la encantadora familia de Jesús Díaz, cuyos hijos, en especial David, nos sorprendieron por su afición al románico y su espléndido comportamiento. En los postres, Ana (haciendo lujo de una organización impecable) siguió con su costumbre de sortear entre todos los asistentes un buen libro de románico (en esta ocasión sobre San Miguel de Gormaz) y repartió la documentación alusiva a la jornada, amplio dossier que completada todo lo escuchado por la mañana a nuestra guía Mercedes. Al final, tras el café, volvimos al tajo con el recorrido vespertino. No recuerdo el nombre de ese gracioso camarero, pero a él le debo seguir teniendo el móvil que me dejé allí olvidado entre tanta comida y tanta charla.

Lo primero que hicimos por la tarde fue caminar hacia la Puerta del Sol pasando por la iglesia de San Pedro, quizá la más antigua de Plasencia, y que mantiene la estructura románica del XIII, con ábside semicircular con canecillos. En el muro norte tiene una ventana ciega de estilo mudéjar del siglo XIII que se supone utilizaban como “mihrab” los miembros de la población árabe y mudéjar dominante en este barrio de hortelanos y morería. Ya acabados de ver los vestigios románicos, continuamos el paseo hasta la Torre Lucía, recorriendo un largo tramo de la avenida de la Salle a los pies del magnífico pliego de muralla que se prolonga majestuoso a su paso, lo que sirvió para bajar la comida. El día había abierto parcialmente e incluso pudo verse el sol. Allí visitamos el Centro de Interpretación “Torre Lucía”, que explica con exposiciones estáticas y audiovisuales la época medieval de la ciudad. También pudimos subir a lo alto de la torre y disfrutar de unas magníficas vistas de la ciudad, así como recorrer el camino de ronda de la muralla.

Desde allí, volvimos al centro histórico de la ciudad en busca del famoso Museo Etnológico de la ciudad, que posee una interesante muestra de tejidos y máquinas de confección tradicionales de la zona. Aunque primero nos detuvimos en la Plaza de El Salvador, para ver la iglesia del mismo nombre. Ya en ese momento volvió la lluvia, la tormenta perfecta se fue consolidando y se sucedieron cada vez con más frecuencia chubascos y vientos racheados que hacían difícil no estropear cualquier paraguas por nuevo y fuerte que fuera. Ello produjo que los amigos se fueran disgregando poco a poco, empezando su marcha hacia sus localidades de origen los más alejados de Extremadura.

Al final de la tarde, Ana, Elena, Oscar y yo nos quedamos solos, ya que nosotros pernoctábamos en la zona por la lejanía de nuestros hogares. Primero fuimos a ver por dentro la iglesia de San Pedro. Luego el sol acabó volviendo a salir y al pasar por la Plaza Mayor, pudimos ver el Ayuntamiento a la luz del atardecer. Y luego, como si de un encuentro bilateral se tratara, nos refugiamos en una buena pastelería, y nos obsequiamos con un calentito chocolate con dulces, mientras charlábamos amistosamente de todas esas cuitas que nos preocupan de nuestra asociación y nos animan a seguir en la labor de mejorarla.

Por José Enrique Guardia de la Mora

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